VICHADA... Sí Aprende
La Mejor Tierra del Mundo

EL YO -Paul Davies-

Fragmento del Libro: "Dios y la Nueva Física"

«Cada ser es una creación divina.»
SIR JOHN ECCLES


«Mi único pesar en la vida es no ser otra persona.»
WOODY ALEEN


¿Qué somos? Cada uno de nosotros tiene en su conciencia un profundo sentimiento de identidad personal. A medida que crecemos y nos desarrollamos, nuestros gustos y opiniones cambian, nuestra visión del mundo se modifica y aparecen nuevas emociones. Pese a todos estos cambios, nunca dudamos de que seamos la misma persona. Somos nosotros los que tenemos estas experiencias cambiantes. Las experiencias nos ocurren a nosotros. Pero, ¿qué es el "nosotros" que tiene estas experiencias? He aquí el ancestral misterio del yo.

Al pensar en otras personas las identificamos sobre todo con sus cuerpos y en menor grado con sus personalidades. Sin embargo, nos vemos a nosotros mismos de una manera muy distinta. Cuando alguien se refiere a su propio cuerpo lo hace en un sentido posesivo, como cuando dice "mi casa". En cuanto a la mente, no se la considera tanto una posesión como una poseedora. Mi mente no es un mueble: Es yo mismo.

Consideramos que la mente es, por tanto, un propietario de experiencias y sentimientos, el centro o foco de los pensamientos. Mis pensamientos y mis experiencias me pertenecen; los de los otros pertenecen a los demás. En palabras del filósofo escocés Thomas Reid:

Sea lo que sea el Yo, es algo que piensa y delibera, decide, actúa y sufre. No soy pensamiento, no soy acción, no soy sentimiento. Soy algo que piensa, actúa y sufre.

Los teólogos identifican de manera natural el Yo con la escurridiza sustancia mental a la que llamamos alma. Además, dado que el alma no está localizada en el espacio, no puede "romperse en pedazos" o diseminarse, de manera que la integridad del Yo está asegurada. Una de las propiedades fundamentales del "Yo" es que es discreto e indivisible. Yo soy un individuo y soy muy diferente de otro.

Sin embargo, el concepto de mente (o alma), tal como vimos en el capítulo anterior, presenta notorias dificultades y puede dar lugar a paradojas. La pregunta de "¿Qué soy yo?" no es fácil de contestar. Como señala Ryle: 

«El misterio empieza en el instante en que empezamos a preguntarnos por lo que nombran los pronombres.» Sin embargo, debemos responder a esta pregunta si queremos dar algún sentido a la idea de la inmortalidad. Si tengo que sobrevivir a la muerte, ¿qué es lo que debo esperar que sobreviva?

Según David Hume, el Yo no es más que una colección de experiencias:

Cuando me sumerjo en lo más íntimo de lo que llamo yo, siempre tropiezo con una u otra percepción particular, calor o frío, luz o sombra, amor u odio, placer o dolor. Nunca puedo atrapar mi yo si no es a través de una percepción y nunca puedo observar nada más que la percepción misma.

Si adoptamos esta filosofía, la respuesta a la pregunta "¿Qué soy yo?" es simplemente "Soy mis pensamientos y experiencias". Sin embargo, esta respuesta no es demasiado satisfactoria. ¿Pueden existir pensamientos sin un pensador? ¿Qué distingue mis pensamientos de los de los demás?
En definitiva, ¿qué quiere decir "mis" pensamientos? De hecho, el propio Hume escribiría más tarde sobre su primer juicio: «Después de una revisión rigurosa de la sección referente a la identidad personal, tengo que confesar que me encuentro perdido en un laberinto.»

