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La Mejor Tierra del Mundo

Un Mensaje de la Tierra -Carl Sagan-

 

La placa a bordo de la nave espacial Pioneer 10.

 El primer intento serio que hizo la Humanidad por comunicarse con civilizaciones extraterrestres tuvo lugar el 3 de marzo de 1972, con el lanzamiento del Pioneer 10 desde Cabo Kennedy. El Pioneer 10 fue el primer vehículo espacial que se diseñó para ex­plorar el medio ambiente del planeta Júpiter y, an­tes en su viaje, los asteroides que hay entre las órbitas de Marte y Júpiter. Su órbita: no sufrió trastor­no alguno por parte de un asteroide errante; el fac­tor seguridad se calculó en la proporción de 20 a 1. Se aproximó a Júpiter el día 3 de diciembre de 1973, y en ese momento sufrió una aceleración por la gravedad de Júpiter para convertirse en el primer objeto volador construido por el hombre que aban­donaba el Sistema Solar. Su velocidad de despegue es aproximadamente de 13 km/s.

El Pioneer 10 es también el objeto más veloz lan­zado hasta la fecha por la Humanidad. Pero el espa­cio está muy vacío y las distancias entre las estre­llas son enormes. En los próximos diez mil millones de años, el Pioneer 10 no penetrará en el sistema pla­netario de ninguna otra estrella, aun suponiendo que todas las estrellas de la Galaxia cuenten con tales sistemas planetarios. La nave espacial necesitará unos 80.000 años para recorrer la distancia que hay a la estrella más próxima situada a 4,3 años-luz de la Tie­rra.

Pero el Pioneer 10 no ha sido dirigido hacia las pro­ximidades de la estrella más cercana. En lugar de esto, viajará hacia un punto situado en la esfera ce­leste cerca del límite de las constelaciones de Tau­ro y Orion, donde no hay objetos cercanos.

Es posible que la nave espacial se encuentre con una civilización extraterrestre, siempre y cuando di­cha civilización posea gran capacidad de vuelos in­terestelares y pueda interceptar semejantes naves espaciales en las que impera el silencio.

La colocación de un mensaje a bordo del Pioneer 10 es algo similar a la botella que lanza al océano el marinero que ha naufragado, botella con un mensa­je en su interior, con la esperanza de que llegue a manos de alguien. Pero el océano espacial es muchí­simo más vasto que cualquier océano de la Tierra.

Cuando me llamó la atención la posibilidad de colocar un mensaje en una «botella espacial», me puse en contacto con la oficina de proyectos del Pio­neer 10 y con el cuartel general de la NASA con ob­jeto de comprobar si existía alguna probabilidad de que mi sugerencia tuviera algún eco. Ante mi sor­presa y alegría, la idea encontró apoyo inmediato en todos los escalones jerárquicos de la NASA, a pesar de que era –según las normas generales– ya muy tarde para realizar incluso mínimos cambios en la nave espacial. Durante una reunión de la Sociedad Americana de Astronomía celebrada en San Juan de Puerto Rico, en diciembre de 1971, discutí en priva­do, con mi colega el profesor Frank Drake, también de Cornell, qué forma podrían adoptar los posibles mensajes que colocaríamos a bordo. Al cabo de unas cuantas horas decidimos a título de prueba, cuál se­ría el contenido del mensaje. Luego, las figuras hu­manas se añadieron mediante el trabajo personal de mi esposa-artista, Linda Salzman Sagan. Sin embar­go, no creemos que sea el mensaje más óptimo que se pueda concebir para tal propósito: solamente dis­poníamos de tres semanas de plazo para la presen­tación de la idea, dibujo y diseño del mensaje, su aprobación por la NASA y la grabación de la placa final. En 1973, ya se ha lanzado al espacio una placa de identificación en el Pioneer 11, en una misión similar.

Se trata de una plancha de 15 x 23 cm, de alumi­nio y oro anodizado, sujeta a los puntales que so­portan la antena del Pioneer 10. El índice de desgaste que se puede esperar en el espacio interestelar es su­ficientemente pequeño como para que este mensaje pueda permanecer intacto durante centenares de mi­llones de años, y probablemente, por un período de tiempo mucho mayor. De aquí que éste sea el artefacto construido por la Humanidad con una más lar­ga esperanza de vida.

