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MENTE Y ALMA -Paul Davies-

Fragmento del Libro: "Dios y la Nueva Física"

«Pienso, luego existo.»
RENE DESCARTES

«Creo sencillamente que alguna parte del Yo o del alma humana no está sujeta a las leyes del espacio y el tiempo.»
CARL GUSTAV JUNG

No conozco ninguna religión que no enseñe que Dios es una mente. En la religión cristiana, Dios es omnisciente e infinitamente sabio. También es infinitamente libre de actuar como desee. No puede existir ninguna mente más grande que la de Dios, puesto que Dios es el Ser Supremo.
Sin embargo, ¿qué es la mente?

Esta candente cuestión ha sido debatida durante largo tiempo por teólogos y filósofos. En la actualidad, sin embargo, el estudio de la mente entra dentro del terreno de la ciencia a través de la psicología y el psicoanálisis y, más recientemente, de la investigación del cerebro y de la "inteligencia artificial". Estas disciplinas han arrojado una luz completamente nueva sobre el viejo enigma de la mente y su relación con el mundo material, lo cual ha repercutido profundamente en la religión. Las únicas mentes de que tenemos experiencia directa son aquellas asociadas con el cerebro y posiblemente con los computadores. Sin embargo, nadie sugiere seriamente que Dios o las almas de los difuntos tengan cerebro. Sin embargo, ¿tiene algún sentido hablar de un alma totalmente separada del cuerpo y del Universo físico? En este capítulo y en el siguiente examinaremos los temas de la conciencia, el yo y el alma y nos preguntaremos si el alma puede sobrevivir a la muerte del cuerpo.
Es conveniente marcar desde el principio una clara distinción entre el mundo físico y el mundo mental. El mundo físico está poblado de objetos materiales que ocupan lugares en el espacio y que tienen propiedades como la extensión, la masa, la carga eléctrica, etcétera. Estos objetos no son inertes, sino que se mueven, cambian y evolucionan de acuerdo con leyes dinámicas cuyo estudio constituye una de las ramas de la física. El mundo físico es (en gran medida) un mundo público, accesible a cualquiera mediante la observación.

En contraste, el mundo mental no está poblado por objetos materiales, sino por pensamientos. Los pensamientos no están localizados en el espacio, sino que parecen ocupar un Universo propio que, además, es privado, inaccesible a los demás observadores. Los pensamientos pueden cambiar, evolucionar, interactuar y comportarse cinéticamente en una variedad de maneras distintas cuyo estudio constituye una rama de la psicología.

Hasta aquí nada parece polémico. Los problemas aparecen cuando el mundo físico y el mundo mental interactúan. Nuestro Universo de pensamientos no está aislado del Universo físico que nos rodea, sino que se encuentra íntimamente ligado a él. A través de nuestros sentidos, nuestras mentes reciben una corriente permanente de información que genera actividad mental, tanto estimulando la aparición de nuevos pensamientos como modificando pensamientos ya existentes. Si mientras estamos leyendo un libro escuchamos un fuerte ruido en el exterior, el pensamiento: "ha habido un accidente de circulación" se entrometerá probablemente en nuestras divagaciones. Por consiguiente, el mundo físico actúa como fuente de nuevos pensamientos y tiene el efecto de reordenar el mundo mental.

A la inversa, el mundo mental actúa sobre el mundo físico mediante el fenómeno de la volición. Decidimos investigar el ruido y nuestras piernas se mueven, dejamos el libro encima de una mesa y abrimos una puerta. Los pensamientos que se producen en nuestra mente desencadenan actividad física gracias a la mediación de nuestro cuerpo, el cual puede disponer de manera distinta los objetos que nos rodean. Casi todo lo que vemos a nuestro alrededor es el resultado de actividad mental realizada a través de operaciones físicas. Las casas, las calles, los campos de trigo, los molinos de viento surgieron de algún tipo de actividad intelectual, de decisiones y planes que fueron transformados en "realidad concreta".

A pesar de que todo esto sea evidente, no están nada claros los mecanismos por los que la materia actúa sobre la mente y mucho menos aquellos por los que actúa la mente sobre la materia.

Veamos cómo un pensamiento particular se "implanta" en la mente gracias a un estímulo externo (el fuerte ruido, por ejemplo). Las ondas sonoras alcanzan la membrana del tímpano, haciéndola vibrar. Esta vibración se transmite a través de tres delicados huesos hasta el caracol, tras lo cual la recibe una membrana que la transmite a un fluido que se encuentra dentro del oído interno. El fluido a su vez perturba unos filamentos muy sensibles que generan impulsos eléctricos. Los impulsos viajan a lo largo del nervio auditivo hacia el cerebro, donde la señal eléctrica penetra en una compleja red electroquímica donde, finalmente, se registra la sensación de sonido. Pero, ¿cómo estimula de repente un suceso mental (la sensación de sonido) esta nítida aunque compleja cadena de interacciones físicas? ¿Qué tienen de particular los procesos electroquímicos de nuestro cerebro para que escuchemos algo y se desencadenen una serie de pensamientos?

