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¿De qué sirve la Ciencia?

 ¿DE QUE SIRVE LA CIENCIA?[1]

 Por: Isaac Asimov[2]
 


 
A través de los siglos, los científicos han tenido que enfrentarse a la pregunta de los legos en la materia: ¿cuál es el uso práctico de sus teorías y descubrimientos? Es aquí donde el profesor Asimov acude a la fascinante historia de la ciencia para respaldar la enorme, aunque no siempre inmediata utilidad de la "ciencia pura". Su artículo a sido condensado de The Greatest Adveture Basic Research That Shapes Our Lives (La más grande aventura: investigación básica que regula nuestras vidas), compilado por Eugene H. Kone y Helene J. Jordan.
 
Isaac Asimov es profesor de bioquímica en la facultad de medicina de la universidad de Boston y escritor fecundo tanto de temas científicos propiamente dichos como de ciencia-ficción. A publicado más de cien volúmenes, incluyendo LAS FUENTES DE VIDA (México, editorial Limusa-Wiley S.A.); EL REINO DE LOS NUMEROS (México, editorial Diana).
 
El destino del científico es enfrentarse a la constante demanda de que demuestre sus conocimientos tienen algún "uso práctico". Sin embargo, la existencia de tal "uso práctico" puede no tener ningún interés para él; puede sentir que su propia recompensa es el deleite de aprender de entender, de investigar el universo. En ese caso, incluso hasta puede permitirse así mismo el privilegio de menospreciar a quien pida más.
 
Hay una historia famosa de un estudiante que (hacia el año 370 a. de C.) preguntó al filósofo griego Platón de que servían los abstractos y elaborados teoremas que le estaban enseñando. Inmediatamente Platón ordenó a un esclavo que le diera una monedita para que no pensara el estudiante que había adquirido conocimientos por nada, después lo echó de la escuela.
 
El estudiante no debió haber preguntado, ni Platón debió haberlo despreciado. ¿Dudaríamos hoy en día de la utilidad de las matemáticas?. Los teoremas matemáticos que parecen intolerablemente sutiles y remotos de todo lo que puede interesar a un hombre sensible, resultan ser absolutamente necesarios en sectores tan altamente esenciales de nuestra vida moderna como lo son, por ejemplo, la red telefónica que une al mundo.
 
La historia de Platón, famosa desde hace 2000 años, no a facilitado los hechos a la mayoría de la gente. A menos que la aplicación de un nuevo descubrimiento sea clara y presente, la mayoría dudamos de su valor. La historia del científico inglés Michael Faraday ilustra este punto.
 
En su época. Faraday era un conferenciante de enorme popularidad, así como un físico y químico de primera categoría. En una de sus conferencias en la década de 1840 ilustró el comportamiento peculiar de un imán conectado a una espiral de alambre que estaba conectada, a su vez a un galvanómetro que registraría la presencia de una corriente eléctrica para empezar, en el alambre no había corriente, pero cuando el imán se introducía en el centro hueco de la espiral, la aguja del galvanómetro se movía hacia una dirección en la escala, mostrando el paso de la corriente. Cuando se retiraba el imán de la espiral, la aguja se movía en dirección opuesta, mostrando que la corriente fluía en la otra dirección. Cuando el imán quedaba inmóvil en cualquier posición, dentro del espiral, no pasaba corriente, y por tanto la aguja no se movía.
 
Al final de la conferencia, uno de los oyentes se acercó a Faraday y le dijo: "señor Faraday, el comportamiento del imán y del alambre en espiral fue interesante, pero, ¿qué posible uso puede tener?" Faraday, cortésmente respondió: "señor, ¿de qué sirve un niño recién nacido?
 
Precisamente este fenómeno, cuya utilidad puso dogmáticamente en tela de juicio ese oyente, fue el que Faraday empleó para construir el generador eléctrico con el cual se pudo por primera vez producir electricidad barata y en cantidad. Esto, a su vez, hizo posible desarrollar la tecnología electrificada que hoy nos rodea, y sin la cual, en el sentido moderno, la vida sería inconcebible. La demostración de Faraday era un bebe recién nacido que creció hasta convertirse en un gigante.
 
Edison y la Ciencia "Pura"
 
Ni el más perspicaz de los hombres puede siempre juzgar lo que es útil y lo que no lo es. Nunca hubo un hombre ingeniosamente práctico en juzgar lo útil como Thomas Alva Edison, con seguridad el mayor inventor de todos los tiempos, y podemos tomarlo como ejemplo.
 
En 1868 patentó su primer invento. se trataba de un artefacto para registrar los votos mecánicamente, que los miembros del Congreso ponían a funcionar apretando un botón con lo cual todos votos se registraban y sumaban instantáneamente. No había duda de que el invento funcionaba bien: sólo faltaba venderlo. Sin embargo, un congresista a quien Edison consultó, le dijo entre divertido y horrorizado, que no había oportunidad de que se aceptara el aparato a pesar de que podía funcionar infaliblemente y que una votación lenta era a veces una necesidad política. Algunos miembros del Congreso podían cambiar de opinión durante el curso de una votación lenta, mientras que en un momento de emoción, una elección rápida podía comprometer al Congreso a algo que no le conviniera.
 
