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La Ciencia para Salvarnos de la Ciencia

 LA CIENCIA PARA SALVARNOS DE LA CIENCIA [1]

BERTRAND RUSSELL [2]
 
 
 
Desde los albores del siglo XVII, los descubrimientos e invenciones científicas han avanzado a un ritmo cada vez más rápido. Este hecho ha diferenciado profundamente a los últimos trescientos cincuenta años de todas las épocas anteriores. El abismo que separa al hombre de su pasado se ha ido ensanchando, primero de generación en generación y más tarde de década en década. Cualquier persona reflexiva que medite sobre la extinción de los trilobites, los dinosaurios y los mamuts, siente el impulso de hacerse preguntas muy perturbadoras. ¿Puede soportar nuestra especie un cambio tan rápido? ¿Resultarán suficientes las costumbres que aseguraron nuestra supervivencia en un pasado comparativamente estable, en el caleidoscópico[3] escenario de nuestra época? Y, de no ser así, ¿será posible cambiar las viejas pautas de comportamiento con la misma rapidez con que los inventores modifican nuestro entorno material? Nadie conoce las respuestas, pero es posible investigar determinadas probabilidades y establecer algunas hipótesis acerca de las direcciones alternativas que puede seguir el desarrollo humano.
 
El primer interrogante es: ¿Seguirá acelerándose cada vez más el avance científico, o llegará a alcanzar una velocidad máxima para comenzar entonces a reducir su marcha?
 
El genio resulta indispensable para descubrir un método científico, pero su empleo sólo requiere talento. Si un científico joven e inteligente obtiene un empleo que le permita acceder a un buen laboratorio, es casi seguro que descubrirá algo interesante y existe la posibilidad de que se tropiece con algún hecho nuevo de inmensa importancia. La ciencia, que era todavía a principios del siglo XVII una fuerza rebelde, está integrada hoy en la vida de la comunidad gracias al apoyo de los gobiernos y las universidades. A medida que se hace patente la importancia de la investigación científica, aumenta el número de personas que se dedican a ella. Cabe esperar, pues, que si las condiciones sociales y económicas no se tornan adversas el ritmo del avance científico se mantenga, e incluso aumente hasta que intervenga un nuevo factor limitativo.
 
Podría sugerirse que, con el tiempo, la acumulación de conocimientos que serán precisos antes de lograr un nuevo descubrimiento podría ser tan grande como para ocupar los mejores años de la vida de un científico, y que por consiguiente cuando éste alcanzara la frontera del conocimiento se encontraría en la edad senil. Supongo que es posible que esto llegue a suceder en el futuro, pero ciertamente ese día está muy lejano. En primer lugar, los métodos de enseñanza mejoran. Platón pensaba que sus discípulos tendrían que pasar diez años en su academia aprendiendo lo que entonces se conocía en materia de matemáticas; en la actualidad, cualquier escolar con talento matemático aprende mucho más en un sólo curso.
 
En segundo lugar, dado el aumento de la especialización es posible alcanzar la frontera del conocimiento siguiendo un sendero estrecho, lo que supone un esfuerzo mucho menor que el requerido para avanzar por una ancha autopista. En tercero, la frontera no es un círculo sino una figura de contorno irregular, algunos de cuyos puntos no distan mucho del centro. El importantísimo descubrimiento de Mendel no exigió demasiados conocimientos previos; todo lo que se precisó fue una vida desahogada con tiempo para pasarlo en un jardín. La radiactividad fue descubierta por el hecho de que, inesperadamente, se comprobó que en algunos especímenes de pecblenda[4] se habían autofotografiado en la oscuridad. No creo, por tanto, que las razones de índole puramente intelectual puedan poner trabas a los avances científicos en un período prolongado de los tiempos venideros.
 