El mensaje intenta comunicar con los locales, ma­nifestar época y algo sobre la naturaleza de los cons­tructores de la nave espacial. Está escrito en el úni­co lenguaje que compartimos con los destinatarios: la ciencia. En la parte superior izquierda aparece una representación esquemática de la transición entre gi­ros de electrones de protones paralelos y antiparale­los del átomo de hidrógeno neutro. Bajo esta repre­sentación está el número binario 1. Tales transicio­nes de hidrógeno están acompañadas por la emisión de un fotón en radiofrecuencia de una longitud de onda de aproximadamente 21 cm y una frecuencia de unos 1.420 megahertz. Así, hay una distancia característica y un tiempo característico asociados a la transición. Puesto que el hidrógeno es el áto­mo más abundante en la Galaxia, y como la física es igual en toda la Galaxia, creemos que una civiliza­ción avanzada no tendrá dificultad alguna en com­prender esta parte del mensaje. Pero, como compro­bación, en el margen derecho aparece el número bi­nario 8 (1---) entre dos marcas, indicando la al­tura de la nave espacial Pioneer 10, representada tras el hombre y la mujer. Una civilización que reciba la placa sin duda también recibirá la nave espacial, y podrá determinar que la distancia indicada es eviden­temente cercana a ocho veces 21 cm, confirmando así que el símbolo de la parte superior izquierda re­presenta la transición del hidrógeno.

Figuran más números binarios en el dibujo radial que abarca la parte principal del diagrama en el centro izquierda. Estos números, si estuvieran escri­tos en el sistema decimal, estarían formados por diez dígitos. Deben representar distancias o tiempos. Si son distancias, entonces serán de un orden varias veces 1011 cm, o unas cuantas docenas de veces la distancia que hay entre la Tierra y la Luna. Es muy probable que nosotros les considerásemos útiles para la comunicación. A causa del movimiento de los ob­jetos dentro del Sistema Solar, tales distancias va­rían de manera continua y compleja.

Sin embargo, los correspondientes tiempos están en el orden de 1/10 segundos a 1 segundo. Éstos son los períodos característicos de los pulsares, fuentes naturales y regulares de emisión radiocósmica; los pulsares son estrellas neutrónicas que giran rápida­mente, producidas en catastróficas explosiones estela­res (véase el capítulo 38). Creemos que una civili­zación científicamente sofisticada no tendrá dificultad alguna en comprender el dibujo radial, así como las posiciones y períodos de 14 pulsares con respecto al Sistema Solar de lanzamiento.

Pero los pulsares son relojes cósmicos que se gastan, por así decirlo, bajo índices bien conocidos. Los que reciban el mensaje deberán preguntarse a sí mismos no sólo dónde fue siempre posible ver 14 pulsares dispuestos en posición tan relativa, sino también cuándo fue posible verlos. Las respuestas son: únicamente desde un volumen muy pequeño de la Vía Láctea y en un solo año en toda la historia de la Galaxia. Dentro de los límites de ese pequeño volumen hay, quizá, mil estrellas; solamente una de ellas ha de tener el orden, de planetas con distancias relativas tal y como se indica en el fondo del diafrag­ma. Asimismo se muestran los tamaños aproxima­dos de los planetas y los anillos de Saturno; por su­puesto, de forma esquemática. Por otra parte, en el diafragma se muestra una representación esquemáti­ca de la trayectoria inicial de la nave espacial lan­zada desde la Tierra, como también su paso junto a Júpiter. Así, el mensaje especifica una estrella en aproximadamente doscientos cincuenta mil millones, y un año (1970) en aproximadamente diez mil millo­nes de años.

