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¿QUÉ ES LA VIDA? HOLISMO CONTRA REDUCCIONISMO


Por: Paul Davies, "Dios y la Nueva Física"




«Y Dios creó al hombre a imagen suya.»

GÉNESIS 1:27
 
«Somos máquinas diseñadas para sobrevivir, robots ciegamente programados para conservar las moléculas egoístas que llamamos genes.»
Richard Dawkins (El gen egoísta)

De acuerdo con el teólogo, la vida es el milagro supremo, y la vida humana constituye la culminación del plan cósmico divino. Para el científico, la vida es el fenómeno más sorprendente de la naturaleza. Hace cien años, el tema del origen y la evolución de los seres vivos se convirtió en el campo de batalla de una de las más grandes controversias entre ciencia y religión. La teoría de la evolución de Darwin hizo temblar los cimientos de la doctrina cristiana y —como sucedió cuando Copérnico puso al Sol en el centro del Sistema Solar— se hicieron manifiestas en todos los ámbitos de la sociedad las profundas consecuencias del análisis científico. La ciencia abrió de pronto una nueva perspectiva para el hombre y su relación con el Universo.

Este es, básicamente, un libro sobre física y no voy a extenderme demasiado en los detalles de la evolución darwiniana, sus repercusiones para la Iglesia y la curiosa resurrección del sentimiento antidarwiniano en el reciente movimiento "creacionista". Todos estos temas están profusamente documentados en otras partes. En este capítulo nos plantearemos interrogantes sobre el significado de la vida desde el punto de vista del físico.
 
La Biblia afirma bastante explícitamente que la vida es un resultado directo de la actividad de Dios; no apareció de manera natural como resultado de procesos físicos ordinarios puestos en marcha después de la creación del Cielo y la Tierra. Dios decidió crear, por medio de su divino poder, primero las plantas y los animales y después Adán y Eva. Desde luego, la inmensa mayoría de cristianos y judíos están de acuerdo en la actualidad en conceder un carácter alegórico al libro del Génesis y no intentan defender la versión bíblica del origen de la vida como un hecho histórico. A pesar de ello, la naturaleza divina de la vida humana sigue siendo el dogma central de la doctrina religiosa contemporánea.

¿Tiene la vida un origen divino? ¿Violó Dios las leyes de la física y de la química manipulando las moléculas de materia inerte con el fin de producir de forma milagrosa el primer ser vivo? ¿Manipuló posteriormente la estructura genética de algún simio hace miles o millones de años para crear al hombre? ¿O es la vida, por el contrario, un resultado de actividades químicas y físicas naturales (aunque complejas) y el hombre es el producto final de un largo y evolucionado desarrollo? ¿Puede crearse la vida artificialmente en el laboratorio, o debe contener un ingrediente adicional, una chispa divina, antes de que sea viable?

¿Qué es la vida? Para el físico, las dos características distintivas de la vida son complejidad y organización. Incluso un simple organismo unicelular muestra una complejidad que no admite comparación con ningún producto del ingenio humano. Considérese, por ejemplo, una humilde bacteria. Una inspección minuciosa nos revela una compleja red de funciones y formas. La bacteria puede inte-ractuar con su entorno de diversas formas: se puede propulsar a sí misma, puede atacar a sus enemigos, es capaz de reaccionar frente a los estímulos externos acercándose o alejándose de los mismos y puede intercambiar materia de una forma controlada. Su funcionamiento interno se asemeja en organización al de una gran ciudad. La mayor parte del control reside en el núcleo de la célula, dentro del cual se encuentra el "código" genético, el "negativo" químico que permite a la bacteria duplicarse a sí misma. Las estructuras químicas que controlan y dirigen toda esta actividad pueden comprender moléculas compuestas de más de un millón de átomos dispuestos de una manera complicada aunque altamente específica. La base química de la vida la constituyen las moléculas de ácido nucleico, ARN y ADN, con sus famosas estructuras de "doble hélice".

Es importante darse cuenta de que un organismo biológico está compuesto de átomos perfectamente ordinarios. Parte de su función metabólica consiste en adquirir nuevas sustancias de su entorno y expulsar las sustancias degeneradas o no deseadas. Un átomo de carbono, de hidrógeno, de oxígeno o de fósforo en una célula viva no es diferente de un átomo similar fuera de la misma, y hay una corriente ininterrumpida de átomos entrando y saliendo de cada organismo vivo. Claramente, pues, la vida no se puede reducir a una propiedad de las partes constituyentes de un organismo. La vida no es un fenómeno acumulativo como, por ejemplo, el peso. Aunque nadie duda de que un gato o un geranio son seres vivos, no encontraremos el menor signo de vida en ningún átomo individual del gato o del geranio.

Esto parece paradójico. ¿Cómo puede haber vida en una colección de átomos inanimados? Hay quien piensa que es imposible construir vida a partir de algo carente de ella, de modo que, en su opinión, debe existir algún ingrediente adicional no material en el interior de todos los seres vivos, una fuerza, vital o una esencia espiritual debida, en última instancia, a Dios. Ésta es la vieja teoría del vitalismo.