Hay otra razón para confiar en que el avance científico continúe, y es que atrae cada vez en mayor grado a las mentes más preclaras. Leonardo da Vinci fue tan sublime en arte como en ciencia, pero mayor fama le viene del primero de ambos campos. Un hombre con dotes similares que viviera en nuestros días, ostentaría casi con toda seguridad algún puesto que le obligaría a dedicar todo su tiempo a la ciencia; si fuera políticamente ortodoxo, lo más probable es que se ocupara de proyectar la bomba de hidrógeno, considerada más útil en nuestra época que sus posibles cuadros. ¡Qué lástima que el artista no tenga ya el status que tuvo antaño! Los príncipes del Renacimiento competían por Miguel Angel, los estados modernos lo hacen por los físicos nucleares.
 
Otro tipo muy distinto de consideraciones puede llevarnos a esperar un retroceso científico. Cabe afirmar, por ejemplo, que la propia ciencia genera fuerzas explosivas que, tarde o temprano, imposibilitarán la conservación de la clase de sociedad en que aquélla puede florecer. Se trata de una cuestión compleja y profunda, a la que no es posible dar una respuesta inmediata, pues la suma importancia del tema merece un examen pormenorizado. Veamos, pues, qué se puede decir al respecto.
 
El industrialismo, que en esencia es un producto de la ciencia, ha proporcionado una determinada forma de vida y cierta concepción del mundo. En Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos países que antes accedieron a la industrialización, esta perspectiva y este modo de vivir se han impuesto de forma gradual, y la población ha podido ajustarse a ellos sin que se produjera ninguna crisis de continuidad, gracias a lo cual estas naciones no desarrollaron tensiones psicológicas peligrosas. Quienes preferían las viejas formas de vida podían quedarse en el campo, en tanto que los más aventureros optaban por emigrar a los nuevos centros industriales, compartían las concepciones de sus vecinos. Los únicos que protestaron fueron hombres como Carlyle Ruskin, alabados y desdeñados a un tiempo por sus contemporáneos.
 
Algo muy distinto es lo que ocurrió cuando el industrialismo y la ciencia, convertidos ya en sistemas bien desarrollados se impusieron violentamente en países que hasta entonces ignoraban su existencia, teniendo en cuenta, sobre todo, que se consideraban algo extraño, que exigía la imitación de formas enemigas y el desbaratamiento de la antiguas costumbres nacionales. Este choque lo sufrieron en diverso grado Alemania, Rusia, Japón, la India y los países africanos. En todas partes ha ocasionado, y sigue haciéndolo, trastornos de una u otra índole cuyo final nadie puede prever todavía.
 
El resultado más importante e inmediato del impacto que el industrialismo causó sobre los alemanes fue el Manifiesto Comunista. Hoy día tendemos a concebir éste como la Biblia de uno de los dos poderosos bloques en que se ha dividido el mundo, pero vale la pena interpretarlo en términos de su significación cuando fue escrito, en 1848; si lo hacemos así, se nos revela como la expresión del admirativo horror de dos jóvenes estudiantes universitarios de una agradable y apacible capital provinciana que, bruscamente y sin la conveniente preparación intelectual, se vieron envueltos en el tumulto del espíritu competitivo de Manchester.
 
Antes de ser "educada" por Bismarck, Alemania era una nación profundamente religiosa, con una excepcional y sereno sentido de los deberes públicos. La noción de competencia, que los británicos consideraban la esencia de la eficacia y que Darwin elevó a una dignidad casi cósmica, suponía una conmoción para los alemanes, quienes creían que servir al Estado era, sin duda alguna, el ideal moral correcto. Era lógico, por tanto, que encajaran el industrialismo en el marco bien de un nacionalismo o de un socialismo. Los nazis se encargarían de combinar ambas tendencias. El carácter un tanto demente y frenético del industrialismo alemán se debe a su origen extranjero y a su repentina irrupción.
 
