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Los Enemigos de la Ciencia

 

LOS ENEMIGOS DE LA CIENCIA
 
ACTUALMENTE resulta un lugar común señalar a la ciencia como la fuerza principal que ha transformado al mundo y a la sociedad occidentales, sobre todo a partir del siglo XVIII y hasta nuestros días. Entre los siglos II y XVI la influencia principal la ejerció la Iglesia Católica, Apostólica y Romana con su autoridad absoluta en asuntos tanto religiosos como políticos y sociales. El resquebrajamiento de esta autoridad, debido a la aparición de la Reforma y de la Iglesia Protestante, coincide con el Renacimiento y en cierta forma lo permite y patrocina, hasta desembarcar en la revolución científica dos siglos más tarde. Según Butterfield:
Como esta revolución ha sido la que echó abajo la autoridad de que gozaban en la ciencia no sólo la Edad Media, sino también el mundo antiguo —acabó no solamente eclipsando la filosofía escolástica, sino también destruyendo la física de Aristóteles—, cobra un brillo que deja en la sombra todo lo acaecido desde el nacimiento de la Cristiandad y reduciendo al Renacimiento y a la Reforma a la categoría de meros episodios, simples desplazamientos de orden interior dentro del sistema del cristianismo medieval.
Es natural que una fuerza tan poderosa y tan influyente como la ciencia tenga no sólo amigos sino también enemigos. A los amigos de la ciencia me referiré en otra ocasión, pues en ésta deseo revisar brevemente algunos de los aspectos más generales de sus enemigos. Cuando el ímpetu del pensamiento científico empezó a sentirse en la estructura de la sociedad, las fuerzas que hasta entonces habían conservado la hegemonía y el poder opusieron toda su resistencia (que no era poca) a la intrusa. Surgieron entonces los conflictos entre la ciencia y el sistema feudal de organización social, entre la ciencia y los esquemas medievales del universo físico, entre la ciencia y la religión. Aunque todavía quedan polvos de aquellos lodos, esos no son los enemigos de la ciencia que me interesa mencionar ahora sino los contemporáneos, los que son peculiares a este último tercio del siglo XX.
Creo que los enemigos actuales de la ciencia son de dos tipos, los de "fuera" y los de "dentro". Los enemigos de "fuera" son los que patrocinan, apoyan o simplemente simpatizan con el movimiento anticientífico y que tanto profesional como intelectualmente nunca han formado parte del gremio de la ciencia. En cambio, los enemigos de "dentro" son (o pretender ser) científicos profesionales que proponen y/o aceptan una imagen falsa, descastada o incompleta de la ciencia. Voy a referirme con un poco más de detalle a cada uno de estos dos grupos.
Los integrantes del movimiento anticientífico contemporáneo forman un conjunto heterogéneo de enemigos. Una buena parte de ellos son personas bien intencionadas pero mal informadas; algunas se han dejado convencer por la caricatura del científico "diabólico" que desea conquistar al mundo (tan explotada en la televisión y otros medios igualmente infantiles) y acusan a la ciencia de haber desarrollado la bomba atómica, de ser responsable de la contaminación y destrucción del medio ambiente, así como del desenfreno y deshumanización de la vida actual. Otros más objetan el carácter materialista y determinista de la filosofía científica y la acusan de rechazar los valores tradicionales de una ética trascendental. Finalmente, quedan quienes aceptan que la ciencia tiene algunos aspectos positivos pero que ha corrido más aprisa que la capacidad del hombre para controlarla y se declaran partidarios de una moratoria, de un compás de espera en el avance científico para darle tiempo a la humanidad a adaptarse mejor a las nuevas formas de vida que propicia.
Aunque no hay enemigo pequeño, pocos de los enemigos de "fuera" de la ciencia representan un verdadero peligro para su crecimiento saludable e influencia benéfica permanente en la transformación de nuestras vidas. En cambio, los enemigos de la ciencia que funcionan desde "dentro" de ella son extremadamente peligrosos y requieren identificación temprana, vigilancia continua y oposición permanente. Se trata de los seudocientíficos y/o funcionarios que, disfrazados de amigos y protectores de la ciencia, hablan siempre en favor de la ciencia "aplicada" y en contra de la ciencia "pura", de los que únicamente conciben a la ciencia como madre de la tecnología, de los que sólo ven a la ciencia como fuente de soluciones prácticas para los "problemas nacionales". Estos "amigos" de la ciencia quisieran verla convertida en un instrumento puramente utilitarista, en una actividad sujeta a análisis de costo-beneficio económico, en una caja negra donde por un lado se introduce un problema y por el otro sale una solución, con resultados intermedios programados y calendarizados. Los aspectos más importantes y valiosos de la ciencia para el hombre, como son la liberación de prejuicios oscurantistas a través del conocimiento de la naturaleza y de sí mismo, permitiéndole una vida más natural y más de acuerdo con su verdadero sitio en el orden de las cosas, así como proporcionarle la aventura intelectual más estimulante para niños y adultos que existe en este mundo, son ignorados por estos enemigos de la ciencia. Por eso es que los científicos debemos cuidar celosamente la virtud y pureza de nuestra disciplina y evitar que se transforme en lo que sus enemigos de "dentro" quieren que sea: una prostituta.