Un argumento empleado con frecuencia en apoyo del vitalismo tiene que ver con el comportamiento. Una característica de los seres vivos es que parecen comportarse de acuerdo con un propósito, como si estuvieran encaminados hacia un fin específico. Esta cualidad "ideológica" se muestra de forma más evidente en las formas de vida superiores, aunque incluso una bacteria puede dar la impresión de estar esforzándose para llevar a cabo ciertas tareas rudimentarias como la captura de alimento.

Hacia 1770, Luigi Galvani descubrió que un músculo de rana se contraía espasmódicamente cuando lo tocaba con un par de varillas metálicas y llegó a la conclusión de que esta "electricidad animal" no era otra cosa que la manifestación del espíritu oculto de la vida. De hecho, la creencia de que la electricidad está de algún modo relacionada con las fuerzas vitales se encarna en la historia de Frankenstein, una criatura creada artificialmente a la que se le comunica vida por medio de la chisporroteante descarga de un ingenio eléctrico.
En tiempos más recientes, algunos investigadores de lo que se conoce como paranormal mantienen haber detectado directamente las misteriosas fuerzas de la vida por medio de una más que improbable combinación de poder psíquico y tecnología avanzada. Han esgrimido como prueba confusas fotografías en las que aparecen misteriosas manchas y rayos filamentosos que emanan de los dedos de un persona.

Por desgracia, es difícil dar algún apoyo científico a estas vagas conjeturas. Aparentemente, la única forma en que se manifiesta la hipotética fuerza vital es a través de la vida; los seres vivos poseen la fuerza vital, los que no lo están no la poseen. Esto reduce la fuerza vital a una simple palabra y no a una explicación de la vida, porque ¿qué quiere decir que una persona, o un pez, o un árbol, posean fuerza vital? Únicamente que están vivos. En cuanto a la manifestación de la fuerza vital por medio de oscuros y misteriosos experimentos, se puede decir que estas experiencias son notorias por su no repetibilidad; además, están expuestas de una manera tan evidente al fraude que son muy pocos los científicos profesionales que las tienen en cuenta.

El error que se comete cuando se invoca una fuerza vital es pasar por alto el hecho de que un sistema compuesto puede poseer cualidades que no poseen en absoluto sus componentes individuales. Considérese, por ejemplo, una fotografía de periódico de una cara compuesta de multitud de pequeños puntos. Por mucho que se aumente con una lupa el tamaño de cada punto, ninguno de ellos revelará individualmente ninguna cualidad de la cara. Solamente mirando la colección de puntos como un todo reconocemos la imagen. La cara no es una propiedad de los puntos en sí mismos sino de toda la colección. La propiedad debe buscarse en la distribución y no en los constituyentes. Del mismo modo, no hay que buscar el secreto de la vida en los átomos individuales, sino en la forma en que éstos se agrupan, en la información codificada dentro de las estructuras moleculares. Una vez se acepta la existencia de fenómenos colectivos, la necesidad de encontrar una fuerza vital desaparece. Los átomos no necesitan ser "animados" para producir vida, basta con que se combinen y estructuren de una manera apropiada.

La distinción que establecemos se conoce a menudo como la oposición entre "holismo" y "reduccionismo". El motor principal del pensamiento científico del mundo occidental en los tres últimos siglos ha sido el reduccionismo. La misma palabra "análisis" ilustra adecuadamente el hábito científico de descomponer un problema para resolverlo. Sin embargo, existen algunos problemas (como los
rompecabezas) que sólo pueden ser resueltos juntando sus distintas piezas (son de naturaleza "holística" o sintética). El dibujo del rompecabezas, al igual que la cara granulada de la fotografía de periódico, sólo puede ser percibido en un plano estructural superior al de las piezas individuales (el todo es mayor que la suma de las partes).

El reduccionismo científico tiene su origen en la física del siglo XIX y en el desarrollo de la teoría atómica de la materia. Más recientemente, los biólogos han seguido este camino consiguiendo éxitos muy notables en desvelar la base molecular de la vida. Estos éxitos han alentado un punto de vista reduccionista en otras áreas de investigación.

Los males del reduccionismo desenfrenado han atraído aceradas críticas sobre sí. El escritor Arthur Koestler escribe: «Al negar un lugar al sentido y al propósito en la interacción de fuerzas ciegas, la actitud reduccionista ha arrojado su sombra más allá de los confines de la ciencia, afectando nuestra atmósfera cultural e incluso política.» Muchos críticos lamentan que estos intentos de explicar los organismos vivos como meros montones de átomos sin sentido, producto inútil de accidentes aleatorios, devalúan seriamente nuestra propia existencia.