Más paradójica aún es la reacción. Decidimos investigar el sonido. Nuestras piernas se ponen en movimiento. ¿Qué procesos tienen lugar para que esto ocurra? Las células cerebrales (neuronas) se activan, transmitiendo los mensajes a los músculos a través de los nervios. Los músculos se tensan y nos movemos.

En una primera aproximación, el físico entiende esta actividad cerebral como una serie de procesos que tienen lugar en un complejo circuito eléctrico, con conexiones de entrada y salida representadas por las diversas ramificaciones nerviosas que llegan hasta los órganos y los músculos. Dado que los físicos están completamente familiarizados con las leyes de los circuitos eléctricos, es lícito suponer que, si fuera factible disponer de la estructura eléctrica de nuestro cerebro (un diagrama completo de la instalación y un completo control de las señales de entrada), entonces sería posible predecir exactamente, por medio de un cálculo prodigioso, las señales de salida de esta red eléctrica y, por tanto, inferir lo que haríamos a continuación, por ejemplo, investigar o no el ruido. Las señales eléctricas lo determinarían.

Realmente, nadie supone en ningún momento que se pueda realizar tamaña predicción. El punto importante a destacar es que si identificamos el cerebro con una masa enmarañada de circuitos eléctricos, entonces es un órgano completamente determinista y, por tanto, predecible (al menos en principio). Las neuronas transportan los impulsos eléctricos hasta los músculos que accionan las piernas debido a que la distribución de corrientes eléctricas en el cerebro toma una forma determinada. Una distribución distinta no activaría las neuronas y permaneceríamos inmóviles.

Hay algo paradójico en el hecho de que cada uno de estos prosaicos sucesos físicos relacionados con impulsos eléctricos ordinarios tiene su réplica mental: ¿Qué es este ruido? ¿Se ha roto algo? ¿Debería investigarlo? Decidimos que "sí" y las neuronas se activan. Aunque hasta aquí la descripción mental es consistente con la física, existe un elemento crucial que no encaja y es el hecho de que decidimos investigar el ruido. El movimiento de las piernas es un resultado de un acto consciente de voluntad, una elección. ¿Queda lugar para el libre albedrío en las leyes predictivas totalmente deterministas de los circuitos eléctricos?

Una respuesta posible es considerar la mente como un operario que controla una máquina complicada. Del mismo modo que el operador de una central eléctrica manipula varios conmutadores para encender las luces de una ciudad, la mente activa las neuronas para hacer funcionar el cuerpo de acuerdo con sus decisiones. Ahora bien, ¿cómo la decisión consciente de investigar un ruido causa la activación de las células cerebrales pertinentes? ¿Qué hay de las leyes de los circuitos eléctricos que se supone determinan las señales de salida? ¿Se violan estas leyes? ¿Puede la mente actuar sobre la materia desafiando los principios fundamentales de la física? ¿Son los procesos físicos y los procesos mentales dos causas distintas de movimiento en el mundo material: una debida a los procesos físicos ordinarios y la otra debida a los procesos mentales?

El enigma del libre albedrío y el mecanismo de interacción de la mente con la materia será tratado con más detalle en el capítulo 10. Sin embargo, nuestros problemas no acaban aquí. Todavía no hemos descubierto qué es la conciencia y de dónde surge. ¿Tienen conciencia los chimpancés y los perros? ¿Y las ratas, las arañas, los gusanos, las bacterias o los computadores? ¿Tiene conciencia un feto humano de ocho meses? ¿Y de un mes? ¿Y de un segundo?... Pocas personas contestarán afirmativamente a cada una de estas preguntas. Parece como si la conciencia fuera algo que aumentara gradualmente, una cualidad que se pudiera cuantificar de alguna forma, de modo que, por ejemplo, en una escala del uno al cien, asignaríamos 100 a un ser humano, 90 a un chimpancé, 50 a un perro, 5 a una rata, 2 a un feto de cinco meses, 0,1 a una araña y así sucesivamente. O, quizá, no es así; quizá existe un "umbral de desarrollo" a partir del cual la conciencia florece abruptamente como la gasolina que se inflama bruscamente cuando la temperatura alcanza un cierto valor crítico?

¿Cómo podemos reconocer la conciencia cuando la vemos? Cada uno de nosotros tiene experiencias directas de la propia conciencia. Sin embargo, dado que nuestra conciencia se encuentra localizada en un universo privado y no físico, formado de pensamientos y sensaciones, no es posible que pueda ser observada por nadie más. Por el contrario, solamente podemos inferir que los demás tienen conciencia a partir de su comportamiento y de nuestra comunicación con ellos a través del mundo físico. Jones dice a Smith que él, Jones, es consciente, y Smith, observando que Jones parece un sujeto bastante normal y está llevando el diálogo de manera coherente, le cree. Si Jones fuera mudo, o si hablara un oscuro dialecto esquimal, Smith todavía llegaría a la misma conclusión observando la conducta de Jones, prestando especial atención a sus respuestas frente a los estímulos, a la ejecución de tareas complejas, etc.

