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EL RENDIMIENTO ACADÉMICO Y LA AUTOESTIMA

El rendimiento académico no es simplemente una cuestión aptitud, de desarrollo cognitivo e intelectual, no es solamente el producto del estudio, sino que incluye una cuestión de actitud, es decir, la motivación, la autoconfianza, las expectativas, la buena relación profesor-alumno, e incluso los vínculos afectivos del alumno dentro y fuera del aula.

Los principales investigadores del proceso educativo reconocen cinco ámbitos en los que se desarrolla el aprendizaje: 

· el ámbito cognitivo o intelectual, 
· el ámbito de equilibrio personal o afectivo, 
· el ámbito de relación interpersonal, 
· el ámbito de actuación e inserción social, y 
· el ámbito motriz.

De los cinco ámbitos en los que se desarrolla el aprendizaje, conviene notar que tres de ellos (equilibrio personal, relación interpersonal e inserción social) son socioafectivos, lo cual demuestra el peso que tienen los componentes emocionales, actitudinales y afectivos en el rendimiento académico.

CUIDADO CON LOS CARTELES
Los profesores, con la enseñanza, evaluación y valoración de los resultados de los alumnos, son también responsables del nivel de autoestima académica de sus alumnos. Si además, en algunos casos, realizan interpretaciones negativas de las intenciones y capacidades de los alumnos, pueden llegar a obligar a que éstos se desprecien también a sí mismos.

La profesión de educador y formador es una de las más importantes, pero, muchas veces, corre el peligro de provocar efectos contrarios a los deseados. 

Cuando el profesor posee un bajo concepto del alumno, éste lo intuye, y se sitúa en clara desventaja frente a la opinión del profesor, experto y dotado de reconocimiento oficial. Con el tiempo, el alumno acaba aceptando la opinión negativa del profesor y se comporta como un mal alumno. El problema se agrava si consideramos que, por una parte, el profesor no puede cambiar si no ve resultados positivos en el alumno, y por otra, que éste no va a mejorar si el profesor no le señala sus limitaciones y no le ayuda. 

Esta enfermedad educativa se expande: los profesores que tienen un bajo concepto de sus alumnos, acaban despreciándoles, se distancian de ellos, pueden intentar cambiar de curso o nivel, pero con el tiempo, se sienten insatisfechos como educadores y profesores y, finalmente, sus juicios de valor peyorativos sobre los alumnos revierten en autovaloraciones negativas como docentes.

Los maestros muchas veces catalogan a sus alumnos, los clasifican y, sin reflexionar sobre el valor que tiene su palabra, les ponen la ETIQUETA de 'buen alumno' o 'mal alumno'.
Tal como lo señala Carina Kaplan en su obra "Buenos y malos alumnos: descripciones que predicen":
"...al mismo tiempo que el maestro conoce a sus alumnos, los clasifica o categoriza: A es "inteligente", B es "inquieto", C es "desprolijo", D es "conversador", E es "aplicado", etc..." 
Esta clasificación trae aparejada una valoración y un resultado esperado, y esto es lo que constituye el peligro de las 'etiquetas'. 

Los 'buenos alumnos' tampoco se la llevan de arriba. Hay muchos que no son jóvenes felices a pesar de sus logros. Es que se les impone una exigencia extrema, que puede coartar emocionalmente al alumno hasta no permitirle desarrollar su creatividad, impedirle compartir, querer ganar siempre.

Son 'chicos perfectos', a los que no se les permite una mala nota, ni una materia baja. El riesgo aparece (no sólo en referencia al stress) sino ante la eventualidad de que al llegar a la universidad fracasen en un examen o, en su primer trabajo, un jefe les dé una indicación en forma poco amable. Generalmente se les viene abajo el mundo, se deprimen y terminan sin alcanzar éxito en su profesión.

Los adultos debemos pensar el valor que tienen para los niños y los jóvenes cada palabra que pronunciamos, a veces sin medir.

Cuando son descalificatorias o resaltan las fallas, suelen ayudar a provocar los fracasos que generalmente auguran: '¿ves que no servís para nada?'

Cuando resaltan la confianza en lo que el joven es capaz de lograr sin desconocer ni negar los límites de lo posible, suelen estimular el despliegue de todas sus potencialidades. 'Seguí adelante que lo vas a lograr'.

Cuando contienen la exigencia de cumplir con expectativas desmedidas de los adultos, desconociendo las posibilidades del joven, contribuyen a resentir aspectos emocionales o a disparar una enfermedad somática, aun cuando se logre un buen rendimiento intelectual. Esto habitualmente se genera con el mandato: 'Tienes que ser el mejor' (en la casa, de parte de los padres), o 'Siempre fuiste el mejor alumno, ¿por qué no sigues siéndolo?' (en el aula, de parte del profesor).