El neurobiólogo británico Donald Mackay, un conocido defensor de la doctrina cristiana, se opone a esta actitud tan en boga entre los biólogos contemporáneos. En La imagen mecánica menciona, para ilustrar su argumento, el funcionamiento de uno de estos familiares anuncios luminosos que consisten en cientos de bombillas eléctricas que se encienden y se apagan de acuerdo con una determinada secuencia para deletrear un mensaje. Un ingeniero eléctrico podría dar una descripción meticulosa y completa de este sistema en términos de la teoría de circuitos eléctricos, explicando por qué y cómo se apaga cada una de las bombillas. Sin embargo, la idea de que el anuncio luminoso no es más que una serie de corrientes eléctricas en un circuito complejo es absurda. De hecho, la descripción del anuncio en términos eléctricos no es ni falsa ni incompleta en su propio nivel de descripción, pero no menciona en ningún momento el mensaje. El concepto del mensaje está fuera de los términos de referencia del trabajo del ingeniero. Solamente se manifiesta cuando se considera el funcionamiento del anuncio como un todo. Podemos decir que el mensaje se encuentra en un plano estructural más elevado que el de los circuitos y las bombillas: es una propiedad holística.

En el caso de los organismos vivos, nadie negaría que un organismo es una colección de átomos. El error consiste en suponer que no es nada más que una colección de átomos. Tal punto de vista es tan ridículo como afirmar que una sinfonía de Beethoven no es nada más que una colección de notas o que una novela de Dickens es simplemente una colección de palabras. La vida, el tema de una melodía o el argumento de una novela son lo que llamamos cualidades "emergentes". Sólo emergen en el plano colectivo de una estructura y no tienen sentido en el plano de los constituyentes de la misma. La descripción de los constituyentes no contradice la descripción holística, sino que los dos puntos de vista son complementarios; cada uno es válido en su propio plano (cuando examinemos la teoría cuántica volveremos a encontrar la idea de dos descripciones diferentes y complementarias de un único sistema).

La importancia de la distinción de planos es muy familiar en el mundo de la informática. Un computador electrónico moderno consiste en una intrincada red de circuitos electrónicos a través de los cuales se transmite una compleja serie de pulsos eléctricos. Nos encontramos en el plano del hardware. Por otro lado, la misma actividad electrónica puede representar la solución de un sistema de ecuaciones matemáticas o el análisis de la trayectoria de un proyectil. Esta última descripción, que se encuentra en un plano superior que el hardware, utiliza conceptos tales como programas, operaciones, símbolos, entrada y salida de datos, etc., que no tienen ningún significado en el plano del hardware. Por ejemplo, un conmutador de un circuito no se cierra porque tenga que calcular una raíz cuadrada. Se cierra porque la diferencia de potencial es la adecuada y las leyes de la física le obligan a ello. El plano superior de descripción del funcionamiento de un computador, es decir, el programa, se denomina software. Tanto el hardware como el software describen lo que sucede en el interior del computador, cada uno a su manera y en planos conceptuales totalmente diferentes.

Quizá quien mejor ha descrito la tensión entre el reduccionismo y el holismo haya sido Douglas Hofstadter en su monumental obra Gódel, Escher, Bach. En su deslumbrante "fuga de las hormigas" expone lúcidamente las confusiones que se presentan cuando se confunden los planos de descripción, examinando el destino de una colonia de hormigas. Las hormigas poseen una elaborada estructura social altamente organizada, basada en la división del trabajo y la responsabilidad colectiva. Aunque cada hormiga individual posee 
un repertorio muy limitado de recursos en cuanto al comportamiento, quizá inferior al de alguno de los modernos microprocesadores, la colonia como un todo muestra un grado notable de propósito e inteligencia. La construcción de la casa colonial requiere vastos y sofisticados proyectos de ingeniería. Evidentemente, ninguna hormiga individual dispone de una concepción mental del diseño global. Cada hormiga es un simple autómata programado para ejecutar un conjunto sencillo de operaciones. (Hablamos en el plano del hardware.) Si consideramos la colonia como un todo descubrimos un esquema complicado. A este plano holístico (análogo al software en informática) se hacen aparentes cualidades emergentes, como son el comportamiento deliberado y la organización. Surge un esquema colectivo. Hofstadter mantiene que estos dos planos de descripción no son antagónicos, que la pregunta sobre si debe entenderse el mundo vía el holismo o vía el reduccionismo no es válida. Todo depende de lo que se quiera saber. Hofstadter señala que esta perspectiva ha sido apreciada desde siempre en Oriente, hallando su más refinada expresión en la críptica filosofía oriental del Zen.

Aunque estamos acostumbrados a pensar en las hormigas individuales como organismos primarios, la colonia como un todo se comporta, en cierto sentido, también como un organismo. Nuestros propios cuerpos son también colonias compuestas de miles de millones de células que cooperan en una organización colectiva. Su asociación es quizá más estrecha que la existente entre las hormigas, pero siguen básicamente los mismos principios de división del trabajo y responsabilidad colectiva. Sin embargo, el aspecto crucial que queremos señalar es que, del mismo modo que la colonia de hormigas tiene cualidades holísticas, también las tiene la colonia de células. Decir que una colonia de hormigas no es más que una colección de hormigas es pasar por alto la realidad del comportamiento de la colonia. Es tan absurdo como decir que los programas de computador no son más que un conjunto de impulsos eléctricos. De modo análogo, decir que un ser humano no es más que un conjunto de células, las cuales a su vez no son más que pedazos de ADN, que a su vez no son más que ristras de átomos, y concluir finalmente que, por esta razón, la vida carece de sentido, es decididamente absurdo. La vida es un fenómeno holístico.