En el caso de un perro, nos movemos en un terreno mucho menos firme. La comunicación perro-hombre es mínima y bastante ambigua. La mayor parte del comportamiento del perro parece ser instintivo e inconsciente. Sin embargo, pocos propietarios de perros estarían dispuestos a admitir que sus perros no son conscientes ni inteligentes, aunque su mente sea menos desarrollada (en algún oscuro sentido) que la de los humanos. Ahora bien, cuando se trata de animales inferiores, como las arañas, se hace difícil sostener que tengan mente. Es verdad que descrubrimos en ellos una conducta ordenada, pero es fácil convencerse de que es automática, programada por el instinto.

Considerando esta progresión descendente, es fácil persuadirse de que hay una asimetría en la manera en que desaparecen el aspecto activo y el aspecto pasivo de la mente. Ser consciente en el sentido de registrar datos sensoriales es algo menos sofisticado que la capacidad de planear, decidir y actuar. Un bebé recién nacido experimenta sin duda sensaciones provocadas por los estímulos corporales externos, pero su conciencia es casi enteramente pasiva. Quizá las arañas saben lo que sucede a su alrededor, pero tienen una capacidad extremadamente limitada para responder de forma no refleja. Se dice a menudo que la capacidad de valorar situaciones, planear y actuar consecuentemente es exclusivamente humana Esto seguramente no es cierto (especialmente si existe vida inteligente extraterrestre). Sin embargo, puede ocurrir que estas cualidades más activas de la mente estén ligadas no sólo a la conciencia sino a la autoconciencia (un tema que será discutido más a fondo en el próximo capítulo). Es posible que el concepto del yo no esté bien desarrollado en los animales.

El fulgurante desarrollo de los computadores electrónicos nos ha hecho dirigir la atención a los mecanismos que se esconden bajo las capacidades mentales humanas y nos ha conducido a la investigación de la relación entre la mente y el cerebro. En el centro de este estudio subyace la cuestión de si las máquinas pueden pensar

Este no es el momento para repasar la extensa bibliografía y la gran diversidad de opiniones sobre la llamada "inteligencia artificial". Todos los expertos están como mínimo de acuerdo en que al menos por ahora, incluso los computadores más avanzados son incapaces de reproducir el funcionamiento de la mente humana. Como es bien sabido, los computadores pueden realizar de una manera extraordinariamente más eficiente que las personas operaciones matemáticas, funciones de archivo, e incluso pueden jugar al ajedrez mucho mejor que la mayoría de los jugadores Sin embargo están muy mal capacitados para componer música y poesía. Esta disparidad tiene menos que ver con el hardware (parte física o estructura) de los computadores que con la forma en que están programados (software). La mayoría de los computadores están diseñados para realizar tareas específicas de bajo nivel (como grandes cantidades de operaciones aritméticas), donde la Velocidad y la precisión son el criterio primordial. Un computador que cometa errores, esté disgustado, tenga "días de descanso" Q se comporte de cualquier otra manera errática, es de poca utilidad para los usuarios, a pesar de que la posesión de estas características irracionales le haga más próximo a la condición humana. Desde luego nadie tiene la más mínima idea de cómo programar un computador con tales cualidades humanas; ni tan sólo se sabe si existe esta posibilidad. Tampoco se sabe demasiado del funcionamiento del cerebro humano a este respecto.
A pesar de las actuales limitaciones tecnológicas la cuestión de si las máquinas pueden tener "mente" (al menos en principio) es un tema candente. Quien haya tenido la experiencia de usar un potente computador habrá descubierto pronto que, en un sentido limitado, éste puede comunicarse con su operador de una manera casi humana. Las modernas técnicas "interactivas" permiten que tenga lugar un diálogo sofisticado, con preguntas y respuestas, aunque el alcance de la conversación sea muy limitado.
Ya he mencionado que la existencia de otras mentes sólo puede deducirse por analogía. Si uno se pregunta: "¿Cómo sé que Smith posee una mente?", la respuesta sólo puede ser: "Yo poseo una mente, Smith se comporta como yo, habla como yo, declara tener una mente, como yo, por tanto debo concluir que él también tiene mente." Pero este razonamiento podría ser aplicado tanto a una máquina como a un ser humano. Dado que no podemos ocupar nunca la mente de otro ser humano y experimentar directamente su conciencia (si pudiéramos, la persona que habríamos ocupado ya no sería él sino nosotros), cualquier hipótesis que hagamos sobre la existencia de otras mentes es un acto de fe. De manera que la respuesta a la pregunta "¿pueden pensar las máquinas?" debe ser que no hay razón alguna para colocar al hombre por encima de las máquinas en cuanto al rendimiento en ciertas tareas intelectuales, único criterio éste por el que se pueden juzgar las experiencias "internas" de la máquina. Si se pudiera construir una máquina que respondiera de la misma forma que un ser humano a todas las influencias externas, no habría entonces razones objetivas para decir que la máquina careciese de conciencia o fuera incapaz de pensar. Además, si estamos dispuestos a admitir que los perros piensan o que las arañas o las hormigas poseen una conciencia rudimentaria, entonces incluso los computadores actuales podrían ser considerados conscientes en este sentido limitado.