Desilusionado. Edison aprendió la lección. Después de eso, decidió no inventar nada más, sólo porque el aparato funcionara, amenos que estuviese seguro que iba a ser útil.
 
Perseveró en la idea, y antes de su muerte había obtenido cerca de 1300 patentes: 300 de ellas en cuatro años, es decir, un promedio de una cada cinco días. Siempre se guiaba por su noción de lo que era útil y práctico. El 21 de octubre de 1879 sacó a la luz la primera bombilla eléctrica práctica, probablemente el más asombroso de todos sus inventos. (Para darnos cuenta de lo mucho que apreciamos la luz eléctrica y lo natural que nos parece, sólo necesitamos estar sentados un momento junto a una vela encendida durante un apagón)
En los años siguientes, Edison se esforzó en mejorar la luz eléctrica y, especialmente, en encontrar la forma de prolongar la duración del filamento luminoso. Como solía hacer, intentó todo lo que se le ocurrió. Uno de sus tanteos consistió en sellar un alambre metálico dentro de una bombilla eléctrica al vacío y cerca del filamento, pero sin tocarlo. Ambos separados por un pequeño espacio vacío.
Luego conectó la corriente eléctrica para ver si el alambre metálico prolongaba de alguna forma la duración del filamento. No fue así y abandonó el invento. Sin embargo no pudo dejar de observar que la corriente eléctrica pasaba del filamento al alambre a través del vacío.
 
Edison no pudo explicarse este fenómeno a pesar de su vasto y práctico conocimiento de la electricidad; todo lo que pudo hacer fue observarlo y apuntarlo en un cuaderno de notas, y en 1884 lo patentó. El fenómeno llamado "efecto de Edison", fue el único descubrimiento del inventor en el campo de la ciencia pura. Sin embargo, como no le vio utilidad práctica no siguió adelante con él y lo abandonó, al mismo tiempo que continuaba tras lo que él consideraba útil y práctico.
 
El "Inútil" Camino Hacia la Electrónica Moderna
 
Sin embargo, desde 1880 hasta finales de siglo, los científicos que buscaban conocimientos "inútiles" por mero placer, descubrieron la existencia de partículas subatómicas (más tarde llamadas "electrones"), y que la corriente eléctrica iba acompañada de un flujo de ellas. El efecto Edison era el resultado de la capacidad de los electrones para atravesar sin impedimento un vacío, en ciertas condiciones.
 
En 1904, John Ambrose Fleming, ingeniero electricista inglés (quien la década de 1880 había trabajado en el despacho de Edison, en Londres, en el desarrollo de la industria de la luz eléctrica), empleó el efecto Edison y la nueva teoría del electrón. Inventó una bombilla al vacío con un filamento y un alambre que permitían el paso de la corriente en una sola dirección. El resultado fue un "rectificador" de corriente.
 
En 1906, el inventor americano Lee De Forest modernizó el invento de Fleming, introduciendo un disco de metal que le permitía tanto amplificar la corriente como rectificarla. El artefacto se llamó "válvula para radio" porque era el único invento que podía tratar una corriente eléctrica con suficiente rapidez y delicadeza para hacer del radio un instrumento práctico que recibía y trasmitía el sonido transportado por las ondas de radio de amplitud variable.
 
De hecho, la válvula permitió la invención de nuestro moderno equipo electrónico, incluyendo la televisión.
 
Por consiguiente, el "efecto de Edison", que al práctico inventor calificó de interesante pero inservible, resultó tener resultados más sorprendentes que cualquier otro de sus prácticos descubrimientos. En realidad, la dificultad no estriba en demostrar que la ciencia pura puede ser útil. Es mucho difícil encontrar alguna rama de la ciencia que no lo sea. Por ejemplo, entre 1900 y 1930, la física teórica pasó por una verdadera revolución. La Teoría de la Relatividad y el desarrollo de la Mecánica Cuántica condujeron a una nueva y más sutil comprensión de las leyes básicas del universo y del comportamiento de los compuestos intrínsecos del átomo.
 
Nada de esto parecía tener el más mínimo valor práctico para la humanidad, y los científicos metidos en ello - un brillante grupo de jóvenes- al parecer se habían encerrado en una torre de marfil, de la cual nada podía sacarlos. Los que sobrevivieron a décadas posteriores volvieron su mirada hacia aquellos tiempos de abstracción e inutilidad como hacia un Jardín de Edén, del cual habían sido expulsados. Como consecuencia de este trabajo abstracto surgió inesperadamente la bomba atómica y el mundo vive ahora aterrorizado ante una posible guerra que podría destruir en un día a la humanidad.
 
