VICHADA... Sí Aprende
La Mejor Tierra del Mundo

La Ciencia y la Verdad Suprema

 

LA CIENCIA Y LA VERDAD SUPREMA[1]
 
H.G. WELLS.[2]
 
 
En estos últimos años se han llevado a cabo amplísimos reajustes en las fórmulas generales que el hombre de ciencia venía utilizando para simplificar y esquematizar los hechos que estudia. Estos reajustes se han producido, principalmente, en el campo de la ciencia física, sin repercutir casi nada en el firme avance de las ciencias biológicas y sociales. A quien más a afectado es al profesor de física. Los conceptos filosóficos que hasta ahora le habían servido para guiar y sostener sus indagaciones han sido sometidos, por así decirlo, a reparación. Se ha visto precisado a alterar sus esquemas generales.
 
El lector habrá oído hablar de las interminables repercusiones de estas investigaciones acerca de la técnica filosófico-científica, aunque no las haya estudiado deliberadamente. De ahí que sea conveniente explicar en este trabajo hasta que punto nos concierne, y hasta qué punto no.
 
Algunos experimentos y observaciones recientes han llevado a cabo discrepar en gran medida de las ideas filosóficas generales que hasta ahora satisfacían y servían al científico. Este ha tenido que cuestionar la realidad esencial de esa estructura espacial y temporal en la que él (al igual que el hombre de la calle) acostumbraba ordenar sus datos. Ha tenido que escudriñar de nuevo su concepto del tiempo euclidiano como uno más entre muchos espacios teóricos, y a sustituirlo por otros conceptos más sutiles que parecen aún compatibles con los hechos recientemente observados. La vieja controversia entre la predestinación y el libre albedrío ha resucitado en términos de física matemática. El Universo ¿es un sistema fijo, rígido, espacio-temporal, o tiene movimiento en otras dimensiones? ¿Se trata de un Universo continuo, o intermitente? El mero hecho de formular preguntas tan extrañas es altamente estimulante para la mente especulativa. Sin embargo, éstas no afectan la vida cotidiana, sea del individuo o de la humanidad, y si hacemos constar estos interesantes avances del pensamiento moderno es únicamente a título de fascinantes ejercicios para la inteligencia, al margen totalmente de la cuestión que nos interesa.
 
Puede que existamos y dejemos de existir alternativamente, como los diminutos puntos de determinadas técnicas de impresión o la sucesión de fotogramas de una película cinematográfica. Quizá la conciencia sea una ilusión de movimiento en un universo eterno, estático y multidimensional. Tal vez seamos sólo un retrato escrito sobre un fondo de realidades inconcebibles, el dibujo de una alfombra colocada bajo los pies de lo incomprensible. Podemos ser, como parece sugerir James Jeans, parte de una vasta idea producto de la meditación de un matemático divino y omnicompresivo. Tratar de penetrar en tales posibilidades constituye un maravilloso ejercicio para la mente. Nos lleva a darnos cuenta de que la naturaleza de nuestra inteligencia, tal y como es, y de la existencia como nosotros la conocemos es absolutamente limitada. Nos lleva, lisa y llanamente, a la convicción de que con mentes como la nuestra la verdad suprema de las cosas es eternamente inconcebible e inalcanzable. Nos lleva a comprender que estas teorías, los instrumentos de trabajo de la ciencia moderna son en último término menos provisionales que las mitologías y símbolos de las religiones bárbaras sólo en la medida en que son más eficaces.
 
Pero no nos ofrece ningún escape actual de este mundo de trabajo riqueza y guerra. Para nosotros tiene que haber siempre, mientras vivamos, un mañana y una elección, y ninguna argucia lógica, ninguna fórmula nos podrá apartar nunca de estas necesidades. Apartarnos de ellas supondría apartarnos de la existencia tal como la conocemos.
Es imposible desterrar el misterio de la vida. Ser es en sí mismo misterioso. El misterio nos rodea, está en nuestro interior, lo Inconcebible nos penetra, está "más cercano que el respirar y más próximo que las manos y los pies". Por lo que sabemos, eso que somos puede elevarse en el momento de la muerte de entre los vivos, como el jugador concentrado sale de su ensimismamiento cuando la partida llaga al final, o como el espectador vuelve los ojos para mirar al público, del que había olvidado durante algún tiempo, cuando desciende el telón sobre la escena. Se trata de bellas metáforas que nada tiene que ver con el juego o con el drama del tiempo y el espacio. El último término, quizá el misterio sea lo único que importe; pero, dentro de las reglas y límites del juego de la vida, cuando hay que coger un tren, pagar una factura o ganarse el sustento el misterio no importa en absoluto.
 