En 1950, el matemático Alan Turing se ocupó de la pregunta "¿pueden pensar las máquinas?" en un artículo titulado «Computadores e inteligencia» publicado en la revista Mind. Propuso un sencillo experimento para encontrar la respuesta. Turing lo llamó el «juego de las imitaciones». Un hombre y una mujer se colocan en habitaciones separadas y un interrogador debe descubrir a través de un teletipo quién es el hombre y quién la mujer mediante una serie de preguntas. Tanto el hombre como la mujer deben tratar de convencer al interrogador de que pertenecen al sexo femenino. Por consiguiente, el hombre tiene que ser un sagaz y consumado mentiroso. El test de Turing consiste en reemplazar al hombre por un computador. Turing mantiene que si la máquina es capaz de convencer al interrogador de que es una mujer, entonces es que la máquina realmente piensa.

Se han desplegado un gran número de argumentos en contra de la existencia de una inteligencia artificial tan desarrollada. Se dice, por ejemplo, que los computadores, limitados como están a unos modos de operación lógicos, estrictamente racionales, son impasibles autómatas fríos, calculadores, inhumanos é inexpresivos. Dado que su funcionamiento es automático, sólo serán capaces de hacer aquello para lo que hayan sido programados por sus operadores humanos. Ningún computador puede liberarse y convertirse en un individuo automotivado y creador, capaz de amar, reír, llorar o ejercitar su libre albedrío. No es menos esclavo de sus controlado-res que un motor de automóvil.

Este argumento es un arma de dos filos. En el plano neurológico (células cerebrales), el cerebro humano es igualmente mecánico y está sujeto a principios racionales. Sin embargo, esto no impide que experimentemos sentimientos irracionales de indecisión, confusión, felicidad y aburrimiento.

La principal objeción religiosa a la idea de la inteligencia artificial es que las máquinas no pueden tener alma. Ahora bien, el concepto de alma es desesperadamente vago. Originariamente, estaba inextricablemente ligados a la idea de una fuerza animadora o vital. La Biblia tiene muy poco que decir sobre el tema, especialmente el Antiguo Testamento. Las primeras referencias bíblicas presentan el alma como sinónimo de aliento de vida, pero el concepto se hace más elaborado en el Nuevo Testamento, donde se identifica el alma con el yo y adquiere las características de lo que hoy llamamos mente. De hecho, el uso de la palabra alma ha decaído en la era moderna y está en la actualidad prácticamente reservado a círculos teológicos. Incluso la Enciclopedia Católica se contenta con definir el alma como la "fuente de la actividad pensante". La relación entre el alma y la mente siempre ha sido bastante vaga. En lo que sigue, usaremos los dos términos indistintamente.
La idea principal de cualquier doctrina religiosa es que el alma (o la mente) es una cosa, y que se debe establecer una drástica distinción entre el cuerpo y el alma. Esta llamada teoría dualista de la mente (o del alma) fue desarrollada por Descartes y ha sido ampliamente incorporada al pensamiento cristiano. También está próxima a las creencias de la mayoría de las personas. El dualismo está tan implantado en nuestra cultura y en nuestro lenguaje que Gilbert Ryle en su libro El concepto de la mente lo llama la «doctrina oficial.»
¿Cuáles son las características de la teoría dualista de la mente? La "doctrina oficial" dice más o menos lo siguiente: El ser humano consta de dos partes distintas y separadas: el cuerpo y la mente. El cuerpo actúa como una especie de receptáculo de la mente, quizá incluso como una prisión para liberarse de la cual es necesaria una purificación espiritual o la muerte del cuerpo. La mente está vinculada al cuerpo a través del cerebro, que utiliza (mediante los sentidos corporales) para adquirir y almacenar información sobre el mundo. También utiliza el cerebro como un medio para ejercitar su voluntad, actuando sobre el mundo del modo que se ha descrito anteriormente en este mismo capítulo. Sin embargo, la mente no está localizada en el cerebro ni en cualquier otra parte del cuerpo ni, en definitiva, en ninguna otra parte del espacio (estoy descartando aquí la doctrina "no oficial" de algunos místicos y espiritualistas que afirman haber sido testigos de una especie de cuerpo etéreo o aura en estrecha relación espacial con el cuerpo físico).

Una característica importante de esta concepción es que la mente es una cosa; más específicamente, una sustancia. No una sustancia física, sino un tipo de sustancia etérea y escurridiza que constituye el material de que están hechos los pensamientos y los sueños, libres e independientes de la materia.
R. J. Hirst resume la concepción cartesiana del cuerpo y el alma del siguiente modo:

Las nociones esenciales parecen ser, en primer lugar, que existen dos órdenes o categorías distintos de seres o sustancias, el mental y el material. La mente o la sustancia mental no es ni perceptible por los sentidos ni se extiende en el espacio; es inteligente y su característica esencial es el pensamiento, o mejor dicho, la conciencia.
Ryle lo expresa así:

A pesar de que el cuerpo humano es un motor, no es un motor ordinario, dado que algunas de sus funciones están gobernadas por otro motor en el interior del primero, siendo este segundo motor de una clase muy especial. Es invisible, inaudible y no tiene ni peso ni tamaño. No puede ser reducido a pedazos y las leyes que la gobiernan no son las que conocen los ingenieros.
Ryle apoda este regulador interior "el fantasma de la máquina".