Hasta este punto, el contenido del mensaje debe ser suficientemente claro para una civilización extraterrestre avanzada, que sin duda tendrá que exa­minar también a todo el Pioneer 10. Probablemente, el mensaje es mucho menos claro para el hombre de la calle, si esta calle se halla en la Tierra. (Sin em­bargo, las comunidades científicas de la Tierra no han experimentado ninguna dificultad para descifrar el mensaje.) Podemos asegurar que el caso se pre­senta al revés en cuanto se refiere a las represen­taciones de los seres humanos que aparecen en la derecha. Los seres extraterrestres, que son el produc­to de cinco mil millones de años o más de evolución biológica independiente, puede que no se parezcan en absoluto a los humanos, ni tampoco sea igual todo cuanto se refiera a las convenciones sobre pers­pectivas y dibujo que existen aquí. En consecuencia, es muy probable que la parte más misteriosa del mensaje la constituyan los seres humanos.

 Un mensaje a la Tierra

La dorada tarjeta de visita o saludo, situada a bordo del Pioneer 10, tenía como objetivo principal, sí alguna vez se daba tal remota contingencia, de que los representantes de una avanzada civilización terrestre pudiesen hallar o recibir este primer arte­facto de la Humanidad que abandonaba el Sistema Solar por vez primera. Pero el mensaje tuvo un im­pacto mucho más inmediato. Ya fue detalladamen­te estudiado, no por seres extraterrestres, sino por terrestres. Los seres humanos de toda la Tierra lo han examinado, aplaudido, criticado, interpretado, e incluso han propuesto otra clase de mensajes.

Los gráficos del mensaje se reprodujeron amplia­mente en periódicos y programas de televisión, en revistas literarias, gráficas y en publicaciones nacio­nales de carácter científico. Hemos recibido cartas de científicos, amas de casa, historiadores y artistas feministas y homosexuales, oficiales del Ejército y funcionarios del Estado. Incluso recibimos una carta de un profesor de contrabajo. Nuestra placa fue reproducida por una compañía de grabación para su comercialización, así como por un distribuidor de juegos científicos para niños, un fabricante de tapi­cerías, una fábrica italiana especializada en lingotes de plata... todos, a propósito, sin contar para ello con la más mínima autorización.

La mayor parte de los comentarios fueron favora­bles y algunos hasta entusiásticos. Los enormes ta­bleros de publicidad callejeros del Tribune de Gine­bra, Suiza, anunciaban:

«Message de la NASA pour les extraterrestres!»

Nos escribió un científico para decirnos que la base científica y su descripción de la placa que publicamos en el diario americano Science era el primer documento científico que realmente le había hecho derramar lágrimas de alegría. Un corresponsal en Athens, Georgia, escribe:

«Todos nos ha­bremos ido antes de que este particularísimo mensaje haya sido recogido por algún indescriptible ser espacial, pero aun así su misma existencia, la auda­cia del sueño, produce inevitablemente en mí –y en muchos otros, lo sé– los sentimientos de un Balboa, un Leeuwenhoek, de un ser humano al sentirse muy humano.»

En el Instituto de Tecnología de California, don­de la inscripción es un misterio, algún artista des­conocido dibujó el mensaje sobre el muro de un so­lar, despertando amistosos saludos por parte de los peatones y vecinos que esperamos sirvan de modelo a los lectores extraterrestres.

 

Graffiti en Caltech: una respuesta a la placa del Pioneer 10. Cortesía de Engineering and Science, California Institute of Technology, Pasadena, California.

Pero también hubo comentarios críticos. No se di­rigían hacia el mapa pulsar, núcleo científico del men­saje, sino más bien a la representación del hombre y la mujer. Los dibujos originales de esta pareja fue­ron hechos por mi esposa y se basaron en los mode­los clásicos de la escultura griega y en los dibujos de Leonardo da Vinci. Los dos seres no aparecen co­gidos de la mano, ya que esto podría inducir a pen­sar a los extraterrestres que la pareja es un solo or­ganismo unido por las yemas de los dedos (en ausen­cia de caballos indígenas, tanto los aztecas como los incas consideraban al conquistador montado como un solo animal, especie de centauro con dos cabezas). El hombre y la mujer no se muestran en la placa adoptando la misma postura, de manera que pueda reflejarse la flexibilidad de los miembros, aunque entendemos perfectamente que las normas de pers­pectivas y dibujo lineal de la Tierra no signifiquen nada o casi nada para civilizaciones con otras nor­mas artísticas.