La doctrina de Marx resultaba apropiada para países donde el industrialismo era algo nuevo. Los socialdemócratas alemanes abandonaron los dogmas marxistas cuando la nación se hizo industrialmente adulta. Mas para entonces Rusia se encontraba ya en la misma situación en que había estado Alemania en 1848, y era por lo tanto lógico que el marxismo encontrara en este país un nuevo hogar. Stalin, haciendo gala de gran habilidad, combinó el nuevo credo revolucionario con la fe en la "Santa Rusia" y el "padrecito". Hasta el momento, éste es el ejemplo más notable del advenimiento de la ciencia en un entorno que todavía no está maduro para recibirla. China parece dispuesta a seguir los mismos pasos.
 
Al igual que Alemania, Japón combinó la técnica moderna con la reverencia por el Estado. Los japoneses instruidos abandonaron tanto como era necesario su antigua forma de vida para garantizar la eficacia industrial y militar. El repentino cambio produjo la histeria colectiva, dando paso a neurasténicas visiones de un poder universal no refrenadas por las devociones tradicionales.
 
Las diversas formas de locura citadas: comunismo, nazismo, imperialismo japonés, son el resultado natural del impacto producido por la ciencia sobre naciones dotadas de fuertes culturas precientíficas. Los efectos que puede producir sobre Asia están aún en fase precoz, y los que pueda causar en razas nativas de Africa apenas han empezado. Por consiguiente, parece improbable que el mundo recobre la cordura en un futuro próximo.
 
El futuro de la ciencia (no, más aún, el futuro de la humanidad) depende de que sea o no posible refrenar estas diferentes histerias colectivas hasta que las poblaciones afectadas hayan tenido tiempo de amoldarse al nuevo entorno científico. Si se demuestra que tal ajuste es imposible, la sociedad civilizada desaparecerá y la ciencia no será sino un recuerdo difuminado. En la era del oscurantismo, la ciencia no se distinguía de la brujería, y no es imposible que una nueva edad oscurantista pueda volver a la vida este punto de vista.
 
Este peligro no es remoto; amenaza con producirse apenas dentro de unos años. Pero ahora no me preocupan cuestiones tan inmediatas. Lo que me inquieta es una pregunta más amplia: ¿Puede una sociedad como la nuestra, basada en la ciencia y en la técnica científica, mantener la estabilidad que muchas sociedades tuvieron en el pasado, o está destinada a desarrollar fuerzas explosivas que la destruirán? Este interrogante nos lleva más allá de la esfera de la ciencia para penetrar en la de la ética y los códigos morales, así como en el de la psicología de masas. Esta última es una cuestión que los teorizadores políticos han ignorado indebidamente.
 
Empecemos por los códigos morales. Ilustraré el problema un tanto trivialmente. Hay quienes piensan que fumar es malo moralmente, pero se trata, en su mayoría, de personas que no han tenido ningún contacto con la ciencia. Los individuos con perspectivas fuertemente influenciadas por la ciencia adoptan, en líneas generales, la postura de considerar que fumar no es ni un vicio ni una virtud. Sin embargo, cuando visité unas instalaciones de la Fundación Nobel por las que fluían ríos de nitroglicerina como si fuera agua, tuve que dejar las cerillas a la entrada, y resultaba evidente que fumar allí dentro hubiera sido un acto de pasmosa perversidad.
Este ejemplo ilustra dos cuestiones: la primera, que la adopción de una perspectiva científica tiende a hacer que parezcan supersticiosos e irracionales ciertos aspectos de los códigos morales tradicionales; la segunda, que al crear un nuevo ambiente, la ciencia da vida a nuevos deberes, que tal vez coincidan con los que han sido descartados. Un mundo que contenga bombas de hidrógeno es igual que el que posee ríos de nitroglicerina; acciones que en cualquier otro lugar serían inocuas pueden convertirse en sumamente peligrosas. Por tanto, en un mundo científico necesitamos un código moral un tanto distinto del que heredamos del pasado. Pero dar a un nuevo código moral la suficiente fuerza coercitiva como para frenar acciones anteriormente consideradas inofensivas no resulta sencillo, ni puede lograrse en un sólo día.
 
