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Racionalidad y moralidad

Gary Marcus, profesor de psicología de la Universidad de Nueva York, afirma que la especie humana no es obra de un diseñador inteligente y compasivo. Si así fuera, afirma, nuestro pensamiento sería racional, y nuestra lógica, impecable. Para explicarlo, cita unos cuantos ejemplos en que nuestro cerebro no actúa de la mejor forma posible o, si lo hace, es de forma ambivalente; da respuestas, pero no sabe por qué. Vamos con algunas de esas historias.

En un antiguo experimento llevado a cabo por el psicólogo Peter Watson, se presentó a una serie de sujetos una secuencia de tres números: 2-4-6 y se les preguntó qué podría haber generado esa serie. Luego les pidió que generaran nuevas secuencias y acto seguido les confirmaba si dichas nuevas secuencias se ajustaban a la regla. La mayoría respondía con 4-6-8 y 8-10-12 para volver a recibir la secuencia afirmativa. Entonces, el sujeto llegaba a la conclusión de que la regla era algo así como “secuencias de tres números pares de sumando dos cada vez”.

Sin embargo, lo que la mayoría de las personas no hicieron buscar preguntas que “desconfirmaran” la regla potencial. Por ejemplo, pocos preguntaron si 1-3-5 o 1-3-4 eran secuencias válidas. Por consiguiente, casi nadie logró averiguar la regla verdadera: “cualquier secuencia de tres números en orden ascendente”.
Así que una de las características de nuestro cerebro es que siempre busca pruebas para verificar que lo que creemos es verdadero, y no para rebatirlo. Es por ello que es tan difícil hacer ver a alguien que tiene una creencia que puede estar equivocado.

Para ver hasta qué punto es partícipe nuestra cultura en la irracionalidad basta con sustituir la palabra “Dios” por los nombres de nuestras divinidades del Olimpo preferidas cada vez que aparece aquella en un discurso público. Imaginemos al presidente Bush diciendo en su alocución durante el Desayuno Nacional de la Oración: Detrás de toda vida y toda historia existe una dedicación y un objetivo, fijados por la mano de un Zeus justo y fiel. Imaginen que en su discurso al congreso (20 de septiembre de 2001) hubiese dicho la siguiente frase: La libertad y el miedo, la justicia y la crueldad, siempre han estado en guerra, y sabemos que Apolo no tiene una postura neutral al respecto.

La religión en particular posee una influencia tan poderosa porque la gente quiere que sea verdad; entre otras cosas, la religión crea la impresión de que el mundo es justo y de que los esfuerzos tendrán su recompensa.
Habría que plantearse si los seres humanos somos racionales en un sentido lógico formal, o aprendemos a serlo. Si bien todos los seres normales adquirimos el lenguaje, la capacidad de emplear la lógica formal es algo que la evolución ha hecho posible, pero que no ha garantizado. El psicólogo Alexander Luria viajó a los montes de Asia Central a finales de los 1930 y pidió a la población indígena que se planteara la lógica siguiente:

“En cierto pueblo de Siberia todos los osos son blancos. Tu vecino fue a ese pueblo y vio un oso. ¿De qué color era el oso?”. La respuesta típica de los encuestados fue: “¿Y cómo voy a saberlo? ¿Por qué no va usted mismo a preguntárselo a mi vecino?”.

Supongan que se gastan 100 dólares en un billete para un fin de semana en una estación de esquí de Michigan. Varias semanas después compran un billete por valor de 50 dólares para un fin de semana en otra estación de esquí, esta vez en Wisconsin, que, pese a ser más barato, creen que se lo pasarán mejor. Y de pronto, justo cuando guardan en la cartera el billete recién adquirido para el fin de semana en Wisconsin, se dan cuenta de que han metido la pata: ¡los dos viajes son para el mismo fin de semana! Y es demasiado tarde para cambiar cualquiera de los dos. ¿Qué viaje elegirían? Más de la mitad de los sujetos de experimentación contestaron que elegirían Michigan (el más caro), aun sabiendo que se divertirían más en Wisconsin. Una vez gastado el dinero de los dos viajes (y siendo este irrecuperable), esa opción no tiene sentido; una persona le sacaría más provecho (satisfacción) al viaje a Wisconsin sin el menor gasto añadido, pero el temor humano al “derroche” consigue convencer a nuestra mente para que se decante por el viaje menos satisfactorio. A una escala global, este mismo tipo de dudoso razonamiento puede traer enormes consecuencias. Incluso se sabe de presidentes que se han aferrado a determinadas políticas mucho después de que fuera obvio para toso el mundo, menos para ellos, que dichas políticas no eran eficaces.

