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El Gozo de Conocer, Pierre Termier

EL GOZO DE CONOCER

Pierre Termier
 
 ¡El gozo de conocer! Muchos científicos lo han gustado; unos, varias veces de su vida; otros, incluso de forma duradera y persistente en el ocaso de su vida; entonces, este ocaso ha tenido la dulzura y el esplendor de un radiante atardecer de verano. Este gozo, el gozo de conocer los ha consolado maravillosamente de la miseria, de la mediocridad, de la incomprensión, de la contradicción, de la estulticia hostil. Muchas veces han aparecido como pobres, mezquinos, miserables, un tanto locos, despreciables; se les ridiculizaba y se les compadecía, pero su alma estaba iluminada y jubilosa. ¿Qué importa vivir en la penuria, ser incomprendido y oscuro, cuando se vive en la gloria, en el centelleo de la gran gloria que se eleva, aquí abajo, hasta el horizonte? Gozo de Galileo al percibir, bajo su pie, el movimiento de la Tierra; gozo de Kepler al escuchar, en el silencio de las noches espléndidas, el lejano rumor de los movimientos de las esferas cuyas leyes precisas formuló; gozo de Newton al ver al ver que, por todas partes a su a su alrededor, se afirma en el mundo la universalidad de la atracción, y que, de ese modo, toda la astronomía se convierte en un simple problema de mecánica; gozo de Laplace al exponer su célebre hipótesis sobre el origen del Sol y de los planetas; gozo de Lavoisier al crear la química; de Cuvier al reconstruir el primer mamífero fósil; gozo de Lamark y, posteriormente, de Darwin, al proclamar el principio de la variabilidad de la especie viviente y tratar de señalar las causas de esa variabilidad; gozo de Ampere y de Fresnel, al descubrir el primero las leyes de la electrodinámica y el segundo las leyes de la propagación de la luz en los diversos medios; gozo de Cauchy, de Hermite, de Maxwell, y, en un ámbito completamente distinto, de Claude Beranrd y de Pasteur. Más cerca de nosotros imagino que Henri Becquerel ha debido estremecerse de júbilo al ver que, de pronto, la ventana de su laboratorio se abría ante una inmensa "terra incognita", el conjunto de los fenómenos de la radiactividad; que Pierre Curie ha debido saborear una profunda embriaguez al aislar el radio y comprobar sus desconcertantes propiedades; que también Henri Poincaré ha debido gozarse muchas veces con un gozo sobrehumano al ver cómo se desplomaban, bajo su crítica implacable las opiniones caducas y los sistemas mal construidos, y al sentar las bases de esta mecánica nueva, que hoy se exalta hasta intentar explicar el universo, e incluso, quizá, hasta circunscribirlo.
 
Pero estos que acabo de citar son privilegiados. La mayor parte de los hombres de ciencia no perciben, durante su vida, más que resplandores fugitivos o pálidos reflejos de este gozo sobrehumano. La verdad que buscan se oculta ante ellos; la vislumbran entre brumas, pero no pueden apresarla; y ya es bastante si se les concede precisar, alguna que otra vez, ciertos detalles del conocimiento. Sin embargo, no les compadezcamos. Lo que les queda es el haber codiciado la gran alegría, el haber vivido en el entusiasmo, en la esperanza, en el ensueño, en un ensueño infinitamente desinteresado. Son unos eternos enamorados, y nunca hay que compadecer a los enamorados. Quiero creer que, más allá de la muerte, se colmarán sus anhelos, se realizarán sus sueños, se satisfarán sus deseos, y que estos amantes de la Verdad se saciarán para siempre, como se ha dicho que deben saciarse, por toda la eternidad, los que tienen hambre y sed de justicia.
 
Si, la ciencia es causa de gozo, una de las causas de gozo del hombre. Por eso habrá siempre científicos, mientras haya hombres capaces de pensar. Ciertamente, las Academias obran con razón al establecer premios, al prometer recompensas para estimular a los investigadores. Pero, ¿Qué recompensa no parecerá miserable si se si se parangona con esa otra la Verdad misma concede a quien la ha desvelado? Yo misma seré tu recompensa, y ésta será demasiado grande para tu pobre corazón, dice la Sabiduría Divina: Ego ero merces tua magna nimis". El gozo de conocer se muestra a veces tan abrumador, que se teme morir de él, igual que ocurre con la propia visión de Dios.
 
(La joie de Connaitre, pp. 16-18,25)