Una apreciación de la naturaleza holística de la vida permite abandonar tranquilamente la vieja idea de la fuerza vital, puesto que ésta también está basada en una confusión de planos. 

En el caso de los organismos vivos, nadie negaría que un organismo es una colección de átomos. El error consiste en suponer que no es nada más que una colección de átomos. Tal punto de vista es tan ridículo como afirmar que una sinfonía de Beethoven no es nada más que una colección de notas o que una novela de Dickens es simplemente una colección de palabras. La vida, el tema de una melodía o el argumento de una novela son lo que llamamos cualidades "emergentes". Sólo emergen en el plano colectivo de una estructura y no tienen sentido en el plano de los constituyentes de la misma. La descripción de los constituyentes no contradice la descripción holística, sino que los dos puntos de vista son complementarios; cada uno es válido en su propio plano (cuando examinemos la teoría cuántica volveremos a encontrar la idea de dos descripciones diferentes y complementarias de un único sistema).

La importancia de la distinción de planos es muy familiar en el mundo de la informática. Un computador electrónico moderno consiste en una intrincada red de circuitos electrónicos a través de los cuales se transmite una compleja serie de pulsos eléctricos. Nos encontramos en el plano del hardware. Por otro lado, la misma actividad electrónica puede representar la solución de un sistema de ecuaciones matemáticas o el análisis de la trayectoria de un proyectil. Esta última descripción, que se encuentra en un plano superior que el hardware, utiliza conceptos tales como programas, operaciones, símbolos, entrada y salida de datos, etc., que no tienen ningún significado en el plano del hardware. Por ejemplo, un conmutador de un circuito no se cierra porque tenga que calcular una raíz cuadrada. Se cierra porque la diferencia de potencial es la adecuada y las leyes de la física le obligan a ello. El plano superior de descripción del funcionamiento de un computador, es decir, el programa, se denomina software. Tanto el hardware como el software describen lo que sucede en el interior del computador, cada uno a su manera y en planos conceptuales totalmente diferentes.

Quizá quien mejor ha descrito la tensión entre el reduccionismo y el holismo haya sido Douglas Hofstadter en su monumental obra Gódel, Escher, Bach. En su deslumbrante "fuga de las hormigas" expone lúcidamente las confusiones que se presentan cuando se confunden los planos de descripción, examinando el destino de una colonia de hormigas. Las hormigas poseen una elaborada estructura social altamente organizada, basada en la división del trabajo y la responsabilidad colectiva. Aunque cada hormiga individual posee 
un repertorio muy limitado de recursos en cuanto al comportamiento, quizá inferior al de alguno de los modernos microprocesadores, la colonia como un todo muestra un grado notable de propósito e inteligencia. La construcción de la casa colonial requiere vastos y sofisticados proyectos de ingeniería. Evidentemente, ninguna hormiga individual dispone de una concepción mental del diseño global. Cada hormiga es un simple autómata programado para ejecutar un conjunto sencillo de operaciones. (Hablamos en el plano del hardware.) Si consideramos la colonia como un todo descubrimos un esquema complicado. A este plano holístico (análogo al software en informática) se hacen aparentes cualidades emergentes, como son el comportamiento deliberado y la organización. Surge un esquema colectivo. Hofstadter mantiene que estos dos planos de descripción no son antagónicos, que la pregunta sobre si debe entenderse el mundo vía el holismo o vía el reduccionismo no es válida. Todo depende de lo que se quiera saber. Hofstadter señala que esta perspectiva ha sido apreciada desde siempre en Oriente, hallando su más refinada expresión en la críptica filosofía oriental del Zen.

Aunque estamos acostumbrados a pensar en las hormigas individuales como organismos primarios, la colonia como un todo se comporta, en cierto sentido, también como un organismo. Nuestros propios cuerpos son también colonias compuestas de miles de millones de células que cooperan en una organización colectiva. Su asociación es quizá más estrecha que la existente entre las hormigas, pero siguen básicamente los mismos principios de división del trabajo y responsabilidad colectiva. Sin embargo, el aspecto crucial que queremos señalar es que, del mismo modo que la colonia de hormigas tiene cualidades holísticas, también las tiene la colonia de células. Decir que una colonia de hormigas no es más que una colección de hormigas es pasar por alto la realidad del comportamiento de la colonia. Es tan absurdo como decir que los programas de computador no son más que un conjunto de impulsos eléctricos. De modo análogo, decir que un ser humano no es más que un conjunto de células, las cuales a su vez no son más que pedazos de ADN, que a su vez no son más que ristras de átomos, y concluir finalmente que, por esta razón, la vida carece de sentido, es decididamente absurdo. La vida es un fenómeno holístico.