Nuestro cerebro puede actuar diferente ante un problema en función ya no del problema en sí, sino de cómo nos lo plantean.

Imaginemos que el país se prepara para un brote de una enfermedad poco común, que prevé que acabe con la vida de 600 personas. Se han propuesto dos programas alternativos para combatir la enfermedad. Supongamos que los cálculos científicos exactos de dichos programas son los siguientes:

Si se adopta el programa A, se salvarán 200 personas.
Si se adopta el programa B, existe un tercio de probabilidades de que se salven 600 personas y dos tercios de que no se salve nadie.
La mayoría de la gente elegiría el programa A, para no poner la vida de todos en peligro. Pero las preferencias de las personas dan un vuelco si se plantean de la siguiente manera:
Si se adopta el programa A, morirán 400 personas.
Si se adopta el programa B, existe un tercio de probabilidades de que no muera nadie y dos tercios de que mueran 600 personas.
Por alguna razón,”salvar 200 vidas” de 600 parece una buena idea, mientras que “dejar morir a 400”, de las mismas 600, parece una mala opción, pese a que representan exactamente el mismo resultado. Sólo se ha cambiado la forma de expresar la pregunta. Es lo que los psicólogos llaman encuadre.
Los políticos y publicistas se aprovechan constantemente de nuestra sensibilidad al encuadre. Un “impuesto de defunción” suena mucho más amenazador que un “impuesto de sucesiones”, y una comunidad de la que se dice que tiene un índice de delincuencia del 3,7% es mucho más probable que reciba recursos que otra de la que se dice que está exenta de delincuencia en un 96,3%.

La inercia evolutiva ha hecho una contribución significativa a la ocasional irracionalidad del ser humano: calibramos para esperar cierto grado de incertidumbre que está en gran medida (y por fortuna) ausente en nuestra vida moderna. Hasta fechas muy recientes, nuestros antepasados no podían contar con el éxito de la cosecha del año siguiente, y sin duda más valía pájaro en mano que ciento o incluso doscientos volando. A falta de frigoríficos, conservantes y tiendas de alimentación, la simple supervivencia era mucho menos segura que hoy en día; según las palabras inmortales de Thomas Hobbes, la vida era desagradable, brutal y breve.

Como consecuencia de ello, la evolución fue seleccionando de manera predominante a favor de las criaturas que vivían esencialmente el momento. Eso incluye todas las especies que se han estudiado alguna vez.

Todos sabemos que un ser humano se atiborra de patatas fritas mientras espera a que llegue la cena. Esto, por supuesto, afecta a todos los animales, pero la diferencia entre nosotros y el resto de animales es que, tal y como un animal no se arrepiente lo más mínimo, nosotros somos capaces de arrepentirnos de comer una bolsa de palomitas apenas unas horas después de hacerlo. Y mucho antes.

Nuestra extrema preferencia por el presente a costa del futuro tendría sentido si nuestra expectativa de vida fuese mucho más corta, o si el mundo fuese mucho menos predecible (como le ocurría a nuestros antepasados); pero en los países donde las cuentas corrientes están garantizadas por las autoridades y las tiendas de alimentación son reabastecidas sin problemas, la importancia que le damos al presente es muy contraproducente. Como resume el investigador Howard Rachlin:

En general, llevar una vida sana durante, pongamos por caso, un período de diez años es intrínsecamente satisfactorio. Durante un periodo de diez años, prácticamente todos preferiríamos llevar una vida sana a vivir apoltronados en el sofá. Sin embargo, también preferimos (más o menos) tomar esta copa a no tomarla, comer este helado de chocolate a renunciar a él, fumar este cigarrillo a no fumarlo, ver este programa de TV a pasarse media hora haciendo ejercicio, etc.

Y cuando hablamos de tomar decisiones morales, nuestra torpeza es todavía más manifiesta.

Supongamos que un tranvía descontrolado está a punto de atropellar y matar a cinco personas. Usted (y nadie más que usted) tiene la posibilidad de pulsar un botón para accionar el cambio de vías y que el tranvía circule por raíles distintos, donde mataría solo a una persona en lugar de cinco. ¿Pulsaría el botón?