Por lo que respecta a la ética, el factor esencial estriba en darse cuenta de cuáles son los nuevos peligros, y considerar qué perspectiva ética será la que más haga por aminorarlo. Los rasgos que caracterizan la nueva situación son que el mundo es ahora más uniforme en líneas generales, y que las comunidades enfrentadas tienen mayor poder para causarse mutuos desastres que el que poseyeron en cualquier momento anterior. La cuestión del poder cobra nueva importancia. La ciencia ha aumentado enormemente el poderío humano, pero no sin establecer unos límites. El acrecentamiento del poder lleva aparejado un incremento de la responsabilidad; conlleva, además, el peligro de una arrogante presunción que sólo podrá prevenirse recordando en todo momento que el hombre no es omnipotente.
 
Hasta el momento, las ciencias más influyentes han sido la física y la química; la biología comienza justamente ahora a rivalizar con ellas. Pero en no muy largo plazo se reconocerá que la psicología especialmente de masas, es la más importante de todas, desde el punto de vista del bienestar humano. Es evidente que las poblaciones tienen estados de ánimo dominante que cambian de forma periódica según las circunstancias. Cada talante posee su ética correspondiente. Nelson inculcaba estos principios éticos a sus guardiamarinas: decir la verdad, disparar sin vacilar y odiar al francés como se aborrece al diablo. Esto último se debía, principalmente, a que los ingleses estaban airados por la intervención de los franceses en favor de los rebeldes americanos. Shakespeare pone estas palabras en boca de Enrique V: "Si codiciar honores es pecado, yo soy el alma más pecadora que existe."
 
Este es el sentimiento ético que acompaña al imperialismo agresivo: el "honor" es proporcional al número de gente inofensiva que se sacrifique. En nombre del "patriotismo" se justifican una multitud de pecados. Por otra parte, la absoluta falta de poder lleva a considerar la humildad y la sumisión como virtudes más elevadas; de aquí el auge del estoicismo en el imperio romano y del metodismo entre los indigentes ingleses de principios del siglo XIX. Sin embargo, cuando hay posibilidades de que el levantamiento prospere, la fiera justicia vengadora se convierte de repente en el principio ético dominante.
 
En el pasado, la única forma reconocida de inculcar preceptos morales era la predicación. Pero este método tiene limitaciones muy definidas: es notorio que los hijos de los clérigos no son, por término medio, moralmente superiores a otras personas. Cuando la ciencia domine este campo se adoptarán métodos muy distintos. Se sabrá cuáles son las circunstancias que generan determinados estados de ánimo, y qué talantes inclinan a los hombres a adoptar sistemas éticos específicos. Los gobiernos decidirán entonces qué clase de moralidad deberán profesar sus súbditos y éstos adoptarán aquello   que preconice el gobierno, pero lo harán creyendo que ejercen su libre albedrío. Puede que tal afirmación parezca exageradamente cínica, pero esto se debe a que todavía no estamos acostumbrados a aplicar la ciencia en la mente humana. La ciencia tiene poderes para el mal, no sólo en el ámbito físico, sino también en el mental: la bomba de hidrógeno puede matar el cuerpo, y la propaganda gubernamental (como en Rusia) hacer lo propio con la mente.
 
En vista de los terroríficos poderes que la ciencia está confiriendo a los gobiernos, es necesario que quienes controlen tales poderes tengan ideales esclarecidos e inteligentes ya que, de lo contrario, pueden llevar a la humanidad al desastre.
Llamo "inteligente" un ideal cuando es posible acercarse a él realmente. Esto no es suficiente, en modo alguno, como criterio ético, pero ya no es una prueba por medio de la cual se pueden condenar muchos ideales. No cabe suponer que Hitler deseara el destino que atrajo sobre su pueblo y sobre sí mismo y, sin embargo, era casi seguro que el resultado de su arrogancia sería ése. Por tanto, es posible condenar el ideal Deutschland über Alles como carente de inteligencia (no pretendo sugerir que ése sea su único defecto). España, Francia, Alemania y Rusia han tratado sucesivamente de dominar el mundo: la consecuencia para tres de estas naciones ha sido la derrota, pero su suerte no ha inspirado sabiduría.
 