Una apreciación de la naturaleza holística de la vida permite abandonar tranquilamente la vieja idea de la fuerza vital, puesto que ésta también está basada en una confusión de planos. La idea 
de que se debe conferir alguna cualidad mágica a la materia para "comunicarle vida" es tan poco afortunada como suponer que deba comunicarse algún tipo de "poder computacional" a los circuitos electrónicos o que se deba dotar a las hormigas de un "espíritu colonial" antes de que estos sistemas puedan funcionar colectivamente. Si fuera posible construir artificialmente una bacteria completa disponiendo los átomos del modo apropiado, no existe ninguna duda de que estaría tan viva como cualquier bacteria "natural".

Hace ya mucho tiempo que los físicos han abandonado el enfoque puramente reduccionista para estudiar el mundo. Esto es particularmente cierto en la teoría cuántica, donde una comprensión ho-lística del acto de medir es fundamental para interpretar correctamente la teoría. Sin embargo, la filosofía holística ha empezado a ejercer un impacto más general en las ciencias físicas en los últimos años. Esta evolución también se ha seguido en algunos círculos de la medicina, donde se habla del "paciente entero", y también entre psicólogos y sociólogos. La ciencia holística se está transformando rápidamente en algo parecido a un culto, en parte quizá debido a que sigue la línea de las filosofías orientales y el misticismo. Esta nueva tendencia ha sido bien retratada en la obra de Fritjov Capra El Tao de la física o en la de Zukav The Dancing Wu Li Masters, donde se establecen paralelismos entre la física moderna y conceptos orientales tradicionales tales como la "unicidad" del espíritu y el destino universal.

Una vez se acepta que la perspectiva holística elimina la necesidad de una fuerza vital, surge inmediatamente la cuestión de si la ciencia, y la física en particular, puede llegar a proporcionarnos una descripción de los fenómenos holísticos, incluyendo la vida. Un intento de desarrollar una física holística de gran alcance lo ha llevado a cabo David Bohm en su obra Wholeness and Implícate Orden. Al considerar los sistemas biológicos, Bohm señala: «La vida pertenece de algún modo a una totalidad.» Va todavía más lejos y afirma que la vida se encuentra, por así decir, "empaquetada" en el sistema total, incluyendo sus partes incuestionablemente inanimadas como el aire que respiramos, cuyas moléculas pueden llegar un día a formar parte de nuestros cuerpos.

De hecho, la física empezó a enfrentarse a fenómenos holísticos hace ya más de un siglo con los trabajos de James Clerk Maxwell y Ludwig Boltzmann, que desarrollaron la rama de la termodinámica conocida como mecánica estadística, en la que se deducen propiedades termodinámicas a partir de las propiedades estadísticas de vastas colecciones de moléculas. La termodinámica juega un papel de importancia capital en los procesos vitales y su aplicación a la biología da un tinte paradójico a los procesos biológicos.

He aquí la paradoja: El orden es la esencia misma de los seres vivos. Como hemos visto, según la segunda ley de la termodinámica el desorden debe siempre aumentar. Pero la evolución de la vida es un ejemplo clásico de incremento del orden. A lo largo de la historia de la Tierra los seres vivos han ido adquiriendo formas más elaboradas y complejas, incrementando así la cantidad de orden. ¿Cómo puede compaginarse esto con la segunda ley? ¿Se trata de la acción de un agente divino que impone orden (de una manera milagrosa) en el proceso de desarrollo de los organismos vivos?

Una inspección más minuciosa nos revela que no existe necesariamente ninguna contradicción entre la biología y la segunda ley. Esta última hace siempre referencia al sistema total. Es posible acumular orden en un lugar al precio de introducir desorden (aumentar la entropía) en otro lugar. Una característica esencial de los seres vivos es que están "abiertos" a su entorno: no están encerrados ni son autosuficientes en modo alguno. Solamente pueden sobrevivir intercambiando energía y materia con su entorno. Cuando se hace el balance de la entropía, se observa que el incremento de orden en un organismo se traduce en un incremento de la entropía del ambiente. En todos los casos existe un aumento neto de entropía. De hecho, también hay muchos ejemplos de acumulación de orden en objetos inanimados. La formación de un cristal a partir de un líquido sin rasgos distintivos representa un incremento local del orden. No obstante, un examen detallado nos muestra que en el proceso se libera calor, lo cual aumenta la entropía del material circundante.

Se dice a veces que los seres vivos necesitan energía, pero esto no es del todo correcto. La física dice que la energía se conserva (no puede ser creada ni destruida). Cuando una persona metaboliza el alimento, se libera una cierta cantidad de energía en su cuerpo, la cual se disipa posteriormente en su entorno en forma de calor o trabajo realizado. El contenido energético total de un cuerpo humano permanece más o menos invariable. Lo que ocurre es que hay un flujo de energía a través del cuerpo que viene regulado por el orden, o entropía negativa, de la energía consumida. El ingrediente crucial para que haya vida es, por tanto, la entropía negativa. El gran físico Erwin Schródinger, en su libro ¿Qué es la vida?, lo expresaba en estos términos:

Un organismo tiene la maravillosa propiedad de concentrar en sí mismo una "corriente de orden" y escapar así del descenso hacia el caos atómico, "bebiendo orden" de un medio adecuado.