Debemos admitir, sin embargo, que el concepto del yo es nebuloso y que, en gran medida, las experiencias configuran el yo, aunque no completamente. Algunos aspectos del yo parecen encontrarse en la frontera de la identidad personal. Por ejemplo, ¿dónde se localizan (figuradamente) las emociones? ¿Tenemos emociones (como se tiene un cuerpo) o son las emociones una parte integrante de nosotros? Se sabe muy bien que las emociones están fuertemente influidas por efectos físicos tales como la composición química de la sangre. Los desequilibrios hormonales pueden producir diversos desórdenes emocionales. Las drogas pueden provocar una variedad de estados mentales y disposiciones emocionales (como sabe cualquier consumidor de alcohol). La neurocirugía puede producir, de una manera mucho más drástica, grandes alteraciones de la personalidad. Todo esto nos hace reticentes a revestir el alma con demasiados atributos de la personalidad. Por otro lado, ¿qué queda si se eliminan todas las emociones? Los cristianos, por ejemplo, pueden admitir que se despoje al alma de todas las emociones negativas, pero les gustaría que el alma retuviera sensaciones de amor y reverencia. Las sensaciones moralmente neutras, como el aburrimiento, el vigor y el sentido del humor, son discutibles.

De mucha mayor importancia es la cuestión de la memoria y todo lo que se refiere a nuestra percepción del tiempo. Nuestra concepción de nosotros mismos está fuertemente enraizada en el recuerdo de nuestras experiencias pasadas. No está nada claro que en ausencia de la memoria nuestro yo tuviera algún significado. Se puede objetar que cuando una persona con amnesia se pregunta "¿Quién soy yo?" no duda en ningún momento que existe un "yo" al que el "quién" pertenece. Sin embargo, un amnésico no se encuentra totalmente privado de memoria. Por ejemplo, no tiene dificultad en servirse de los objetos cotidianos, como las copas y los platos, los autobuses y las camas. Además, su memoria a corto plazo no se ve afectada: si decide pasear por el jardín no se pregunta unos instantes después qué está haciendo allí.

Si una persona perdiera la capacidad de recordar sus experiencias de hace unos segundos, su sentido de la identidad se desintegraría completamente. Sería totalmente incapaz de actuar o comportarse de manera coherente. Sus movimientos corporales no estarían coordinados de acuerdo con ningún modelo consciente de acción. Sería totalmente incapaz de dar ningún significado a sus percepciones y de ordenar las experiencias normales del mundo a su alrededor. La misma noción de sí mismo como algo diferente al mundo percibido sería caótica. No notaría ningún modelo o regularidad en los acontecimientos y no podría mantener ningún concepto de continuidad, especialmente de continuidad personal.

Así, es en gran medida a través de la memoria como forjamos el sentido de identidad personal y nos reconocemos como el mismo individuo día tras día. A lo largo de la vida habitamos un cuerpo, pero el cuerpo puede sufrir cambios considerables. Los átomos que lo constituyen son sistemáticamente reemplazados como resultado de la actividad metabólica; el cuerpo crece, madura, envejece y finalmente muere. Nuestras personalidades también sufren grandes cambios. No obstante, a pesar de esta continua metamorfosis creemos que somos la misma persona. Si no nos acordáramos de las fases anteriores de nuestras vidas, ¿cómo podría tener el concepto de "la misma persona" ningún significado, excepto en el sentido de la continuidad corporal?

Supóngase que un hombre pretendiera ser una reencarnación de Napoleón. Si no se pareciese a Napoleón, el único criterio mediante el que podríamos juzgar la veracidad de su afirmación sería el de la memoria. ¿Cuál era el color favorito de Napoleón? ¿Cómo se sentía antes de la batalla de Waterloo? Esperaríamos que nos proporcionara alguna información (preferiblemente verificable) para poder tomarlo en serio. Sin embargo, supongamos que el sujeto declarase que había perdido completamente la memoria de su vida anterior, excepto que se acordaba de que era Napoleón. ¿Le haríamos algún caso? ¿Qué significado tendría para él decir que "era Napoleón"?

