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AFECTIVIDAD Y COGNICIÓN


Los educadores definen generalmente la condición como el acto de procesar la información percibida y desarrollar órdenes superiores de abstracción y conceptualización. Sterlin M. McMurrin comisionado de Educación de los EE.UU., define las funciones cognoscitiva y afectiva de la enseñanza de este modo:

'La función cognoscitiva de la enseñanza está orientada a la consecución y comunicación del conocimiento, tanto de las nociones objetivas de las ciencias como de las relaciones formales de la lógica y la matemática; es decir, el conocimiento como datos específicos y como estructura generalizada. Es una disciplina en las formas de conocer, que incluye la percepción y los procesos inductivo, deductivo e intuitivo, junto con las técnicas de análisis y generalización. Abarca tanto la captación inmediata de los objetos por medio de los sentidos como los procesos de abstracción mediante los cuales el intelecto elabora sus ideas y forja sus ideales.

La función afectiva de la enseñanza se relaciona con la vida práctica: con las emociones, las pasiones, los estados anímicos, los motivos, la sensibilidad moral y estética, la capacidad de experimentar sentimientos, inquietudes, interés o desinterés, simpatía, empatía y apreciación.

Pero, ¿cómo incluye en la motivación y el aprendizaje la relación entre las funciones cognoscitiva y afectiva? El afecto no es sólo un sentimiento o emoción intensa; es también una expresión de las fuerzas básicas que dirigen y gobiernan la conducta. En el dominio afectivo 'habrán de hallarse los controles más influyentes'. Ese dominio 'contiene las fuerzas que determinan la naturaleza de la vida de un individuo y, en esencia, de la de todo un pueblo'. Muchas de estas fuerzas, entre ellas la necesidad interior de poseer un concepto positivo de sí mismo, de ejercer cierto grado de control sobre los acontecimientos, de vincularse con los demás, etc., han recibido mayor atención a causa del interés que suscitan actualmente los derechos y el status de los grupos minoritarios. Ellas son los impulsos intrínsecos que motivan la conducta.

El sistema educacional no fomenta suficientemente la armonía entre afecto y cognición: por lo general le da mayor importancia a ésta en desmedro de aquél.

Las razones son tanto operacionales como de política escolar. Tiene menos exigencias enseñar sobre la base de objetivos cognoscitivos que afectivos, y también para el alumno primario son mucho más fáciles los logros en el campo del conocimiento. Hay una razón más importante, sin embargo: la opinión generalizada de que las creencias, actitudes, sentimientos y preocupaciones del estudiante son privados y no deben ser abordados en la escuela. Como ha señalado Krathwohl:

'Nuestra propia sociedad ha estado fluctuando en cuanto a los objetivos vinculados con la afectividad que podría permitir que la escuela desarrollara. Las fuerzas políticas y sociales están constantemente en acción, presionando a las autoridades escolares para que adopten algunos de esos objetivos, al tiempo que imponen con igual insistencia diversas restricciones respecto de otros. En la mayoría de los casos el juego de estas fuerzas ha vuelto a maestros y directores sumamente cautelosos en la expresión de estos objetivos, y con abrumadora frecuencia ha obligado al personal de las escuelas a retraerse al dominio cognoscitivo, que siempre resulta algo menos peligroso'. 

Por estas razones, la escuela restringe severamente los intentos de relacionar cognición y afecto al empleo de elementos tales como juegos, ambiente del aula, concursos de destreza, interacción entre maestro y alumno y cierto tipo de motivaciones, como medios de alentar al educando a aceptar el temario prescripto. Por ejemplo, un alumno pequeño que parece ser emocionalmente incapaz de leer no es obligado a seguir un programa de lectura estructurado, sino que es incorporado a un 'concurso de destreza en lectura', que capitaliza sus intereses como una forma de facilitar su aprendizaje del contenido. De igual modo, el maestro puede utilizar el temor que sienten los niños hacia el médico como base para desarrollar una unidad didáctica sobre 'Nuestros amigos en la comunidad: el médico, el dentista, la enfermera'. La música popular o el lenguaje coloquial más difundido pueden ser empleados para iniciar una unidad didáctica sobre poesía. En estos ejemplos, el temor o el lenguaje coloquial no son considerados contenidos dignos de atención por sí mismos. Se los utiliza simplemente como 'cebo' para hacer aceptable el contenido cognoscitivo institucionalizado: la materia de estudio. Todos los caminos de la enseñanza parecen conducir a la cognición como producto final. Pero, como se ha señalado, es muy escaso el aporte del mero conocimientos a los objetivos mucho más amplios de la educación, relacionados con la conducta.

La excesiva importancia que se concede a la cognición y el hecho de que se la aísle de la afectividad plantean a nuestra sociedad la amenaza de que las instituciones educacionales formen individuos fríos, indiferentes, desligados de todo aquello que tenga finalidad humanitaria. Es muy cierto que una sociedad moderna no puede desenvolverse sin categorías de conocimiento cognoscitivo en constante evolución. Sin embargo, éste no conduce PER SE a una conducta aceptable. El conocimiento puede generar sentimientos, pero son los sentimientos los que generan la acción. Por ejemplo, podemos estar perfectamente enterados de las injusticias que se cometen con las minorías en nuestra sociedad, pero muy poco haremos por impedirlo hasta que no nos domine un fuerte sentimiento ante esta realidad. Es por lo tanto indispensable un vínculo con el mundo afectivo o emocional del alumno. A MENOS QUE EL CONOCIMIENTO ESTÉ RELACIONADO CON UN ESTADO AFECTIVO DEL ALUMNO, LA PROBABILIDAD DE QUE LLEGUE A INFLUIR EN SU CONDUCTA ES MUY LIMITADA.