La mano derecha del hombre está alzada en el gesto que una vez leí en un libro de antropología se considera como signo «universal» de buena voluntad, aunque tal universalidad sea, por supuesto, poco pro­bable. Al menos, el saludo muestra nuestros pulga­res opuestos. Solamente una de las dos personas pre­senta la mano alzada en ademán de saludo, a menos que –también podría darse el caso– los receptores dedujeran equivocadamente que uno de nuestros bra­zos está doblado de manera permanente por el codo. Algunas señoras escribieron quejándose de que la mujer aparece adoptando una actitud demasiado pa­siva. Una de ellas escribió diciendo que también le agradaría saludar al Universo con ambos brazos extendidos, en gesto de salutación muy femenina. La principal crítica femenina se centra sobre el hecho de que la mujer no está dibujada del todo, que apa­rece sin ninguna huella exterior que indique su sexo. La decisión de omitir este detalle en el diagrama se tomó, en parte, debido a que las estructuras griegas también lo omiten. Pero hubo otra razón: nuestro deseo de ver el mensaje lanzado con el Pioneer 10. Es probable, al mirar ahora hacia atrás, que entonces juzgáramos a las jerarquías politicocientíficas de la NASA como mucho más puritanas de lo que en rea­lidad son. En las numerosas conversaciones que sostuve con dichos funcionarios, desde el Administra­dor General de la NASA hasta el consejero científico del Presidente, puedo asegurar que en momento al­guno se pronunció ninguna gazmoñería victoriana, y que asimismo, en todo instante, se nos concedió gran ayuda y estímulo.

Sin embargo, resulta evidente que al menos algu­nos individuos se sintieron ofendidos por la represen­tación humana en la placa. El Sun Times de Chica­go, por ejemplo, publicó tres versiones de la placa en diferentes ediciones, todas en el mismo día: En la primera el hombre aparecía completo; en la se­gunda sufría de una extraña y repentina a la vez que fea castración; y en la versión final –sin duda para tranquilizar al padre de familia– aparecía sin nin­gún signo sexual en absoluto. Esto puede haber com­placido a una corresponsal feminista que escribió al Times de New York, diciendo que se sentía tan fu­riosa por la incompleta representación de la mujer, que experimentaba el irresistible impulso de:

«...¡cortar el brazo derecho del hombre!»

El Inquirer de Filadelfia publicó en su primera pá­gina una ilustración de la placa pero suprimiendo los pezones de la mujer y el aparato genital del hom­bre. Al parecer, en tal ocasión, el ayudante del jefe de redacción dijo:

«Un periódico de familia debe mantener las sanas normas de la comunidad.»

Toda una completa mitología se desarrolló sobre la ausencia de signos visibles genitales femeninos. Fue una columna escrita por el respetado escritor científico Tom O'Toole, del Post de Washington, la que primero informó sobre el hecho de que los fun­cionarios de la NASA habían censurado una original representación de la mujer. Esta historia circuló por toda la nación escrita por columnistas como Art Hoppe, Jack Stapleton Jr., y otros. Stapleton imaginaba a los encolerizados y escandalizados ciudadanos de otro planeta recibiendo la placa, y en plena furia de ultraje moral cubrían con cinta adhesiva la represen­tación pornográfica de los pies del hombre y la mu­jer. Una carta dirigida al Daily News proponía que, si había que censurar a la mujer, entonces, conse­cuentemente, debían haberse pintado de azul las na­rices de los dos seres humanos. Una carta publicada en la revista Playboy, carta muy dura, se quejaba de esta intrusión de la censura gubernamental en las vidas de los ciudadanos. Por otra parte, hubo muchas publicaciones de ciencia-ficción que en sendos edi­toriales censuraron duramente la intervención del Gobierno.

La sexualidad que pueda haber en el mensaje tam­bién provocó auténticos incendios epistolares. El Times de Los Angeles publicó la carta de un airado lector, quien decía:

«Debo decir que me sentí sumamente escan­dalizado por la tremenda exhibición de los órga­nos sexuales masculinos y femeninos que apare­cen en la primera página del Times. Seguramente este tipo de explotación sexual está muy por de­bajo de las normas que nuestra comunidad espe­ra del Times.