Es ese sentido de una insondable realidad para la que no sólo la vida sino todo lo que existe no es más que una superficie, ese entendimiento del "abismo que hay debajo de todo lo aparente y del silencio que domina todos los sonidos" el que hace que una mentalidad moderna se impaciente con las artimañas y subterfugios de esos metafísicos que creen en fantasmas y de esos apologistas enredados en sus credos que afirman y proclaman continuamente que la ciencia es dogmática (y lo hacen con pretendidos dogmas permanentes que constantemente son echados por tierra). Tratan de degradar la ciencia para situarla a su mismo nivel. Pero ella no ha inspirado jamás a esa finalidad que constituye la cualidad esencial de los dogmas religiosos. La ciencia no lanza dogmas contra los dogmas de los adoradores de fantasmas. Sólo en ocasiones, cuando por azar aquélla los encuentra en su camino, éstos se desintegran. La ciencia es intencionadamente superficial. Sólo se ocupa de los dogmas religiosos en lo que éstos tienen de materialistas, en tanto constituyen una mezcolanza de relatos imposibles sobre origen y destinos en el tiempo y el espacio, historias que alardean de "espiritualidad" pero que no pasan de ser un reflejo fantástico y distorsionado de las cosas materiales. E, incluso entonces, sólo se ocupa de dichos dogmas porque conllevan confusiones mágicas e irracionales, interferencias y limitaciones en relación con la vida cotidiana del hombre.
 
Ojalá existiera un libro sencillo y popular sobre la historia de las ideas científicas. Resultaría fascinante reconstruir la atmósfera intelectual que rodeaba a Galileo y mostrar los cimientos previamente existentes en los que se basaron sus ideas. O averiguar qué sabía Gilbert, el primero que estudió el magnetismo, y cuál era la ideología contra la que tuvieron que luchar los filósofos naturalistas del período Estuardo. Sería interesante y esclarecedor poder seguir la rápida evolución de estos conceptos elementales a medida que el proceso científico se hizo vigoroso y se extendió al pensamiento general.
 
Pocas personas se dan cuenta de lo reciente de esa invasión, de cuán nueva es la concepción actual del Universo y del poco tiempo que hace que las nuevas ideas de la ciencia moderna alcanzaron a las gentes más comunes. El autor de esta líneas tiene sesenta y cinco años. Cuando era niño, su madre le enseñaba con un libro que ella tenía en gran estima, titulado Magnell's questions. Era el mismo que ella había usado en la escuela. Ya estaba desfasado, pero se seguía utilizando y se vendía aún. Era un volumen de preguntas y respuestas, a la manera del siglo XVIII, en el que se enseñaba que existían cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua.
 
Estos cuatro elementos son tan viejos como Aristóteles, por lo menos. Jamás se me ocurrió preguntar, en mis días de calcetines blancos y bata a cuadros, en que proporción estaban mezclados esos ingredientes fundamentales en sí mismo, en el mantel o en el pan y la leche. Me limité a tragármelos, igual que esos alimentos.
 
Desde Aristóteles pasé de un salto al siglo XVIII, sin haber oído hablar nunca de los elementos de los alquimistas árabes, el azufre y el mercurio, ni de Paracelso y su universo de sal, azufre, mercurio, agua y el elixir de la vida. Nunca se me dijo nada de esto. Fui a una escuela para niños y allí aprendí, inmediatamente, que yo estaba hecho de moléculas sólidas y bien definidas, formadas por átomos sólidos, bien definidos e indestructibles, de carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, fósforo, calcio, sodio, cloro y unos cuantos más. Estos eran los elementos reales. Mi libro de texto los mostraba claramente, como si fueran guisantes o bolas ordinarias, debidamente agrupados. También esto lo acepté sin exhalar una queja durante algún tiempo. No recuerdo haber dicho adiós a los cuatro Elementos; sencillamente, se perdieron y seguí adelante con el nuevo lote.
 