El que la ciencia (y, desde luego, la civilización en general) pueda tener una larga supervivencia depende de la psicología, es decir, está supeditado a los deseos de los seres humanos, concretamente de los gobernantes en países totalitarios y de las masas en las democracias. Las pasiones políticas determinan el comporta- miento político de forma mucho más directa de lo que suele suponerse. Si los hombres desean la victoria más que la cooperación, pensarán que aquélla es posible. Y si el odio se apodera de ellos hasta el extremo de que tengan más deseos de ver muertos a sus enemigos que de mantener vivos a sus propios hijos, descubrirán todo género de "nobles" razones en pro de la guerra. Si se sienten resentidos por su inferioridad, o desean mantener su superioridad, experimentarán el tipo de sentimiento que promueve la lucha de clases. Si están aburridos hasta más allá de un punto determinado, recibirán con gusto cualquier excitación, aunque sea dolorosa.
 
Con tales sentimientos se extienden determinan la política y las decisiones de las naciones. Si los gobernantes lo quieren así, la ciencia puede crear sentimientos que impidan el desastre y faciliten la cooperación. En este momento, hay poderosos gobernantes que no tienen tal deseo; pero la posibilidad existe, y la ciencia puede igualmente poderosa para el bien que para el mal. Sin embargo, no es ella la que determinará cómo han de emplear sus poderes.
 
La ciencia, por sí sola, no está en condiciones de aportarnos una ética. Puede mostrarnos la forma de alcanzar un objetivo determinado, o revelarnos la posibilidad de lograrlo. Pero entre los objetivos factibles, nuestra elección deberá basarse en consideraciones al margen de las puramente científicas. Si un hombre dijera: "Odio al genero humano y creo que sería bueno exterminarlo", cabría responderle: "Pues bien, mi querido señor, empecemos el proceso con por usted." Sin embargo, esto apenas puede considerarse un argumento, y no hay ciencia, por amplia que sea, capaz de demostrar que ese hombre está equivocado.
 
Pero todos aquellos que no son lunáticos están de acuerdo en ciertas cosas: que es mejor estar vivos que muertos, bien alimentado que famélico, ser libre que esclavo. Muchas personas quieren estas cosas sólo para sí mismas y sus amigos; están plenamente satisfechas de que sus enemigos sufran. Las opiniones de estos individuos sí son refutables por la ciencia: la humanidad se ha convertido hasta tal extremo en una familia, que no podemos asegurar nuestra propia prosperidad a menos que garanticemos la de todos los demás. Si usted desea ser feliz, habrá que resignarse a ver felices también a sus semejantes.
 
Que la ciencia pueda continuar su desarrollo, y que, en el curso de este proceso, produzca más bien que mal, depende de la capacidad que tenga la humanidad para aprender esta sencilla lección. Quizá se necesario que la aprendamos todos, pero es imprescindible que lo hagan al menos quienes tienen un gran poder; y entre éstos hay algunos que habrán de recorrer todavía un largo camino antes de lograrlo.
 
 


[1] Texto seleccionado y resumido por César A. Cortes A. lic. Física y Matemáticas, Psicólogo Social y Comunitario, Especialista es Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo. “El Escarabajo Sagrado” de   Martin Gardner
 
[2]Lord Bertrand Arthur Russell (1872-1970), escribió numerosas obras desde la teoría de la relatividad (ABC de la relatividad) y de los cuantos, hasta libros de psicología (La conquista de la felicidad), fue galardonado con el premio Nobel y la Orden del Merito.
[3]El caleidoscopio es un aparato óptico consistente en un tubo opaco dentro del cual varios espejos dan una imagen compuesta y coloreada al hacer girar el tubo. Ideado por Sir D. Brewster y patentado en 1817
    [4]Varilla de uraninita propia de yacimientos metalíferos.