Y ahora supongamos que está en un puente peatonal, justo por encima de la vía por donde pasa el tranvía descontrolado. Esta vez, para salvar a las cinco personas, sería necesario empujar a una persona un tanto corpulenta (considerablemente más grande que usted, así que no se moleste en ofrecerse como voluntario) desde lo alto del puente sobre la vía del tranvía que se está acercando, La persona corpulenta en cuestión, si usted la tira del puente, morirá, pero su “sacrificio” permitiría que sobrevivieran las otras cinco. ¿Estaría bien eso?

Aunque la mayoría de las personas contestarían que sí al dilema del botón, también la mayoría se negarían a empujar a alguien desde lo alto de un puente, a pesar de que en los dos casos tuvienen el mismo resultado: se salvan cinco personas al precio de una.

¿A qué se debe la diferencia? Nadie lo sabe con certeza, pero en parte se explica porque, según parece, en la segunda situación interviene algo más visceral; una cosa es accionar un botón, que es inanimado y en cierto modo está alejado de la colisión real, y otra muy distinta enviar a alguien por la fuerza a una muerte segura.

Otro ejemplo histórico de cómo inciden los sentimientos viscerales en la elección moral es la tregua no oficial pactada entre soldados británicos y alemanes durante la Navidad de 1914, a principios de la Primera Guerra Mundial. La intención original era reanudar los combates después, pero durante la tregua, los soldados salieron de sus trincheras y se conocieron; algunos incluso compartieron comida de Navidad. Al hacerlo, dejaron de conceptualizarse mutuamente como enemigos para verse como individuos de carne y hueso. La consecuencia fue que, después de la tregua navideña, los soldados ya no fueron capaces de luchar entre ellos. Ya lo apuntó el ex presidente de los EEUU, Jimmy Carter, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz de 2002:

Para que los seres humanos nos impliquemos personalmente en la inhumanidad de la guerra, antes nos es necesario deshumanizar a nuestros rivales.

Ambas situaciones, tanto la del tranvía como la de la tregua de Navidad nos recuerdan que si bien nuestras elecciones morales pueden parecer fruto de un único proceso de razonamiento deliberativo, nuestras vísceras al final pueden desempeñar un importante papel, ya sea en algo prosaico, como comprar un coche nuevo, o bien cuando tomamos decisiones en las que hay vidas en juego. Ambos escenarios nos muestran también cómo podemos obtener dos respuestas distintas a lo que es en esencia la misma pregunta.

El psicólogo Jonathan Haidt ha intentado dar un paso más allá, aduciendo que podemos tener poderosas intuiciones morales incluso cuando somos incapaces de respaldarlas con razones explícitas. Veamos la siguiente situación:

Julie y Mark son hermanos. Se van de viaje juntos a Francia en sus vacaciones de verano al final del curso universitario. Una noche se quedan solos en una cabaña cerca de la playa. Deciden que sería interesante y divertido si intentasen hacer el amor. Como mínimo, sería una experiencia nueva para ambos. Aunque Julie ya tomaba anticonceptivos, Mark utiliza, además, un preservativo, para mayor seguridad. Los dos disfrutan haciendo el amor, pero deciden no repetirlo más. Conservan el recuerdo de esa noche como un secreto especial, lo que les hace sentirse aún más unidos. ¿Qué les parece esto? ¿Está bien que hayan hecho el amor?

Haidt explicaba:

La mayoría de las personas que oyen esta historia afirman inmediatamente que estuvo mal que los hermanos hicieran el amor, y acto seguido empiezan a buscar razones. Señalan los peligros de la endogamia, pero enseguida se acuerdan de que Julie y Mark emplearon dos métodos anticonceptivos. Sostienen que Julie y Mark sufrirán las consecuencias de su acción, quizá emocionalmente, pese a que la historia deja claro que no les ha quedado el menor trauma. Al final, muchas personas acaban diciendo algo así: “No sé, no puedo explicarlo; sencillamente sé que está mal”.

A este fenómeno en el que tenemos la certeza de que algo está mal pero somos incapaces de explicar por qué, Haidt lo llama “perplejidad moral”.

Y es que quizás, la moral no sea tan universal como pensamos. Ya lo apuntaba Immanuel Kant:

La moral no es un reflejo de unos valores existentes fuera del sujeto. Esa moral no está en dios, ni en la causa primera o sustancia universal. La moral es un acto que surge de la conciencia individual del ser humano.

Fuentes:
Gary Marcus, Kluge: la azarosa construcción de la mente humana
http://asimov2007.blogspot.com/2011/05/la-moral.html
http://esepuntoazulpalido.blogspot.com/2010/06/13-sugerencias-para-vivir-mejor.html