Parece que la cualidad insustancial del alma es necesaria por dos razones. En primer lugar, no vemos ni detectamos las almas directamente, ni siquiera con ayuda de la cirugía cerebral. En segundo lugar, el mundo material debe satisfacer las leyes de la física, que, en el mundo macroscópico (ignorando los efectos cuánticos), son deterministas y mecánicas y, por tanto, incompatibles con el libre albedrío, un atributo fundamental del alma (el razonamiento es erróneo, como veremos a su debido tiempo). Sin embargo, con ello sólo se nos dice lo que el alma no es y no lo que es. Es muy posible que se haya intentado dar una sensación de realidad a la idea de la mente o del alma aplicándole palabras sin sentido. La mente no es mecánica y por tanto es "no mecánica"; como si este adjetivo tuviera algún sentido para nosotros. Según Ryle, «las mentes no son piezas de relojería, sino justamente todo lo contrario».

Otra dificultad reside en determinar dónde se encuentra localizada el alma. Si no está en el espacio, ¿dónde está? (Es interesante destacar que Descartes creía que el alma se albergaba en la pequeña glándula pineal, en el cerebro, o que ésta al menos era la estructura que proporcionaba la escurridiza conexión física entre el alma y el cerebro.) ¿Puede la física moderna, con sus misteriosos conceptos de espacio curvo y nuevas dimensiones, encontrarle una localización adecuada?

Hemos visto que el espacio y el tiempo de los físicos es una especie de lámina cuatridimensional (o quizá un globo) con la posibilidad de que existan otras láminas independientes. ¿Podría residir el alma en uno de estos otros universos? Por otro lado, el espaciotiempo puede estar encajado o contenido en un espacio de dimensión superior, del mismo modo que una hoja de papel bidimensional está contenida en un espacio tridimensional. ¿No podría el alma ocupar un lugar en este espacio de más dimensiones, espacio que estuviera (desde un punto de vista geométrico) cercano a nuestro espaciotiempo físico pero no realmente contenido en él? Desde esta ventajosa nueva dimensión, el alma podría "estar encerrada" en el cuerpo de un individuo en el espaciotiempo, sin formar ella misma parte del espaciotiempo.

Quienes deseen creer que después de la muerte las almas se van al Cielo deben buscar una explicación más complicada, puesto que, presumiblemente, el lugar que habitan las almas durante la vida terrenal no es el Paraíso. Si estas ideas ponen a prueba tanto la credulidad como la intuición geométrica, quizá se deba a la controvertible hipótesis de que el alma se encuentra en alguna parte. Decir que el alma ocupa un lugar quiere decir que existe en un cierto espacio, que puede ser el que percibimos de ordinario o algún otro. En este caso cabe plantearse preguntas sobre el tamaño, forma, orientación y movimiento del alma, conceptos inadecuados cuando se trata de describir algo compuesto de pensamientos.

Sin embargo, la reserva de ideas de la física moderna todavía no se ha agotado. Como vimos en el capítulo 3, algunos físicos consideran que el espacio y el tiempo son conceptos derivados más que primitivos. Creen que el espaciotiempo está compuesto de subunidades (no lugares ni momentos sino entidades abstractas) que pueden poseer características cuánticas. Podría ocurrir entonces que el Universo físico se extendiera más allá (en un sentido figurado) de lo que ordinariamente entendemos por espaciotiempo; que solamente una fracción de estas subunidades se haya agrupado de una manera organizada para producir el espaciotiempo, dejando "en alguna otra parte" una especie de océano de pedazos inconexos sin ninguna relación. ¿Podría ser este océano el reino del alma? Si fuera así, el alma no ocuparía un lugar, puesto que las subunidades no estarían ensambladas en lugares, y conceptos tales como extensión u orientación no serían aplicables. Ni siquiera los conceptos topológicos como "dentro", "fuera", "entre", "conectado" y "desconectado" estarían definidos. Dejo abierta la cuestión.

Surgen otros problemas cuando se considera el tiempo. El alma no está localizada en el espacio, pero ¿lo está en el tiempo? Presumiblemente la respuesta es afirmativa. Si el alma es la fuente de nuestras percepciones, lo será también de nuestra percepción del tiempo. Además, muchos procesos mentales reconocibles son explícitamente dependientes del tiempo: por ejemplo, la planificación, la esperanza o el arrepentimiento.
Un alma atemporal presenta graves dificultades lógicas. Por ejemplo, ¿qué sentido debemos dar a la existencia del alma después de la muerte si el alma trasciende la relación antes-después? ¿Qué podemos decir de la situación del alma antes del nacimiento del cuerpo? La Enciclopedia Católica trata este tema con un cierto sentido del humor:

La noción de que Dios tiene una provisión de almas que no están en ningún cuerpo en particular hasta que Él las infunde en los embriones humanos está totalmente injustificada. El alma es creada por Dios en el momento en que la infunde en la materia.