Decir que la vida no contradice las leyes de la física no es, desde luego, lo mismo que decir que las leyes de la física expliquen la vida. Pocos físicos defenderían la idea de que a partir de un completo conocimiento de las leyes que rigen los procesos atómicos y moleculares fuera posible deducir la existencia de la vida. Pero esto no quiere decir necesariamente que tengamos que apelar a la existencia de una "fuerza vital":

Un ingeniero que sólo conociera las máquinas de vapor, después de inspeccionar la construcción de un motor eléctrico debería admitir que funciona según principios que él no se encuentra en condiciones de entender... La diferencia en la construcción es suficiente para que se dé cuenta de que el funcionamiento es totalmente diferente. Por el hecho de que un motor eléctrico se haga funcionar accionando un conmutador sin caldera ni vapor, no sospechará que está impulsado por un fantasma.

De manera semejante, los organismos vivos pueden funcionar gracias a leyes físicas y principios que aún no se comprenden bien, aunque sí se conozca la física de sus componentes individuales (los átomos y las moléculas). Para volverlo a repetir, el comportamiento colectivo puede no ser comprensible en términos de las partes constituyentes. Dando por supuesto que la materia viva y la materia inerte obedecen a las mismas leyes de la física, el misterio estriba, entonces, en descubrir por qué un solo conjunto de leyes puede dar lugar a comportamientos tan fundamentalmente distintos. Es como si la materia pudiera tomar dos caminos, uno el de la vida, evolucionando hacia estados progresivamente más ordenados, y el otro el de la materia inanimada, volviéndose cada vez más desorganizada y siguiendo escrupulosamente la segunda ley de la termodinámica. Sin embargo, en ambos casos, los constituyentes básicos (los átomos) son idénticos.

En los últimos años se han hecho algunos progresos relativos a los principios que controlan la aparición de orden colectivo. El "milagro" de la vida puede parecer menos misterioso gracias al estudio 
de sistemas inanimados capaces de autoorganizarse de modo espontáneo. Consideremos, por ejemplo, una capa horizontal de líquido calentada desde abajo. Cuando se alcanza una cierta temperatura crítica, el líquido se organiza de modo regular en forma de células convectivas donde un gran número de moléculas se mueven coherentemente siguiendo un modelo de flujo reconocible.

El estudio de los fluidos está repleto de ejemplos de que se establece el orden cuando se fuerza al sistema a alejarse del equilibrio termodinámico. Uno de estos casos está relacionado con la aparición de remolinos en el flujo de un fluido. En la Tierra esto da lugar a los tornados y otras perturbaciones atmosféricas. En Júpiter, a la aparición de las hermosas y elaboradas estrías superficiales características de este astro.

Ciertas reacciones químicas proporcionan ilustraciones muy notables de la aparición espontánea de orden. En la llamada reacción de Belousov-Zhabotinski, una mezcla química en un tubo de ensayo forma curiosas estrías en bandas horizontales, mientras que si se llena un plato plano con la mezcla aparecen unas maravillosas formas espirales. El comportamiento químico organizado se observa frecuentemente, bajo ciertas condiciones, en sustancias orgánicas no vivas, en muchos casos gracias a complicadas cadenas de reacciones altamente complejas que presentan procesos de "realimentación" y "catálisis".

Un estudio sistemático de los sistemas autoorganizados fue llevado a cabo por el premio Nobel de química Ilya Prigogine y su numeroso grupo de investigación en la Universidad de Bruselas. Mención aparte merece el trabajo pionero de Manfred Eigen. Prigogine aspira no solamente a descubrir los mecanismos de la autoorganiza
ción, sino a proporcionar un tratamiento matemático riguroso para su descripción. En muchos casos, las ecuaciones que describen los modelos de comportamiento sencillos en sistemas biológicos avanzados son las mismas que aquellas que se aplican a reacciones químicas inorgánicas. Prigogine cree que es posible que los principios que encierran el secreto de la vida se manifiesten en estos ejemplos sencillos de movimiento de fluidos o mezclas químicas. La característica común en todos estos ejemplos es que los sistemas que están en juego se alejan mucho del equilibrio termodinámico, después de lo cual se vuelven inestables y se organizan a sí mismos espontáneamente a gran escala. Para describir esta organización, Prigogine emplea el término de "estructuras disipativas": «La aparición de estructuras disipativas requiere generalmente que el tamaño del sistema exceda de un cierto valor crítico... e implica un orden a gran escala gracias al cual el sistema se comporta como un todo.»

Nadie duda que el trabajo de Prigogine ha hecho avanzar en gran medida nuestra comprensión de las estructuras físicas que se encuentran lejos del equilibrio y nos ha ayudado a reconocer estructuras en sistemas inanimados que son reminiscentes de los organismos vivos. Sería temerario, sin embargo, tomar al pie de la letra sus resultados. Comportamiento común no quiere decir explicación común. Por ejemplo, la estructura de la molécula de benceno en forma de anillo recuerda el círculo que a veces forman los niños cuando juegan, pero esta comparación difícilmente se podría usar para explicar el comportamiento humano. Sin embargo, lo que sí demuestra el estudio de los sistemas autoorganizados es que el orden complejo de los sistemas biológicos puede atribuirse plausiblemente a procesos físicos altamente alejados del equilibrio, hasta ahora solamente percibidos de manera un tanto oscura, pero sin la necesidad de una fuerza vital o una chispa divina.