En otra escuela después, y en el Royal College of Science más adelante, tuve conocimiento de una sencilla eternidad de átomos y fuerzas. Pero ahora los primeros empezaban a ser menos sólidos y simples. En el Royal College hablábamos muchísimo del éter y del protilo, pero los protones y electrones aún estaban por llegar, y los átomos, aun cuando adoptaban extrañas formas y movimientos, se mantenían intactos. Los átomos no se podían transformar ni destruir, y las fuerzas, aunque tampoco podían ser destruidas, eran susceptibles de ser transformadas. Esta calidad de indestructible camaleón de las fuerzas era la célebre Conservación de la Energía, que ha perdido prestigio desde entonces aunque sigue siendo una eficaz hipótesis de trabajo para la labor diaria del ingeniero.
 
Pero, en aquellos días en discutía y filosofaba con mis condiscípulos, me hizo saber rápidamente de que estos átomos y moléculas no eran, en absoluto, realidades, eran esencialmente, se me explicó, figuras mnemotécnicas; en la ordenación más sencilla posible de modelos e imágenes materiales, satisfacían lo que se necesitaba para ensamblar y reconciliar los fenómenos conocidos de la materia. Eso era todo. Y eso lo acepte sin grandes dificultades. Por tanto, no sufrí el menor golpe cuando en los tiempos presentes las nuevas observaciones obligaron a nuevas elaboraciones del modelo. Mi maestro había sido un tanto rudo en sus enseñanzas. No era un científico, sino un profesor de ciencias. Era un realista irredento que enseñaba ciencias de una forma realista dogmática. La ciencia, ahora lo entiendo, jamás se contradice absolutamente a sí misma, sino que está siempre ocupada en revisar sus clasificaciones y en retocar y formular de nuevo los postulados más toscos de épocas anteriores. La ciencia no reconoce, en ningún caso, que lo que presenta sea otra cosa que un esquema de trabajo. La ciencia no explica, hace constar las relaciones y asociaciones de los hechos de la manera más simple posible.
 
La justificación que da de sus esquemas teóricos radica en su creciente capacidad para transformar la materia. La comprobación de todas sus teorías es que funcionan. Siempre ha sido veraz, y cada vez lo es más. Pero no espera alcanzar nunca la verdad suprema. En el fondo, sus teorías son -y jamás han pretendido ser- esquemas que responden a todos los hechos posibles, sino simplemente a los conocidos.
 
En mis días de estudiante, hace ya cuarenta y cinco años, éramos plenamente conscientes de que la equivalencia exacta de causa y efecto no pasaba de ser una conveniente convención, y que se podía representar el Universo como un sistema de acontecimientos únicos en una estructura espacio-temporal. Estas ideas no son nuevas. Ya por entonces eran temas corrientes en las charlas estudiantiles. Cuando los periodistas proclaman a voz en grito que intelectuales como los profesores Eddington y Whitehead han hecho asombrosos descubrimientos que dan al traste con los "dogmas de la ciencia", están demostrando una sublime ignorancia del hecho de que en ciencia no existen dogmas, y que estas ideas que ellos les parecen fantásticos "descubrimientos" llevan circulando más de medio siglo.
 
A ningún ingeniero le preocupan las consideraciones acerca del error marginal y de la relatividad de las cosas cuando proyecta fabricar un número de máquinas "en serie" con piezas recambiables. Desde luego, cada una de éstas es única y se sale un tanto del patrón, pero se le acerca lo bastante para servir. Las máquinas funcionan. Y no se ha producido efecto apreciable alguno sobre la enseñanza del dibujo técnico. Del prefacio a la palabra fin nos ocupamos de cosas prácticas que existen sobre la superficie de la Tierra, donde la gravitación se representa mejor como una fuerza centrípeta, donde un kilo de plumas pesa exactamente lo mismo que un kilo de plomo y donde las cosas son lo que merecen. Nos ocupamos de la cotidiana de los seres humanos ahora y en las eras inmediatamente venideras. A todo lo largo de esta obra permanecemos en el espacio y el tiempo de experiencia ordinaria, a una distancia infinita de la suprema verdad.
 
 


[1]Texto seleccionado y resumido por César A. Cortes A. Procede de un ensayo de Wells sobre las ciencia sociales, titulado "El trabajo, la riqueza y la felicidad de la humanidad"
 [2]Herbert George Wells (Inglaterra,1866-1946), poseía una gran solvencia científica y gran riqueza de ideas, era un escritor de extraordinaria fuerza y talento.