El mensaje es claro. Hay épocas (antes del nacimiento) en que el alma no existe. Estas ideas están en franca contradicción con la idea de que el alma trasciende el tiempo.

El mismo dilema temporal básico se encuentra en todas las discusiones sobre la inmortalidad. Por un lado está el deseo de la continuación de nuestra personalidad tras la vida terrenal (no tan sólo en una pasiva existencia atemporal, sino conllevando algún tipo de actividad). Jesús habló de "la vida eterna", lo cual tiene connotaciones de un transcurrir ilimitado del tiempo.

Por otro lado, estas nociones están íntimamente ligadas a nuestra percepción del tiempo en el mundo físico y están en desacuerdo con la supuesta separación de los reinos material y espiritual. Las cosas se complican aún más si se contempla la posibilidad (que se discutirá en el capítulo 15) de que el tiempo tenga fin. Es muy posible que no pueda existir nada "eterno".

Estos argumentos, y otros más, han hecho pensar a mucha gente que los conceptos de alma o mente y su inmortalidad son falsos e incoherentes.

Los filósofos han considerado varias alternativas al dualismo. En un extremo está el materialismo, que niega absolutamente la existencia de la mente. El materialista cree que las operaciones y los estados mentales no son más que estados físicos. En el campo de la psicología materialista esto se convierte en lo que se conoce como conductismo, escuela que proclama que todos los seres humanos se comportan de una manera totalmente mecánica en respuesta a estímulos externos. En el otro extremo está la filosofía del idealismo, según la cual es el mundo físico el que no existe; todo es percepción.

En mi opinión, la teoría dualista cae en la típica trampa de buscar una sustancia (la mente) para explicar lo que realmente es un concepto abstracto y no un objeto. La tentación de reducir a cosas conceptos abstractos es una constante a lo largo de la historia de la ciencia y de la filosofía, ilustrada por desacreditados conceptos como el flogisto, el éter luminoso y la fuerza vital. En todos estos casos, los fenómenos asociados o complejos requieren una explicación en términos de conceptos abstractos, como el de energía o el de campo.

El hecho de que un concepto sea abstracto y no sustancial no hace de él algo ilusorio o irreal. La nacionalidad de una persona no puede medirse ni pesarse ni ocupa ningún lugar en nuestros cuerpos; sin embargo, es algo importante y significativo en nuestras vidas, como sabe muy bien, por desgracia, cualquier apátrida. Conceptos tales como utilidad, organización, entropía e información no conciernen a "cosas", es decir, a objetos, sino a relaciones entre ellos.

El error fundamental del dualismo consiste en tratar el cuerpo y el alma como si fueran las dos caras de una moneda, mientras que pertenecen a categorías totalmente distintas. Ryle cree que este error es el culpable del desorden, la confusión y las paradojas que aquejan a la mente y sus vinculaciones con el cuerpo:

Es perfectamente correcto decir en un tono lógico de voz que existen mentes y decir, en otro tono lógico, que existen cuerpos. Pero estas expresiones no indican dos clases distintas de existencias.

Las afirmaciones "existen rocas" y "existen miércoles" son ambas correctas, pero no tendría ningún sentido colocar las rocas y los miércoles uno al lado del otro y discutir su interrelación. O, para emplear una de las analogías de Ryle, sería absurdo discutir sobre si ha habido algún diálogo entre la Cámara de los Comunes y la Constitución Británica. Estas instituciones pertenecen a diferentes niveles conceptuales.

Ryle, de este modo, se anticipa a la discusión "holística" de estos últimos años. Como vimos en el capítulo anterior, la relación entre la mente y el cuerpo es semejante a la que existe entre una colonia de hormigas y las hormigas individuales, o entre el argumento de una novela y las letras del alfabeto. La mente y el cuerpo no son dos componentes de una dualidad, sino dos conceptos enteramente distintos pertenecientes a dos planos diferentes de una jerarquía de descripción. De nuevo nos encontramos con el holismo y el reduccionismo.

Muchos de los viejos problemas del dualismo desaparecen al apreciar que los conceptos abstractos de alto nivel pueden ser tan reales como las estructuras de bajo nivel que los sostienen, sin necesidad de introducir misteriosas sustancias. Del mismo modo que no hace falta apelar a una fuerza vital para explicar la materia animada, tampoco es necesaria el alma para que la materia se haga consciente:

Nuestro mundo está lleno de cosas que no tienen nada de misteriosas ni fantasmales y que, sin embargo, no están construidas de manera sencilla a partir de los bloques estructurales de la física. ¿Existen las voces?, y los cortes de pelo ¿qué son?, ¿qué es un agujero en el lenguaje de los físicos?, no ya un exótico agujero negro sino, por ejemplo, un agujero en un pedazo de queso, ¿es algo físico? ¿Qué es una sinfonía?, ¿qué región del espacio y el tiempo ocupa la "Quinta Sinfonía"? ¿No es más que unos trazos de tinta sobre una partitura? Aunque se destruya el papel, la música continuará existiendo. El latín todavía existe, pero ya no es una lengua viva. La lengua que hablaban los hombres de las cavernas ha desaparecido completamente. El juego del bridge tiene menos de cien años. ¿Qué es? No es ni un animal, ni un vegetal ni un mineral.