Muchas personas religiosas están dispuestas a admitir que, una vez hizo su aparición la vida en la Tierra, su subsiguiente propagación y desarrollo se puede explicar mediante las leyes de la física y de la química combinadas con la teoría de la evolución de Dar-win. La reproducción, por ejemplo, donde las espirales de ADN se duplican a sí mismas químicamente, parece un claro proceso meca-nicista, por bien que puede ser muy complejo. Pero, ¿qué se puede decir del origen de la vida?

El origen de la vida sigue siendo uno de los grandes misterios para la ciencia. El enigma principal es decidir a partir de qué umbral 
de complejidad estructural se puede hablar de vida. Sólo cuando las moléculas orgánicas adquieren un cierto nivel muy elevado de complejidad se puede decir que están "vivas", en el sentido de que almacenan en forma codificada una enorme cantidad de información. Además, no solamente exhiben la capacidad de almacenar el "negativo" necesario para repetirse a sí mismas, sino que también cuentan con los medios para implementar estas copias. El problema está en comprender cómo los procesos físicos y químicos ordinarios pueden cruzar este umbral sin la ayuda de ningún agente sobrenatural.

La Tierra
tiene una edad aproximada de cuatro mil quinientos millones de años. Se han encontrado trazas de vida evolucionada en fósiles datados en más de tres mil quinientos millones de años y, presumiblemente, existió alguna forma de vida primitiva antes de esta época. Por tanto, a escala geológica, la vida se estableció en nuestro recién enfriado planeta con bastante rapidez. Esto sugiere que, sean cuales sean los mecanismos responsables de la generación de vida, fueron realmente eficientes. Esta observación ha llevado a algunos científicos a la conclusión de que la vida es un resultado casi inevitable una vez se dan las condiciones físicas y químicas adecuadas.

El escenario ideal para el origen de la vida es la "sopa primigenia". La tierra primitiva, con su abundante provisión de agua enriquecida con compuestos orgánicos formados en las reacciones químicas atmosféricas, debía poseer innumerables lagunas, estanques y lagos donde tuvo lugar una amplia gama de procesos químicos. En el transcurso de millones de años se formaron moléculas de mayor y mayor complejidad, hasta que, tras cruzar el umbral, la vida surgió de la alta organización aleatoria de complejas moléculas orgánicas.

Esta descripción encontró apoyo en el célebre experimento de Miller-Urey de 1953. Stanley Miller y Harold Urey, de la Universidad de Chicago, intentaron simular las condiciones que se creía habían prevalecido en la tierra primitiva, es decir, crearon una atmósfera de metano, amoníaco e hidrógeno en una piscina de agua sometida a una tormenta (imitada por medio de una descarga eléctrica). Después de unos cuantos días, los experimentadores observaron que la piscina (de agua) se había vuelto de color rojo y contenía muchos de los compuestos químicos que hoy se sabe que son importantes para la vida, como los aminoácidos.

Aunque estos resultados puedan parecer alentadores, no existe ninguna razón para suponer que tal sopa generó espontáneamente la vida, incluso al cabo de millones de años, con sólo explorar cada posible combinación de reacciones químicas. La probabilidad de un ensamblaje espontáneo de ADN (la compleja molécula que transporta el código genético) como resultado de concatenaciones aleatorias de las moléculas de la sopa es inimaginablemente pequeña. Existen tantas combinaciones posibles de moléculas que la probabilidad de que apareciera por azar la molécula adecuada es virtualmente cero.

Sin embargo, el trabajo de Prigogine demuestra que muchos sistemas se organizan espontáneamente a sí mismos si son forzados a separarse del equilibrio termodinámico. Así, quizás la sopa primitiva fue encaminada a producir una sucesión de complejas reacciones autoorganizadas gracias a alguna influencia externa que trastornó el equilibrio termodinámico. Esta influencia pudo haber sido el Sol, cuyo poderoso flujo de radiación produce el desequilibrio (entropía negativa) que rige los procesos en la biosfera de la Tierra. O pudo haber sido alguna otra cosa; nadie lo sabe. El producto final de esta sucesión pudo haber sido el ADN.

En resumen, no es difícil concebir una sopa prebiótica que contuviera todos los ingredientes biológicos necesarios y que, con la ayuda de perturbaciones exteriores, se autoorganizara en engranados bucles de "realimentación" a través de los cuales se concentró el orden y aumentaron fantásticamente las posibilidades favorables de atravesar el umbral de la vida. Sin embargo, no conocemos en absoluto los pasos que median entre el experimento de Miller-Urey y las verdaderas moléculas. El origen de la vida sigue siendo un misterio y es motivo de controversia entre los científicos. El mismo Francis Crick, cuya revelación de la estructura molecular del ADN a principios de los cincuenta se ha descrito como el descubrimiento del siglo, se muestra cauteloso:

No podemos decidir si el origen de la vida fue un suceso realmente muy raro o si tenía que suceder con seguridad... Parece casi imposible dar algún valor numérico a la probabilidad de lo que parece una improbable sucesión de sucesos.