"Lo que quiero decir" (quizá nos contestaría) "es que aunque mi cuerpo y mi memoria y, sin duda, mi personalidad entera son en la actualidad las de John Smith, el alma de John Smith no es otra que la de Napoleón Bonaparte. Yo fui Napoleón, ahora soy John Smith, pero se trata del mismo yo. Sólo mis características han cambiado." ¿No es esto increíble? ¿De qué otra manera se puede identificar la mente de una persona si no es por su personalidad o por su memoria? Pretender que hay una especie de etiqueta transferible —el alma— que está desprovista de propiedades excepto en cuanto exhibe una cierta marca de identificación mística, es algo totalmente absurdo. ¿Qué se le puede decir a quien niega su existencia? ¿Por qué no inventar almas para cada cosa, para las plantas y las nubes, para las rocas y los aviones? Se podría decir: "Esto se parece a una locomotora diesel corriente, pero de hecho contiene la esencia, el alma, de la locomotora original de Stevenson. El diseño es diferente, los materiales son diferentes, las prestaciones no se parecen en absoluto a la máquina de Stevenson, pero es en realidad la misma locomotora con otra estructura, apariencia y diseño." ¿Qué sentido tiene hacer este tipo de afirmaciones tan vacías?

Consideremos un ejemplo un poco más plausible que la reencarnación. Supongamos que un buen amigo se somete a una operación de cirugía estética, después de la cual es físicamente irreconocible. ¿Cómo saber que se trata de la misma persona? Si nos explica hechos relacionados con otras épocas de su vida, si recuerda pequeños incidentes y conversaciones personales y si muestra, en general, un buen conocimiento de sus circunstancias anteriores, estaremos inclinados a aceptar que es la misma persona. "Sin duda se trata de él. Nadie más puede saber esto o lo otro." Sin embargo, si el cirujano hubiera extirpado la mayor parte de la memoria de nuestro amigo o la hubiera dañado, nuestro juicio acerca de su identidad sería mucho menos seguro. Si hubiera perdido completamente la memoria, no tendríamos base (excepto quizá por algún indicio corporal residual) para creer que se trataba de nuestro amigo. De hecho, no está claro que pueda considerarse a alguien sin memoria como una persona, ya que no poseería ninguna de las características coherentes, como la personalidad, que normalmente asociamos con un "individuo". Sus respuestas serían totalmente aleatorias o reflejas y su comportamiento no diferiría demasiado del de un autómata mal programado.

La dificultad con que se enfrenta el dualista que cree en la supervivencia del alma es evidente. Si el alma depende de la capacidad de memoria del cerebro, ¿cómo puede recordar nada después de la muerte del cuerpo? Y si no puede recordar nada, ¿qué derecho tenemos a atribuirle una identidad personal? ¿O debemos suponer que el alma tiene una especie de réplica no material del sistema de memoria que funciona paralelamente con el cerebro pero que puede arreglárselas por sí misma?

A veces se intenta salir de este callejón sin salida afirmando que el alma trasciende el tiempo. Del mismo modo que el alma no puede estar localizada en el espacio, tampoco lo está en el tiempo. Sin embargo, en el capítulo anterior ya vimos como esta maniobra creaba un gran número de dificultades.

Tal vez comprendamos mejor el yo si nos fijamos en un aspecto señalado por muchos filósofos: la conciencia humana no es sólo conciencia, sino autoconciencia (sabemos que sabemos). En 1690 John Locke observó que «es imposible que nadie perciba algo sin percibir que lo percibe.» El filósofo J. R. Lucas, de la Universidad de Oxford, expresó su punto de vista de la siguiente manera:

Cuando decimos que un ser consciente sabe algo, no decimos solamente que lo sabe sino que sabe que lo sabe y que sabe que sabe que lo sabe y así sucesivamente... Las paradojas de la conciencia aparecen a causa de que un ser consciente tiene conocimiento tanto de sí mismo como de las cosas que le rodean y sin embargo no puede interpretarse como algo divisible en partes.

En la misma línea, A. J. Ayer escribió: «Existe la tentación de pensar en uno mismo como un conjunto de cajas chinas, cada una de las cuales examina la que tiene en su inmediata interior.»