»¿No es ya suficiente que tengamos que so­portar el bombardeo de pornografía con que nos abruman películas y las revistas gráficas? ¿No es ya cosa suficientemente dañina, para coronarlo todo, que nuestros propios funcionarios de las or­ganizaciones espaciales hayan considerado nece­sario extender esta suciedad incluso más allá de nuestro Sistema Solar?»

Esta misiva fue seguida, días más tarde, por otra carta publicada en el Times:

«Ciertamente, estoy de acuerdo con todas aque­llas personas que protestan por el envío de esos sucios dibujos al espacio. Creo que se debían ha­ber suprimido los órganos de reproducción del hombre y de la mujer. Junto a ellos, debía de ha­berse dibujado una cigüeña con un pequeño paquete colgado del pico y descendiendo del cielo.

«Entonces, si realmente deseamos que nues­tros celestiales vecinos sepan en qué medida he­mos progresado en el aspecto intelectual, debía­mos haber incluido dibujos de Santa Claus, Easter Bunny, y Tooth Fairy.»

El Daily News, de New York, publicaba un ti­tular para el relato siguiendo las corrientes de la moda imperante:

«Los desnudos y los mapas cuen­tan a otros mundos la historia de la Tierra.»

Algunos de los corresponsales argumentaban que la función de los órganos sexuales no se haría en ab­soluto evidente, aun cuando apareciesen represen­tados gráficamente, y nos estimulaban a que dibujá­semos una secuencia de escenas en que apareciera la copulación. No había espacio suficiente para esto en una placa de tan escasas dimensiones. Me imagi­no también, en caso de haberse hecho esto, cuáles hubieran sido las cartas enviadas al Times de Los Ángeles.

Un artículo publicado en Catholic Review critica­ba la placa porque:

«...lo incluye todo excepto Dios...»

y sugería que en lugar de dibujar un par de seres humanos habría que haber esbozado un par de ma­nos enlazadas en gesto de oración.

Otro corresponsal sostenía que los detalles de pers­pectiva resultaban insuperablemente difíciles y nos animaba a que enviáramos al exterior los cadáveres completos de un hombre y una mujer. Se conserva­rían perfectamente en el frío del espacio y así los extraterrestres los podrían examinar con detalle. Na­turalmente, nos negamos a hacerlo alegando un ex­ceso de peso.

La primera página del Barb, de Berkeley, Califor­nia, al parecer tratando de dar la impresión de que el hombre y la mujer del mensaje aparecían dema­siado correctos y bien formados, los reprodujo con esta frase al pie:

«¡Hola! Somos de Orange County.»

Este comentario tocaba un aspecto de la repre­sentación del hombre y la mujer al que concedí gran importancia. En los dibujos originales de los que más tarde se hicieron los grabados, realizamos un gran esfuerzo para conseguir que tanto el hombre como la mujer tuvieran gran alcance racial. A la mu­jer se le dio aspecto físico agradable, y en cierta forma asiático, aunque parcialmente. Al hombre se le atribuyó nariz ancha, labios gruesos y corte de pelo «afro». En ambos seres también estaban pre­sentes los característicos rasgos caucásicos. Esperá­bamos representar, al menos, tres de las principales razas humanas. En el grabado final sobrevivieron los labios, la nariz y el aspecto agradable en general, pero, como los cabellos de la mujer sólo están dibu­jados en contorno, a muchos les pareció rubia, des­truyendo así la posibilidad de una significativa con­tribución de genes asiáticos. También, y en algún momento de la transcripción del dibujo original al grabado final, el. aspecto «afro» se convirtió en un corte de pelo dado al hombre que aparecía con ca­bello rizado, corto, con aspecto muy mediterráneo. Sin embargo, el hombre y la mujer de la placa son, en gran medida, representantes de los sexos y razas humanas.