Sin embargo, una falta de conocimiento no implica necesariamente un milagro, y futuros descubrimientos podrían esclarecer un gran número de detalles pendientes.

Pero aunque las investigaciones posteriores sugirieran que el origen natural de la vida sólo podría deberse a un accidente fantástico, aquellos que creen en un Universo infinito con un número infinito de planetas no tienen por qué creer en las estadísticas. En efecto, en un Universo infinito cualquier cosa posible debe suceder en alguna parte por puro azar. Evidentemente, nosotros nos encontraríamos justamente donde este suceso fantástico acaeció.

Del estudio de la vida, de su origen y de su función, ¿podemos extraer algún indicio de la existencia de Dios? Hemos visto que para los científicos modernos la vida es un mecanismo y no pueden encontrar ningún indicio real de una fuerza vital o una cualidad no material. El origen de la vida nos es desconocido, aunque el estudio de los sistemas autoorganizados nos ofrece una versión mecanicista de la biogénesis. Después de todo, la notable capacidad de la vida para concentrar la entropía negativa no viola la segunda ley de la termodinámica, y dado que sólo se pueden vislumbrar las leyes físicas que controlan y dirigen las funciones biológicas, no existe ningún indicio de que los sistemas vivos contradigan las leyes físicas y químicas conocidas.

Por supuesto, nada de esto excluye a un Dios creador, pero nos hace ver que la acción divina puede no ser más necesaria para la biología que, por ejemplo, para producir los anillos de Saturno o las características peculiares de la superficie de Júpiter. Podemos hallar indicios de Dios en cualquier parte o en ninguna parte. Parece como si la vida no fuera excepcionalmente distinta de otras estructuras organizadas complejas, excepto quizá en el grado de organización. Nuestra ignorancia del origen de la vida deja el campo abierto a las explicaciones divinas, pero ésta no es más que una actitud negativa, puesto que invoca un Dios que sólo sirve hasta que los avances científicos le hagan batirse en retirada. Es mejor pensar que la vida no es un milagro aislado dentro de un universo mecánico, sino una parte integral del milagro cósmico.

La creencia general entre los científicos de que la vida es un estado natural aunque improbable de la materia ha alentado la especulación de la existencia de vida extraterrestre en otras partes del Universo. Éste es, desde luego, un tema controvertido y no vamos a intentar discutirlo aquí. Hasta la fecha no existe ningún dato fehaciente de biología extraterrestre, aunque algunos afirmen que uno de los experimentos de la sonda Viking enviada a Marte sugiere una posible reacción bioquímica. Sin embargo, solamente en nuestra galaxia hay probablemente miles de millones de planetas, y algunos científicos están convencidos de que el Universo está rebosante de vida. De hecho, tanto Hoyle como Crick han especulado que la vida en la Tierra procede del espacio.

La posibilidad de vida extraterrestre se enfrenta con la perspectiva de la existencia de criaturas con una inteligencia considerablemente superior a la humana. Dado que la edad de la Tierra es menor que la mitad de la del Universo, puede haber planetas donde existan criaturas inteligentes desde hace miles de millones de años. Su intelecto y tecnología podrían ser inimaginablemente superiores a los nuestros. Con sus capacidades tan avanzadas podrían ejercer control sobre extensas regiones del Universo, aunque no percibamos ningún indicio de tal actividad.

La existencia de inteligencias extraterrestres tendría un impacto profundo sobre la religión, en cuanto destruiría por completo la perspectiva tradicional de un Dios que tiene una especial relación con el hombre. Las dificultades son particularmente agudas para la cristiandad, que postula que Jesucristo es Dios encarnado con la misión de salvar al hombre en la Tierra. La idea de una legión de Cristos que visitan sistemáticamente cada planeta habitado y que toman la forma física de las criaturas locales tiene un aspecto un tanto absurdo. Sin embargo, ¿de qué otro modo podrían salvarse los extraterrestres?

En esta era espacial en la que aparentemente tanta gente acepta la realidad de los OVNI, las principales religiones del mundo han prestado muy poca atención a la dimensión extraterrestre. De acuerdo con Ernán McMullin, uno de los pocos teólogos que ha dirigido su atención sobre este tema, «la religión que no sea capaz de encontrar un lugar para seres extraterrestres en su concepción de las relaciones entre Dios y el Universo encontrará dificultades crecientes en los tiempos venideros.» Sería interesante saber lo que diría un teólogo extraterrestre sobre el tema.

En nuestra búsqueda de Dios, la existencia de la vida, tanto si puede explicarse de manera natural como si requiere una intervención milagrosa, nos proporciona un fuerte indicio de algún tipo de propósito en el Universo. Sin embargo, la vida como tal no es más que un estado en la jerarquía de la complejidad. La importancia de la vida reside en que es un hito en el camino hacia la mente y un vehículo para la misma. De esto vamos a ocuparnos a continuación.