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LA INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LA EDUCACIÓN

"TOCO EL FUTURO. ME DEDICO A ENSEÑAR".
Anónimo


El sistema educativo, una de las instituciones sociales por excelencia, se encuentra inmerso en un proceso de cambios enmarcados en el conjunto de transformaciones sociales propiciadas por la innovación tecnológica y, sobre todo, por el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación, por los grandes cambios que se producen en las relaciones sociales, y por una nueva concepción de las relaciones tecnología-sociedad que determinan las relaciones tecnología-educación. 

Cada época ha tenido sus propias instituciones educativas, adaptando los procesos educativos a las circunstancias. En la actualidad, esta adaptación supone cambios en los modelos educativos, cambios en los usuarios de la formación y cambios en los escenarios donde ocurre el aprendizaje.

Aunque el énfasis de los cambios educativos, lógicamente, está puesto en el impacto que la tecnología está produciendo en nuestras vidas, una corriente paralela y complementaria de la anterior rescata la importancia y la urgencia de la educación de las emociones y los sentimientos. 

La experiencia muestra que para facilitar el aprendizaje y la creatividad, es fundamental el desarrollo de la tanto de la vida intelectual como de la emocional, porque no es suficiente contar con las máquinas más modernas y las mejores instalaciones (aun teniendo cierta capacidad intelectual), si falta la motivación, el compromiso, y el espíritu de cooperación. 

Cuando la educación no incluye los sentimientos, no pasa de ser una simple instrucción. La ciencia actual refuerza aún más esta convicción de tantos alumnos, padres y maestros. 

En los laboratorios de psicología experimental se ha comprobado, desde hace tiempo, el efecto positivo de las emociones, incluso en aspectos de rendimiento académico, como en la consolidación de la memoria, por ejemplo. 
Cuando leemos dos textos con una trama compleja, recordamos mejor aquél que tiene un alto contenido emocional. De las invasiones inglesas narradas por nuestras maestras lo que mejor hemos retenido es el episodio del aceite hirviendo volcado sobre los atacantes desde las azoteas de las casas porteñas. 

Por algo, en francés, se dice aprender "par coeur", de corazón, cuando se memoriza algo. Las emociones y los sentimientos son esenciales en todo aprendizaje. Lo sabíamos desde siempre, pero ahora hemos comenzado a conocer mejor sus bases biológicas.

La Inteligencia Emocional parte de la convicción de que la escuela debería promover situaciones que posibilitaran el desarrollo de la sensibilidad y el carácter de los alumnos, sobre la base de que en el quehacer educativo se involucra tanto el ser físico como el mental, el afectivo y el social, en un todo. 

La Inteligencia Emocional es un concepto relativamente nuevo que introdujeron Peter Salovey y J. Mayer en 1990. Estos psicólogos de Harvard forman parte de la corriente crítica contra el concepto tradicional que considera la inteligencia sólo desde el punto de vista lógico o lingüístico. Salovey organiza la inteligencia en cinco competencias principales: 

1) conocimiento de las propias emociones (autoconocimiento)
2) capacidad de manejarlas (control emocional)
3) capacidad de automotivarse 
4) capacidad de reconocimiento de las emociones de los demás (empatía), y
5) habilidad en las relaciones (habilidades sociales y liderazgo). 

De todos modos, es el periodista y divulgador científico Daniel Goleman el responsable de popularizar este concepto en el best-seller 'La Inteligencia emocional' (1995). 

En el libro 'Predicciones', que reúne a 31 grandes pensadores de nuestro tiempo, en el que imaginan cómo será el siglo XXI, Daniel Goleman escribe:

'...Pronostico que las sociedades desarrolladas ampliarán las competencias de los colegios para que incorporen la educación emocional.
Nuestras habilidades emocionales y sociales siempre se han transmitido de forma vital: a través de los padres, familiares, vecinos y amigos... Pero hoy los niños de hoy pasan mucho tiempo solos. 

Es obvio que esta transmisión de habilidades básicas no se están produciendo tan bien como antes. Sin embargo, las escuelas proporcionan a la sociedad un vehículo que garantiza que cada generación aprende las artes vitales fundamentales: cómo controlar los impulsos y manejar la cólera, la ansiedad, la motivación, la empatía y la colaboración, y también cómo solucionar los desacuerdos de forma positiva. Ya hay escuelas cuyo programa de estudios va más allá de lo básico para incorporar lecciones sobre estas habilidades esenciales. 

Los resultados son bastante alentadores: los niños no sólo mejoran en su autocontrol y en el manejo de sus relaciones, sino que también tienen menos peleas e incidentes violentos, a la vez que aumentan su puntuación en las pruebas académicas. 

Dicho en pocas palabras, mi predicción es que habrá un día en el que todos los niños y niñas aprenderán en la escuela, junto con los tradicionales rudimentos académicos, estas artes pragmáticas necesarias para vivir mejor. 

En los programas escolares la empatía se valorará tanto como el álgebra'.