No hay duda de que la clave para desvelar el misterio de la mente es la autorreferencia. Ya hemos visto la importancia de la realimentación y la autoasociación en las estructuras disipativas de Prigogine, capaces de autoorganizarse, y parece natural que exista una progresión desde lo inanimado hasta la conciencia, una jerarquía de complejidad y autoorganización. Sin embargo, hay otra jerarquía subyacente a esta progresión, la jerarquía de planos conceptuales discutida en el capítulo anterior.

La vida es un concepto holístico, y el punto de vista reduccionista no revela más que átomos inanimados dentro de nosotros. La mente es también un concepto holístico, en el plano de descripción siguiente. No entenderemos mejor la mente en términos de células cerebrales (neuronas) que estas células en términos de sus constituyentes atómicos. Sería vano buscar inteligencia o conciencia en las células cerebrales (el concepto mismo de inteligencia carece de sentido en este plano). La propiedad de la autoconciencia es holística y no puede explicarse por medio de mecanismos electroquímicos cerebrales.

El estudio de la autorreferencia siempre se ha visto rodeado de un aire paradójico, no solamente en lo que respecta a la autoconciencia sino también en el arte y en la lógica y la matemática. El pensador griego Epiménides llamó la atención sobre los problemas de las oraciones autorreferentes. Normalmente suponemos que cada afirmación inteligible debe ser o verdadera o falsa. Sin embargo, consideremos la proposición de Epiménides (que llamaremos A) que se puede parafrasear como:

A: Esta oración es falsa. ¿Es A verdadera? ¿Es falsa? Si es verdadera, ella misma dice que es falsa; si es falsa, debe ser verdadera. Pero A no puede ser a la vez verdadera y falsa, de modo que la pregunta acerca de la verdad o falsedad de A no se puede responder.

Nos encontramos con un problema similar con la paradoja de Russell en el.  En ambos casos, se llega a un absurdo partiendo de afirmaciones o conceptos aparentemente inocuos cuando éstos se dirigen sobre sí mismos. Una forma equivalente de A es:

A: La siguiente afirmación es verdadera. Al

La afirmación precedente es falsa. A2

En esta forma, cada una de las oraciones Al y A2 está claramente expresada y libre de paradojas, pero cuando ambas se juntan en un bucle autorreférente parecen burlarse de la lógica.

En su notable libro, Hofstadter señala como estos conceptos "localmente" razonables que se vuelven sobre sí mismos de forma paradójica cuando se consideran "globalmente" han recibido una efectista representación artística en el trabajo del artista holandés M.C. Escher. Considérese por ejemplo su Cascada. Si seguimos el curso del agua a lo largo del bucle, todo es en cada punto perfectamente normal y natural hasta que, súbitamente, nos encontramos otra vez en el punto de partida. El recorrido entero, considerado como un todo, es manifiestamente una imposibilidad aunque no haya nada "incorrecto" en ninguna de sus partes: es el aspecto global u holístico que es paradójico. Hofstadter también encuentra un equivalente musical de estos "círculos viciosos" en las fugas de Bach.

Los matemáticos y filósofos preocupados por los fundamentos lógicos de las matemáticas han realizado profundas investigaciones sobre la autorreferencia. Quizá, el más conocido logro en esta línea de investigación es un resultado obtenido por el matemático alemán Kurt Gódel en 1931. Se trata del llamado teorema de Incompletitud, que constituye el tema central del libro de Hofstadter. El teorema de Gódel surge de un intento por parte de los matemáticos de sistematizar el proceso del razonamiento a fin de clarificar las bases lógicas que sustentan el edificio de las matemáticas. La paradoja de Russell, por ejemplo, surgió de los esfuerzos por organizar los conceptos de la manera más general y menos comprometida posible, identificándolos con "conjuntos". Los resultados fueron desastrosos.