El profesor E. Gombrich, director del Warburg Ins­titute, famosa escuela de arte de Londres, critica la placa en el Scientific American. Se preguntaba cómo es posible que se espere que la placa pueda ser visi­ble a un organismo extraterrestre que quizá no haya desarrollado el sentido de la vista en longitudes de onda visibles. La respuesta se deriva simplemente de las leyes físicas. Las atmósferas planetarias absor­ben la luz del cercano sol o soles debido a tres pro­cesos moleculares. El primero es un cambio en la energía de los electrones individuales adheridos a los átomos. Estas transiciones se dan en las zonas ul­travioleta, rayos X y gamma del espectro y tienden a convertir en opacas las atmósferas planetarias en estas longitudes de onda. El segundo se trata de tran­siciones vibratorias que ocurren cuando dos átomos en una molécula determinada oscilan entre sí. Ta­les transiciones tienden a hacer que las atmósferas planetarias sean opacas en la cercana zona infrarroja del espectro. En tercer lugar, las moléculas sufren cambios giratorios debidos a la libre rotación de la molécula. Tales transiciones tienden a absorber la parte infrarroja más alejada. Como resultado, en ge­neral, la radiación de la cercana estrella que penetra a través de una atmósfera planetaria se hallará en las partes visibles del espectro, las partes que no son absorbidas por la atmósfera.

De hecho, éstas son las principales «ventanas» que emplean los astrónomos para inspeccionar el Univer­so desde la superficie de la Tierra. Pero las longitu­des de onda de radio son tan largas que ningún or­ganismo de razonable tamaño puede desarrollar di­bujos de sus alrededores con «ojos» de longitud de onda de radio. Por tanto, esperamos se perfeccionen sensores de frecuencia óptica entre organismos y en planetas de estrellas en toda la Galaxia.

Sin embargo, aun cuando imaginemos organismos cuyos ojos funcionen bien en la zona infrarroja (o en la región de rayos gamma) y que sean capaces de interceptar al Pioneer 10 en el espacio interestelar, probablemente no sea mucho pedirles que posean ar­tefactos que examinen, escudriñen y estudien la pla­ca en frecuencias a las cuales sus ojos son insensi­bles.

Como las líneas grabadas en la placa son más obscuras que el aluminio de oro anodizado que las rodea, el mensaje debe aparecer completamente visible, in­cluso en la zona infrarroja.

Gombrich también nos hace objeto de una espe­cie de reprimenda por pintar una flecha como señal de la trayectoria a seguir por la nave espacial. Man­tiene que las flechas serían sólo comprensibles para civilizaciones que se han desarrollado, como la nues­tra, partiendo de una sociedad cazadora. Pero aquí, de nuevo, no hace falta tropezarse con un extraterrestre demasiado inteligente para comprender el significado de la flecha. Hay una línea que se inicia en el tercer planeta de un sistema solar y termina en algún lugar del espacio interestelar, en representa­ción esquemática de la nave espacial, que los descu­bridores del mensaje tienen «a mano»: La placa está unida a la nave espacial. A partir de esto, yo más bien esperaría que pudiesen discutir hasta llegar a nuestros antepasados cazadores.

De la misma manera, las distancias relativas de los planetas al Sol mostradas mediante anotación binaria en la parte inferior de la placa indican que nosotros empleamos la aritmética de base 10. A juz­gar por el hecho de que tenemos diez dedos en los pies y otros diez en las manos –dibujados con algún cuidado en la placa–, espero que cualquier ser extraterrestre podrá deducir que usamos el número 10 como base y que algunos de nosotros contamos con los dedos. Asimismo, y a juzgar por la rigidez de los dedos de nuestros pies, incluso pueden deducir que procedemos de antepasados arbóreos.

Hay otros aspectos mediante los cuales el mensaje ha demostrado ser una prueba psicológica proyectiva. Un hombre escribió sobre su preocupación de que el mensaje haya condenado a toda la Humani­dad. Alegaba que las películas americanas sobre la Segunda Guerra Mundial muy probablemente hacen publicidad mediante la transmisión televisiva al es­pacio interestelar, y que, a juzgar por tales progra­mas, los extraterrestres fácilmente podrán deducir: 1) que los nazis eran individuos perversos, y 2) que se saludaban mutuamente con la mano extendida hacia el frente. Repito que, a juzgar por la forma en que está dibujado el hombre de la placa que alza su mano derecha de la misma forma en que nuestro co­rresponsal cree que era el saludo nazi, el hombre se siente sumamente preocupado porque los extrate­rrestres supongan que el bando peor fue el que ganó la Segunda Guerra Mundial y que muy pronto en­viarán a la Tierra una expedición de castigo para arreglar mejor las cosas.