Es evidente que la enseñanza colectiva y simultánea, orientada exclusivamente al conocimiento, y que tradicionalmente ha venido aplicándose desde el siglo XIX ha resuelto con cierto éxito la necesidad humana de desarrollo intelectual, pero no ha encontrado muchas soluciones a los problemas personales que el desarrollo intelectual conlleva, y ésta es la carencia en la que se enfoca la Inteligencia Emocional, que a la vez puede aportar otros principios -desde el mundo de las emociones y los sentimientos -para mejorar el aprendizaje.

El aprendizaje no es un hecho separado de los sentimientos de los niños. Ser un analfabeto emocional es tan importante para el aprendizaje como la instrucción en matemática y lectura".

El movimiento de alfabetización emocional implica dos factores:

1) Educar el afecto y las emociones (elementos cruciales en la realización productiva o destructiva de nuestras vidas)

2) Utilizar el afecto y las emociones para mejorar los rendimientos académicos 

Esta nueva orientación destinada a llevar la alfabetización emocional a las escuelas, convierte las emociones y la vida social en temas en sí mismos, en lugar de tratar estas facetas apremiantes en la vida cotidiana del niño como estorbos sin importancia o bien, si terminan en estallidos, relegándolas a ocasionales visitas disciplinarias al consejero escolar, o a la oficina del director.

El manejo del dominio emocional es especialmente difícil, ya que las habilidades necesarias para lograrlo necesitan ser adquiridas en los momentos en los que habitualmente la gente está menos dispuesta a recibir esta información y a aprender nuevos hábitos de respuesta: cuando están disgustados.

Con el programa escolar atiborrado por la proliferación de nuevos temas y agendas, algunos maestros que, comprensiblemente, se sienten sobrecargados, se resisten a sustraer más tiempos a los contenidos básicos para dictar otro curso más. De manera que una estrategia alternativa para impartir educación emocional, no es crear una nueva clase, sino integrar las clases sobre sentimientos y relaciones personales a otros temas ya enseñados. Las lecciones sobre las emociones pueden surgir naturalmente en la clase de lectura y escritura, de salud, de ciencia, de estudios sociales, como de otros cursos corrientes. 

Dado que cada vez más niños no reciben en la vida familiar un apoyo seguro para transitar por la vida, las escuelas pasan a ser el único lugar hacia donde pueden volverse las comunidades en busca de correctivos para las deficiencias de los niños en la aptitud social y emocional. Esto no significa que la escuela, por sí sola, pueda suplantar a todas las instituciones sociales que con frecuencia están al borde del colapso, o ya han caído en él. Pero desde el momento en que prácticamente todos los niños concurren a la escuela (al menos, al principio), esta ofrece un ámbito donde se les puede brindar lecciones de vida que no podrían recibir en ninguna otra parte. La alfabetización emocional implica un aumento del mandato que se les da a las escuelas, teniendo en cuenta la pobre actuación de muchas familias en la socialización de los niños. Esta tarea desalentadora exige dos cambios importantes: que los maestros vayan más allá de su misión tradicional, y que los miembros de la comunidad se involucren más con la actividad escolar.

El hecho de que haya o no una clase específicamente dedicada a la alfabetización emocional puede importar mucho muchos que CÓMO son enseñadas estas lecciones. Tal vez no haya otra materia en la que importe más la calidad del maestro, ya que la forma en que éste lleva su clase es en sí misma un modelo, una lección de facto de aptitud emocional, o de su carencia. Cada vez que un maestro le responde a un alumno, hay otros veinte o treinta que aprenden una lección.

En principio, los maestros deben sentirse cómodos cuando hablan acerca de los sentimientos (incluso de SUS sentimientos); no todos los maestros se sienten así haciéndolo, o desean hacerlo. Es un proceso de concientización y de aprendizaje.

El niño de cinco años, cuando ingresa al amplio mundo social de la escuela, ingresa también al mundo de las comparaciones sociales. No son tan sólo los cambios externos los que provocan estas comparaciones, sino la aparición de una nueva capacidad cognitiva: ser capaces de compararse con los otros en cualidades particulares, como la popularidad, el atractivo o el talento para patinar. Esta es la edad en que, por ejemplo, el tener una hermana que siempre obtiene las mejores calificaciones puede llevar a la hermana menor a considerarse 'tonta', por comparación.

El Dr. David Hamburg, psiquiatra y presidente de la Carnegie Corporation, que ha evaluado algunos de los programas pioneros de educación emocional, comprueba que en los años de transición hacia los grados de la escuela primaria, y luego nuevamente hacia la mitad o finales de la secundaria, se producen dos momentos cruciales en la adaptación del niño. Desde los seis a los once años, dice Hamburg, 'la escuela es una experiencia fundamental y definitoria, que tendrá influencias marcadas sobre la adolescencia, y más allá de esta. La noción que el niño tenga de su propio valor depende esencialmente de la habilidad que demuestre para desempeñarse en la escuela. Un niño que fracasa en la escuela pone en funcionamiento las actitudes autodefensivas que pueden oscurecer los proyectos de toda una vida". Entre las cualidades esenciales para aprovechar las enseñanzas de la escuela, señala Hamburg, se encuentra la habilidad para 'postergar las gratificaciones, ser socialmente responsables en la forma adecuada, mantener el dominio de las propias emociones, y tener una actitud optimista', en otras palabras, tener inteligencia emocional.