Estas cosas no son objetos físicos con masa o composición química, pero tampoco son objetos puramente abstractos como el número 7r, que es inmutable y no puede ser localizado en el espacio y el tiempo. Estas cosas tienen historia y lugar de nacimiento. Pueden cambiar. Aparecen y desaparecen como las especies, las enfermedades o las epidemias. No debemos suponer que la ciencia enseña que cada cosa digna de ser tomada en serio es una colección de partículas que se mueven en el espacio y el tiempo. Alguien puede pensar que es de sentido común (o de buen sentido científico) suponer que no somos nada más que un organismo físico viviente, un montón de átomos en movimiento. Pero de hecho esta idea es una muestra de falta de imaginación científica. No es necesario creer en fantasmas para creer en un yo con una identidad que trasciende cualquier cuerpo vivo particular.

El cerebro está hecho de miles de millones de neuronas ignorantes del plan general, del mismo modo que la colonia de hormigas del capítulo anterior. Éste es el mundo físico, mecánico, del hardware electroquímico. Por otro lado, tenemos pensamientos, sensaciones, emociones, voluntades, etc. Este mundo mental, en el plano superior u holístico, no es tampoco consciente de las células cerebrales; podemos pensar tranquilamente sin ser conscientes de la existencia de nuestras neuronas. Sin embargo, el hecho de que el nivel inferior esté regido por una necesidad lógica no contradice el hecho de que el nivel mental superior pueda ser ilógico y emocional. Hofstadter ha dado una vivida ilustración de esta complementariedad neurológica-mental:

Supongamos que no sabemos si pedir una hamburguesa con queso o una hamburguesa con pina. ¿Implica esto que nuestras neuronas están también dudando que tienen dificultades para decidir si van a activarse o no? Desde luego que no. Nuestro dilema de las hamburguesas es un estado de alto nivel que depende totalmente del funcionamiento eficiente de miles de neuronas organizadas.

Consideremos una analogía. Una novela escrita correctamente consiste en una serie de construcciones gramaticales con arreglo a unas reglas lógicas bastante precisas de lenguaje y expresión. Esto no impide que los personajes de la novela amen y rían, o que se comporten como rebeldes. Es absurdo pretender que, porque el libro conste de construcciones lógicas de palabras, la historia debe cumplir una serie de rígidos principios lógicos. Aquí se están confundiendo dos planos distintos de descripción. MacKay insiste en la importancia de evitar esta confusión de niveles al discutir la actividad neurológica y la actividad mental: «La idea de que una única situación requiera dos o más explicaciones, ambas completas en su propio nivel lógico, es quizá abstracta y difícil, pero, como hemos visto, puede ilustrarse mediante numerosos ejemplos.» MacKay señala que su analogía del anuncio luminoso admite una explicación completamente correcta en términos de circuitos eléctricos y otra en términos del mensaje comercial: «Cuando se consideran en su propio contexto, estas dos descripciones no son antagónicas, sino complementarias, en cuanto cada una revela un aspecto con el que hay que contar pero que no se menciona en la otra.»

En lo que se refiere a la mente, escribe:

La noción popularizada por escritores como Teilhard de Chardin de que, si el hombre es consciente, debe haber algunas trazas de conciencia en los átomos, no tiene ninguna base racional... La conciencia no es algo que nos veamos obligados a reconocer al cabo de una explicación lógica basada en el comportamiento de las partículas físicas...

En términos más modernos, la mente es holística.
Nada de esto, desde luego, excluye la posibilidad de mentes artificiales, máquinas pensantes y demás. Es curioso que mucha gente que acepta fácilmente que sus perros y gatos son inteligentes, se estremezca ante la idea de que un computador lo sea. Quizá se trate de una reacción egocéntrica ante la amenaza de que algún día los computadores tengan mentes intelectualmente superiores a las nuestras, pero es posible que sea algo más sutil.

La descripción en dos planos de la mente y el cuerpo representa un gran avance respecto a las viejas ideas del dualismo (que considera la mente y el cuerpo como dos sustancias distintas) o el materialismo (que niega la existencia de la mente). Se trata de una filosofía que ha ido ganando terreno rápidamente en las llamadas ciencias cognoscitivas: inteligencia artificial, informática, lingüística, cibernética y psicología. Todos estos campos de investigación estudian sistemas que procesan información de una o de otra manera, ya sean hombres o máquinas. El desarrollo de unos conceptos y un lenguaje asociados con los computadores —como la distinción entre hardware y software— ha abierto nuevas perspectivas en lo que respecta a la naturaleza del pensamiento y la conciencia. Ha forzado a los científicos a pensar con más rigor sobre la mente.