Semejante carta, sin duda, describe mucho mejor el estado mental del que la escribe que el de los pro­bables destinatarios del mensaje. La mano dere­cha, alzada en gesto de saludo, se halla históricamen­te relacionada con el militarismo, pero en forma ne­gativa: Una mano alzada y vacía simboliza que no se lleva encima arma alguna.

Para mí, algunas de las más conmovedoras res­puestas al mensaje son las obras de arte y poesía que motivó. El señor Aim Morhardt es pintor de acuarelas del desierto y sierras, que vive en Bishop, California, donde, quizá no por pura coincidencia, se encuentra situada la gigantesca estación de Goldstone del Pioneer 10. El poema del señor Morhardt decía:

 Pioneer 10: el mensajero de oro

 La proa del dragón que cruzó los mares del Norte,

buscando la aventura con el clan guerrero;

la galante sirena se inclina bajo la brisa

en barcarolas y mercantes de esbelto casco;

todos los descubridores de desconocidas tierras

se han ido en esta alada edad donde permanece la nada

en busca de extraños tesoros de alguna costa extranjera

abandonando la bien conocida tierra.

Ahora aparece el nuevo mascarón de proa del hombre

enfrentándose a la desconocida inmensidad.

Desnudo, veloz como las estrellas, mucho más allá de la llamada de los años.

Por parejas, o como extraño solitario en el exterior

ve, diminuto mensajero de tu propia raza,

y toca, si puedes, en puerto de algún lugar lejano.

 

El señor Arvid F. Sponberg, de Belfast, Irlanda del Norte, escribió:

«El viaje del Pioneer 10 –y los viajes de otros como él– producirán un efecto que los poetas, pintores, y músicos no podrán ignorar por más tiempo. La existencia de la idea del Pioneer 10 es prueba de esto. La misión científica, por supuesto, tiene valor e interés incalculables, pero la idea del viaje posee un valor imaginativo mucho mayor. El Pioneer 10 nos acerca más al día en el que los artistas deben hacer frente al nuevo viaje del hombre como experiencia y no fantasía.»

El señor Sponberg compuso para nosotros otro poema:

 La nueva Odisea

Por supuesto, existe la posibilidad de que el men­saje fijado al Pioneer 10 –inventado por seres huma­nos, pero dirigido a criaturas de clase muy diferen­te– pueda ser, después de todo, un misterio para ellas. Sin embargo, creemos que no. También creemos que el mensaje –excepto el del hombre y la mujer– está escrito en un idioma universal. Los extraterrestres no entenderán el inglés, el ruso, el chino o espe­ranto, pero deben compartir con nosotros la astro­nomía, física y matemáticas. Creo firmemente que entenderán, sin gran esfuerzo, este mensaje escrito en el idioma galáxico: «el científico».

Pero podemos equivocarnos. La revista de humor británica Punch realizó algo parecido a una encuesta de total «falta de comprensión», encuesta, por de­más, sumamente divertida mediante un artículo que tituló:

«Según el Herald Tribune (París), solamente uno de cada diez científicos de la NASA fue capaz de descifrar el mensaje. Así pues, ¿qué oportunidad les queda a los profanos o extraños?»

Punch presen­ta una muestra de la opinión de cuatro representan­tes extraterrestres. Por supuesto, se refieren a la in­terpretación del verdadero mensaje:

«Todavía debo poner de relieve que, en estos mo­mentos, sólo hacemos cábalas y que ninguno de no­sotros ha explicado el significado de los puntos que hay a lo largo de la parte inferior. Se nos ha sugeri­do que bien podría tratarse del mapa de algún fe­rrocarril metropolitano, pero tenemos la impresión de que esto deja de tener en cuenta la probable po­sición marcada por la flecha de algún yate zozobra­do o posiblemente la de una cizaña de huerto. Sin embargo, la inclusión de una rubia desnuda hace que sea más que probable que esto sea alguna es­pecie de broma o chiste enviado por algún atrasado planeta, quizás el que usan los terrestres.»