Gódel dio con la idea de usar objetos matemáticos para representar oraciones en clave. En sí mismo, esto no es nada nuevo ni sensacional. La característica innovadora de Gódel fue usar las matemáticas para codificar afirmaciones sobre las matemáticas (otra vez encontramos el aspecto autorreferente). Obtuvo algo semejante a la paradoja de Epiménides, pero en forma de una afirmación sobre las matemáticas; de hecho, Gódel demostró en su teorema que hay siempre afirmaciones sobre los números enteros de las que nunca, ni siquiera en principio, se puede demostrar que sean verdaderas o falsas (como A anteriormente) sobre la base de un conjunto fijado de axiomas. Los axiomas son las cosas que se dan por verdaderas sin necesidad de ser demostradas (por ejemplo 1 = 1). Así, incluso un sistema matemático tan relativamente sencillo como la teoría de números posee propiedades que no pueden ser demostradas (o refutadas) sobre la base de un conjunto fijado de hipótesis, no importa cuan complicadas y complejas sean. 

La importancia del teorema de la Incompletitud de Gódel es que, mezclando el sujeto y el objeto, demuestra como ya en el nivel fundamental del análisis lógico la autorreferencia puede producir tanto paradojas como indecisiones. Esto parece indicar que nunca, ni siquiera en principio, podrá llegar a entenderse por completo nuestra mente. Según Hofstadter, el teorema de Incompletitud de Gódel tiene el sabor de un viejo cuento de hadas que nos advierte que buscar el autoconocimiento es embarcarnos en un viaje sin fin.

El teorema de Gódel ha sido usado también como argumento en favor de la naturaleza no mecánica de la mente. En un ensayo titulado «Mentes, máquinas y Gódel», Lucas asevera que la inteligencia humana nunca será alcanzada por los computadores: «Me parece que el teorema de Gódel demuestra que el mecanismo es falso, es decir, que las mentes no pueden ser explicadas como máquinas.» La esencia de su argumento es que nosotros, como seres humanos, podemos descubrir verdades matemáticas sobre los números que un computador programado para trabajar con un conjunto prefijado de axiomas, y por tanto sujeto al teorema de Gódel, no puede demostrar por sí solo:

Por muy complicada que sea la máquina que construyamos... siempre podemos confiar en el procedimiento de Gódel para hallar una fórmula indemostrable en su sistema. Una fórmula que la máquina no sea capaz de demostrar aunque una persona inteligente pueda ver que es verdadera. Por tanto, la máquina no será un modelo adecuado de la mente. No hay duda de que muchos se sentirán incómodos ante el intento de basar la superioridad de la mente en propiedades esotéricas, cuando normalmente se supone que son cualidades como el amor, la belleza, el humor y otras cosas semejantes, como los indicios de la existencia de una mente no mecánica o "alma". En cualquier caso, el argumento de Lucas ha sido atacado desde muy diversos frentes. Por ejemplo, Hofstadter señala que, en la práctica, la capacidad de la mente humana para descubrir verdades matemáticas complicadas es limitada, de manera que se podría programar un computador capaz de demostrar con éxito todas las cosas que una persona determinada pueda descubrir sobre los números. Además, es fácil convencerse de que nosotros somos tan vulnerables como los computadores ante la Incompletitud de Gódel a causa de las afirmaciones del tipo de Epiménides: es posible construir verdades lógicas que hablen de Smith y que nunca puedan llegar a ser demostradas por el propio Smith.

Como hemos visto, tanto la conciencia como la impresión de libre albedrío y el sentido de identidad personal contienen todos un elemento de autorreferencia y poseen aspectos paradójicos. Cuando una persona percibe algo, un objeto físico por ejemplo, el observador es, por definición, externo al objeto observado, aunque ligado al mismo a través de algún mecanismo sensorial. Pero durante la introspección, cuando el observador se observa a sí mismo, el objeto y el sujeto se confunden. Es como si el observador estuviera a la vez dentro y fuera de sí mismo.