Estos avances científicos se han visto correspondidos por la aparición de una nueva filosofía de la mente, estrechamente ligada a las ideas acabadas de presentar. Se trata del funcionalismo. Según los funcionalistas, el ingrediente esencial de la mente no es el hardware (la materia cerebral), sino el software (el "programa" o la organización de esta materia). No niegan que el cerebro sea una máquina y que las neuronas funcionen a causa de impulsos eléctricos (no hay causas mentales de procesos físicos). Sin embargo, todavía recurren a las relaciones causales entre los estados mentales. Para decirlo en pocas palabras: los pensamientos causan pensamientos, a pesar de que en el plano del hardware ya se hayan forjado los vínculos causales.

La mayoría de programadores de computador no ven ninguna incompatibilidad entre las conexiones causales en cada uno de los dos planos del hardware y del software. En un cierto momento afirmarán: «El computador no es más que un montón de circuitos y todo cuanto puede hacer está determinado por las leyes de la electrónica. La salida de resultados es una consecuencia automática del paso de una serie de impulsos eléctricos por ciertos caminos predeterminados.» Inmediatamente después hablarán de cómo el computador resuelve una ecuación, estableciendo comparaciones y decisiones y llegando a conclusiones basadas en el procesamiento de la información. De modo que es posible admitir dos niveles distintos de descripción causal (hardware y software) sin tenernos que preocupar por cómo el software actúa sobre el hardware. El viejo enigma de cómo actúa la mente sobre el cuerpo es una confusión de planos conceptuales. Nunca nos preguntamos cómo el programa del computador consigue que los circuitos resuelvan la ecuación; así, tampoco debemos preguntarnos cómo los pensamientos activan las neuronas para producir respuestas corporales.

¿Qué consecuencias tiene el funcionalismo para la religión?
Parece ser una espada de doble filo. Por un lado, el funcionalismo niega que la mente sea exclusivamente humana, y afirma que las máquinas pueden, al menos en principio, pensar y sentir. Es difícil reconciliar esto con la noción tradicional de que Dios dota al hombre de alma. Por otro lado, al liberar la mente de su confinamiento en el cuerpo humano, deja abierta la cuestión de la inmortalidad:

La descripción de la mente en términos de software no requiere lógicamente las neuronas... permite la existencia de mentes separadas del cuerpo... El funcionalismo no descarta la posibilidad, por muy remota que pueda parecer, de sistemas mecánicos y etéreos en los que se produzcan procesos y estados mentales.

El funcionalismo borra de un plumazo la mayoría de las inquietudes tradicionales sobre el alma. ¿De qué está hecha el alma? La pregunta tiene tan poco sentido como preguntar de qué está hecha la nacionalidad o de qué están hechos los miércoles. El alma es un concepto holístico. No está hecha de nada.

¿Dónde se encuentra el alma? En ninguna parte. Decir que el alma se encuentra en algún lugar es tan absurdo como intentar localizar el número siete o la quinta sinfonía de Beethoven. Estos conceptos no están en el espacio.

¿Qué se puede decir de los problemas sobre el tiempo y el alma? ¿Tiene algún sentido decir que el alma existe en el tiempo pero no en el espacio?

Aquí nos movemos en un terreno mucho más sutil. Se habla, por ejemplo, del aumento del desempleo o del cambio de la moda, de modo que estas cosas tienen una dependencia temporal y no pueden, en cambio, ser localizadas espacialmente en ningún lugar determinado. No parece que haya ninguna razón en contra de que la mente pueda evolucionar en el tiempo, aunque no ocupe ningún lugar en el espacio.

Podemos rechazar, por tanto, la creencia de que la mente no es más que la actividad de las células cerebrales, puesto que ello supone caer en la trampa del reduccionismo. Sin embargo, parece que la existencia de la mente está sostenida por esta actividad. La cuestión que se plantea a continuación es cómo pueden existir mentes separadas del cuerpo. Para recurrir otra vez a una analogía, un  libro está hecho de palabras,  pero,  por ejemplo,  la historia podría estar grabada en una cinta magnética, codificada en tarjetas perforadas o digitalizada por un computador. ¿Puede la mente sobrevivir a la muerte del cerebro siendo transferida a otro mecanismo o sistema? En principio, parece posible.

La mayoría de la gente, sin embargo, no cree en la supervivencia de su personalidad total; gran parte de nuestro carácter está ligado a nuestras necesidades y capacidades corporales. Por ejemplo, en ausencia de un cuerpo o de la necesidad de procreación, la sexualidad carece de sentido. Muchas personas tampoco desearían que sobrevivieran los aspectos negativos de su personalidad, los celos, la avaricia, el odio, etc. El núcleo perdurable de la mente debería despojarse de sus más obvias asociaciones corporales y características desagradables. Pero, ¿quedaría algo? ¿Qué quedaría de la identidad personal, del yo?