«Hablando como araña extremadamente delgada que cuenta con catorce patas –dijo una voz desde la parte posterior de Andrómeda 8– he estudiado esta tarjeta de los terrestres y la considero como un desaire. La caricatura de nuestra especie es a la vez cruda y absurda, ya que entre otras cosas sugiere que tenemos una pata derecha más larga que todo el resto. Además, el ser geométrico que está en el fondo nos vuelve claramente la espalda y uno de los otros dos está señalando con cinco antenas en gesto francamente sórdido. Parece existir poca razón para dudar, al menos entre nosotras las arañas inteligen­tes, que esta cosa no es más que una declaración de guerra. La ilustración de la criatura que está en la derecha lanzando flechas desde el hombro es real­mente siniestra, algo que presagia, sin duda alguna, una larga y amarga lucha con los terrestres.»

«Sea lo que fuere –declaró el Ser– no ha reco­rrido todo este camino por nada. Sospecho que tra­ta de decirnos algo. Supongamos, no hagamos más que suponer y esto en beneficio de una posible polé­mica, que esta cosa que tenemos ante nosotros no es una verdadera criatura en sí misma, sino más bien un artefacto de alguna clase. Tal teoría podría expli­car, como principio, que hasta ahora no ha dicho una sola palabra. No, esta cosa fue enviada –probable­mente desde algún primitivo mundo tridimensional– y yo diría que quiere ser un dibujo o código con al­gún mensaje para nosotros, los Seres. Por supuesto, lo que sea el mensaje depende de la manera en que se suponga pueda ser. Nada me sorprendería que fuese chabacano o grosero.»

«¡Magnífico! –la cosa en Alfa Centauro estaba abrumada por el asombro–. ¡Verdaderamente mag­nífico! Que sepamos hasta ahora, ésta es la primera vez que llega a nuestro planeta un trabajo original del antiguo terrestre Leonardo da Vinci. Nuestros te­lescopios muestran que el estilo es el suyo sin duda alguna. No obstante, el descubrimiento altera algu­nos de los datos que poseemos sobre la Tierra. Hasta ahora no se sabía que el clima era lo suficien­temente cálido como para que los policías prestaran servicio en su mundo sin ninguna clase de ropas, ni que los principales miembros de los terrestres funcio­naran mediante cuerdas. Esperamos que pronto nos envíen más tarjetas de saludo.»

Quizás el comentario editorial más comprensible es el del Times de New York:

«...esa placa bañada en oro constituye para no­sotros algo más que un reto. A pesar de la misteriosa maestría o poder de las leyes divinas que permiten al hombre lanzar sus artefactos hacia las estrellas, todavía nos sentimos totalmente incapaces para or­denar nuestros sistemas aquí, en la Tierra. Aun cuan­do tratamos de hallar una manera de asegurar que el Homo sapiens no liquide su planeta entre llamas nucleares, se alza un coro de voces que nos dice que el hombre puede suprimir su Tierra bien mediante el exceso de población, exigiendo demasiado a sus re­cursos naturales, o mediante ambas cosas.

«Así, el artefacto lanzado al espacio es al mismo tiempo un guante de desafío lanzado a la Tierra: que la placa lleve en su tiempo el mensaje de que el hom­bre está todavía aquí, no que haya estado aquí.»

El mensaje que llevaba a bordo el Pioneer 10 ha sido una auténtica diversión. Pero también ha sido algo más que eso. Es una especie de prueba cósmica Rorschach, en la cual muchas personas ven refleja­das sus esperanzas y temores, sus aspiraciones y de­rrotas, los más obscuros y los más luminosos aspectos del espíritu humano.

El envío de tal mensaje nos obliga a considerar cómo deseamos estar representados en una raciocina­ción cósmica. ¿Cuál es la imagen de la Humanidad que podríamos desear presentar a una civilización su­perior ubicada en cualquier punto de la Galaxia? La transmisión del mensaje del Pioneer 10 nos estimula a considerarnos a nosotros mismos desde una pers­pectiva cósmica.

En mi opinión, creo que el mayor significado de la placa del Pioneer 10 no es precisamente el hecho de enviar un mensaje al exterior, sino más bien el de que se trata de un mensaje enviado a nosotros mismos.