Se pueden dar algunas representaciones intrigantes de esta curiosa topología mental. Considérese la famosa cinta de Móbius, por ejemplo. La cinta se construye doblando una sola vez una tira de papel u otro material y juntando luego sus extremos. En cada punto particular de la cinta parece haber dos caras: una interior y otra exterior. Pero si seguimos la cinta con el dedo veremos que no tiene más que una sola cara. Localmente parece haber una división en dos categorías (análogas al sujeto y al objeto), pero una mirada a la estructura global nos muestra que hay solamente una.


Otra sugestiva representación de la autorreferencia nos la ofrece Hofstadter en el lenguaje de sus círculos viciosos:


Creo que las explicaciones de los fenómenos "emergentes" de nuestros cerebros —las ideas, las esperanzas, las imágenes, las analogías y finalmen- 

La famosa cinta de Móbius se construye dando un solo giro a una tira de papel y juntando luego sus extremos. Si la examinamos detenidamente, veremos que la cinta tiene una sola cara y un solo borde.

te la conciencia y el libre albedrío— están basadas en una especie de círculo vicioso, una interacción entre niveles en la que el nivel superior actúa sobre el inferior al mismo tiempo que está determinado por él... el yo se manifiesta en el momento en que es capaz de reflejarse a sí mismo.

La característica esencial de todos estos intentos de obtener una mejor comprensión del yo es la convolución de los niveles jerárquicos. El hardware de las células cerebrales y la maquinaria electroquímica sostienen el software de los pensamientos, ideas y decisiones; pero éstos, a su vez, actúan sobre el plano neurológico y, de este modo, modifican y sustentan su propia existencia. El intento de separar el cerebro y la mente, el cuerpo y el alma, "planos entrelazados" en palabras de Hofstadter, es una empresa sin ningún sentido. Es precisamente esta confusión de planos lo que hace que cada cual sea uno mismo.

La moderna doctrina cristiana apoya de modo notable esta concepción integrada del cerebro y la mente al hacer hincapié en la resurrección del hombre total a través de Cristo y no en la idea tradicional de un alma inmortal que, arrancada de su soporte material, lleva una existencia independiente fuera del cuerpo.

Sin embargo, nada se ha dicho de si la mente está o no restringida a los seres humanos. No parece que haya datos científicos en favor de que el hombre posea alguna cualidad divina, ni existe ninguna razón para creer que un avanzado computador electrónico será siempre incapaz de sentir o ser consciente como nosotros. Esto no quiere decir, desde luego, que los computadores tengan alma, sino más bien que la compleja maraña de planos entrelazados que dan lugar a lo que entendemos como mente puede surgir en una variedad de sistemas.

Sin embargo, todavía queda un aspecto del yo que no parece encajar en una descripción determinista; se trata de la voluntad. Todos los seres humanos creen que son capaces de elegir, aunque de manera limitada, entre diversas posibilidades de acción. ¿Es posible que esta libertad aparente para iniciar acciones pueda llegar a ser programada en un computador?

Hofstadter sostiene que en principio es posible. Habla de nuestro sentimiento de libre albedrío como de un delicado equilibrio entre el autoconocimiento y la autoignorancia. Incorporando un grado apropiado de autorreferencia en un programa de computador, Hofstadter sostiene que también empezaría a comportarse como si tuviera voluntad propia. Intenta ligar la voluntad con la incompletitud de Gódel que surge inevitablemente en cualquier sistema capaz de controlar su propia actividad interna.

Supongamos que estuviéramos persuadidos, gracias a estos argumentos, de que los cerebros humanos son máquinas electroquímicas maravillosamente complejas y que otros tipos de mecanismos artificiales, como los computadores, pueden ser programados para experimentar emociones humanas y el libre albedrío. ¿Devalúa esto la mente humana? Afirmar que el cerebro es una máquina no niega la realidad de la mente y las emociones, que se refieren a un plano superior de descripción (la colonia de hormigas, el argumento de la novela, la fotografía del rompecabezas, la sinfonía de Beethoven). Decir que el cerebro es una máquina no implica necesariamente que la mente no sea más que el producto de procesos mecanicistas. Decir que la naturaleza determinista de la actividad cerebral convierte el libre albedrío en una ilusión es tan erróneo como decir que la vida es una ilusión debido a la naturaleza inanimada de los procesos atómicos.