Pero la investigación pura no solo causó terror. Ella nos trajo también los isótopos radiactivos, que han permitido explorar la actividad de los tejidos vivos con una precisión imposible de alcanzar por otros medios, y ha puesto a nuestro alcance descubrimientos que han revolucionado la medicina de mil manera. También existen centrales de energía nuclear que pueden ofrecer al hombre la gran esperanza de obtener energía suficiente durante toda su existencia sobre la Tierra.
 
Se deduce, pues, que no hay nada más práctico ni más importante para el hombre común, para bien o para mal, que las investigaciones de esos jóvenes que, a principio de siglo, se encerraron en su torre de marfil y que estaban satisfechos con la inutilidad de sus investigaciones, porque lo único que querían era gozarse en el conocimiento por el conocimiento.
 
Consecuencias Impredecibles
 
La cuestión es que no podemos prever las consecuencias en detalle. Platón, al demostrar los teoremas geométricos, no imaginó una sociedad computarizada. Faraday sabía que su corriente eléctrica inducida por un imán era algo completamente nuevo, pero desde luego no vislumbró nuestra tecnología electrificada. Edison, ciertamente que tampoco imaginó un aparato de televisión, al descubrir que la corriente eléctrica atravesaba un espacio vacío, y Einstein, cuando en 1905 formuló la ecuación e=mc2, por consideraciones puramente teóricas, no previó la nube en forma de hongo de las bombas atómicas.
 
Como regla general, sólo podemos decir que, a través de la historia, una comprensión cada vez mayor del universo (aunque sea una chispa aislada de conocimiento nuevo por marginal, extraño, etéreo, abstracto e inútil que parezca) tiene siempre al final una aplicación práctica, aun cuando, a veces, sólo sea indirectamente.
 
La aplicación no puede predecirse, pero si podemos estar seguros de que tendrá algunos aspectos beneficiosos, y otros que no lo son. El descubrimiento de la teoría de los gérmenes de la enfermedad que logró Luis Pasteur en la década de 1860, fue el mayor avance individual hecho jamás en la medicina, que salvaría millones de vidas humanas. ¿Quién puede argumentar contra eso? Y sin embargo también a contribuido en gran medida a la peligrosa explosión demográfica de nuestros días.
Le está reservado al discernimiento humano tomar las decisiones mediante las cuales el avance del conocimiento puede utilizarse adecuadamente, pero jamás ese discernimiento mejorará la suerte material del hombre, a menos, que el progreso del saber le dé los elementos sobre los cuales pueda ejercer esas decisiones. Y cuando, a pesar de tomar las decisiones más prudentes, surgen peligrosos efectos secundarios del nuevo conocimiento, solamente podrán corregir esos males más conocimientos nuevos.
 
Ahora nos encontramos en el último decenio del siglo XX, y la ciencia avanza más rápidamente que nunca en todos los aspectos y, muchas veces, de forma aparentemente inútil. Hemos descubierto los cuasares y pulsares en los espacios remotos. ¿De qué le sirven al hombre común? Los astronautas han traído rocas de la Luna a un costo enorme. ¿Y qué? Los científicos descubren nuevos compuestos, desarrollan nuevas teorías, formulan nuevas complejidades matemáticas. ¿Para qué? ¿Qué ofrecen al hombre?
 
Nadie lo sabe ahora. Como no lo sabían Platón en su tiempo, ni Faraday, ni Einstein, ni Edison. Pero el lector lo sabrá si vive lo suficiente; y si no, lo sabrán sus hijos, o sus nietos: entonces se reirán de aquellos que digan "pero, ¿de qué sirve mandar cohetes al espacio?"; como ahora nos reímos de la persona que preguntó a Faraday de que servía su experimento.
 
En realidad, al menos que continuemos recopilando conocí- mientos científicos, tanto si nos parecen útiles o no en este momento, nos hundiremos bajo nuestros problemas y no encontraremos ninguna salida. La ciencia de hoy es la solución del mañana... y también el problema del mañana.
 
 

[1] Texto seleccionado y resumido por César A. Cortes A. Lic. Física y Matemáticas, .
 [2]Escritor norteamericano de origen ruso. Nació en Petrovsk en 1920. Estudió ciencias en la universidad de Columbia y en 1948 se doctoró en filosofía. Es considerado como el mejor narrador científico y de literatura de ciencia-ficción de la actualidad. Ha escrito numerosos libros con relatos de aventura y artículos de divulgación científica. Se destacan: Enciclopedia bibliográfica de ciencia y tecnología, El libro de los robot, Los lagartos terribles, Trilogía de las fundaciones, Los propios dioses, La tragedia de la Luna y muchos relatos sueltos como: La mejor de las cosas nuevas, Benjamin Franklin transforma el mundo, etc.