Algunos escritores de ciencia ficción han especulado sobre la existencia de máquinas inteligentes, especialmente Isaac Asimov en sus historias de robots y Arthur C. Clarke en la novela 2001: Una odisea en el espacio. Otros autores, en un intento de clarificar el concepto del yo, han especulado sobre imaginarios trasplantes de mentes.

Considérese, por ejemplo, lo que sucedería si nuestro cerebro te dan lugar a lo que entendemos como mente puede surgir en una variedad de sistemas.

Sin embargo, todavía queda un aspecto del yo que no parece encajar en una descripción determinista; se trata de la voluntad. Todos los seres humanos creen que son capaces de elegir, aunque de manera limitada, entre diversas posibilidades de acción. ¿Es posible que esta libertad aparente para iniciar acciones pueda llegar a ser programada en un computador?

Hofstadter sostiene que en principio es posible. Habla de nuestro sentimiento de libre albedrío como de un delicado equilibrio entre el autoconocimiento y la autoignorancia. Incorporando un grado apropiado de autorreferencia en un programa de computador, Hofstadter sostiene que también empezaría a comportarse como si tuviera voluntad propia. Intenta ligar la voluntad con la incompletitud de Gódel que surge inevitablemente en cualquier sistema capaz de controlar su propia actividad interna. 

Supongamos que estuviéramos persuadidos, gracias a estos argumentos, de que los cerebros humanos son máquinas electroquímicas maravillosamente complejas y que otros tipos de mecanismos artificiales, como los computadores, pueden ser programados para experimentar emociones humanas y el libre albedrío. ¿Devalúa esto la mente humana? Afirmar que el cerebro es una máquina no niega la realidad de la mente y las emociones, que se refieren a un plano superior de descripción (la colonia de hormigas, el argumento de la novela, la fotografía del rompecabezas, la sinfonía de Beethoven). Decir que el cerebro es una máquina no implica necesariamente que la mente no sea más que el producto de procesos mecanicistas. Decir que la naturaleza determinista de la actividad cerebral convierte el libre albedrío en una ilusión es tan erróneo como decir que la vida es una ilusión debido a la naturaleza inanimada de los procesos atómicos.

Algunos escritores de ciencia ficción han especulado sobre la existencia de máquinas inteligentes, especialmente Isaac Asimov en sus historias de robots y Arthur C. Clarke en la novela 2001: Una odisea en el espacio. Otros autores, en un intento de clarificar el concepto del yo, han especulado sobre imaginarios trasplantes de mentes.

Considérese, por ejemplo, lo que sucedería si nuestro cerebro nos fuera extraído y trasladado a un "sistema de mantenimiento de cerebros", permaneciendo conectado a nuestro cuerpo a través de alguna especie de red de radiocomunicación. (Desde luego, tal procedimiento va mucho más allá de la tecnología previsible, aunque no existe ninguna razón lógica por la que no pueda llegar a conseguirse.) Nuestros ojos, oídos y otros sentidos permanecerían como siempre en funcionamiento y nuestro cuerpo podría operar sin ningún impedimento. De hecho, nada parecería diferente (¡quizá una sensación de ligereza en la cabeza!), excepto que podríamos mirar nuestro propio cerebro. La cuestión es: ¿dónde estaríamos? Si nuestro cuerpo emprendiera un viaje en tren, nuestras experiencias serían las del viaje, exactamente las mismas que si nuestro cerebro estuviera en su sitio. Ciertamente sentiríamos como si estuviéramos en el tren.

La confusión aumenta si imaginamos que nuestro cerebro es trasplantado a otro cuerpo. ¿Habrá que decir que nosotros tenemos un nuevo cuerpo o que él tiene un nuevo cerebro? ¿Somos la misma persona con un cuerpo distinto? Quizás. Pero supongamos que el cuerpo es del sexo opuesto o de algún animal. Gran parte de lo que configura nuestra personalidad y nuestras capacidades está vinculado a las condiciones físicas y químicas del cuerpo. ¿Qué ocurriría si se nos borrara completamente la memoria durante el trasplante? ¿Tiene algún sentido considerar al nuevo individuo como nosotros mismos?

Cuando se especula sobre la duplicidad del yo surgen problemas apasionantes. Supongamos que toda la información de nuestro cerebro se introduce en un computador gigante y que nuestro cuerpo y nuestro cerebro mueren. ¿Sobrevivimos en el computador?

La idea de introducir mentes en los computadores hace entrever la posibilidad de disponer de múltiples réplicas de uno mismo en distintos computadores. Desde luego, se ha escrito mucho sobre la "multiplicidad de personalidades" y el desdoblamiento de la personalidad en casos de pacientes a quienes se han interrumpido las conexiones entre los dos hemisferios cerebrales y que se han encontrado en estados mentales donde, por así decir, la mano izquierda literalmente no sabe lo que está haciendo la derecha. 

A pesar de que algunas de estas ideas parezcan espantosas, nos ofrecen la esperanza de comprender científicamente la inmortalidad, puesto que insisten en que el ingrediente esencial de la mente es la información. Es la estructura que hay en el cerebro y no el cerebro mismo lo que nos convierte en lo que somos. Del mismo modo que la Quinta Sinfonía de Beethoven no deja de existir cuando la orquesta ha acabado de interpretarla, la mente puede perdurar transmitiendo la información a otra parte. Hemos considerado que, en principio, la mente podría ser introducida en un computador; pero si la mente es básicamente información organizada, el medio de expresión de esta información puede ser cualquier cosa; no debe ser un cerebro particular y tampoco necesariamente un cerebro. Más que "fantasmas en las máquinas" somos "mensajes en un circuito", y el mensaje mismo trasciende el medio de su expresión.

MacKay expresa este punto de vista en términos informáticos:

Si un computador que estuviera procesando un programa determinado fuera alcanzado por un obús y fuera destruido por el impacto, podríamos ciertamente decir que aquello constituía el final de la realización del programa. Pero si quisiéramos volver a procesar el mismo programa, sería innecesario recuperar las piezas del computador original o reproducir el mecanismo original. Cualquier medio activo (incluso operaciones con lápiz y papel) que expresaran la misma estructura y secuencia de relaciones podrían en principio encarnar el mismo programa.

Esta conclusión deja abierta la cuestión de si el "programa" se vuelve a ejecutar en cualquier otro cuerpo en una fecha posterior (reencarnación) o en un sistema que no percibimos como parte del universo físico (¿el cielo?), o si simplemente se almacena en algún sentido (¿el limbo?). En lo que atañe a la percepción del tiempo, veremos que es solamente durante la ejecución del programa (como ocurre en la interpretación de una sinfonía) cuando se puede dar algún sentido al flujo del tiempo. La existencia de un programa, como el de una sinfonía, una vez creado es esencialmente atemporal.

En este capítulo se ha argumentado que la investigación en las ciencias cognoscitivas tiende a resaltar las semejanzas entre el hombre y la máquina en lo que se refiere a la mente, con las implicaciones que ello supone para la religión. Mientras por un lado estos estudios dejan poco espacio para la idea tradicional del alma, por otro lado dejan la puerta abierta a la supervivencia de la personalidad.

Las mentes, con toda su complejidad, no se estudian generalmente en el marco de la física, la cual, como hemos visto, se mueve mucho mejor en el nivel reduccionista de las simples cosas elementales. Sin embargo, hay un área importante de la física moderna donde la mente juega un papel fundamental. Se trata de la teoría cuántica, que nos introduce en un mundo fascinante que choca con los esquemas tradicionales de la religión.